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Nº 789
26/5/2008
Israel, sesenta años después

Por José María Benegas

Cuando visité el museo del Holocausto en Jerusalén, hace ya bastantes años, al abandonarlo estuve aturdido durante varias horas sin reaccionar estremecido por lo que acababa de contemplar. Un museo en el que se mantiene vivo el recuerdo de las mayores atrocidades de las que ha sido capaz el ser humano. Por un momento me costó creer que lo que acababa de ver realmente había sucedido. Aquel día llegué al convencimiento de que a un pueblo que ha vivido tal persecución le puede suceder una vez, pero no más. Ante el más mínimo atisbo de que algo similar le pudiera volver a ocurrir sería capaz de todo para defender su integridad.

Esto es lo que viene ocurriendo desde hace sesenta años. El justo reconocimiento del derecho del pueblo judío a tener un Estado propio e independiente y la necesidad urgente de una mínima reparación por el genocidio sufrido a consecuencia de la persecución nazista, fundamentaron la Resolución 181/1947 de Naciones Unidas, que albergaba en sus efectos y ejecución, he aquí el problema, una enorme injusticia para otro pueblo, el palestino. En mayo de 1947, 13.000 palestinos fueron asesinados y en torno a 750.000 deportados y expulsados de sus hogares. El gran logro que supone el final de la diáspora judía se ensombrece históricamente por el nacimiento de otra, la que vive a partir de ese momento el pueblo palestino.

Varios millones de refugiados, desplazados, viviendo en condiciones de extrema pobreza, marginación y desesperanza. Las resoluciones internacionales sobre el conflicto son incumplidas sistemáticamente y como agravamiento irracional de unasituación a la que, a día de hoy, no se vislumbra ninguna solución, las declaraciones pronunciadas desde Irán sobre la liquidación del Estado judío y las acciones terroristas contra Israel de grupos extremistas, además de a todas luces reprobables no hacen sino reforzar al sionismo radical en el interior de Israel.

"Nunca habrá una solución militar" así, titula Daniel Barenboim un magnífico artículo sobre su pueblo y Oriente próximo (El País, 14/05/08). "Por fuerte que sea Israel, siempre sufrirá inseguridad y miedo. El conflicto se devora a sí mismo y el alma judía, y siempre se le ha permitido que lo haga (...) Esta situación me hace sufrir (...) Me enloquece comprobar hasta dónde podemos llegar cada día los judíos con nuestras injusticias, y lo mucho que ponemos en peligro la futura existencia de Israel". Baremboim aporta una interesante reflexión en la dirección de señalar por qué un pueblo que ha sufrido lo que ha padecido, como el judío, una vez que ha logrado sobrevivir y dispone de un Estado propio e independiente, padece la insensibilidad de no ocuparse del des- ± tino de otro pueblo que está soportando sufrimientos que deberían servir de recordatorio de su pasado a los mandatarios judíos y que no merecen ser deseados a nadie.

Israel debe empeñarse con decidida convicción en la búsqueda de una solución que aboque a una coexistencia estable y pacífica de dos pueblos y dos Estados, el judío y el palestino, y para lograrlo sería conveniente, desde mi punto de vista, apelar a la intermediación internacional. La mejor garantía de seguridad y prosperidad para Israel es la paz y la colaboración con el mundo árabe no extremista. Asítambién otra evidencia, la idea de que la paz es necesaria para la prosperidad de Israel porque los enormes gastos militares que tiene que soportar están teniendo consecuencias sociales graves. Bien es verdad que la economía israelí crece a un buen ritmo, 5,3 por ciento en 2007 gracias al sector de las nuevas tecnologías, pero el paro ha crecido hasta el 7,3 por ciento, los gastos de protección social se reducen y un 24,7 por ciento de la población es considerada como pobre. La aminoración de la tensión militar permitiría el desarrollo de políticas de igualdad social y de prosperidad para los ciudadanos.

Desde mi parecer, obviamente conformado desde la distancia, a Israel le interesa una paz que sea impuesta por Naciones Unidas o producto de una acción concertada entre Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia, y una representación de la mayoría de países árabes. Le interesa porque entre otras cosas, el odio acumulado durante estos años impide que las partes lleguen a un acuerdo de motu proprio que sea aceptado por los extremistas y radicales de cada bando. Si es impuesta internacionalmente la responsabilidad de los acuerdos, que no estarán exentos de tensiones porque no pueden ser completamente satisfactorios para las partes, se expandiría a otros países, especialmente Estados Unidos, que de una vez por todas debe pasar de ser aliado de Israel a impulsor imparcial de un gran acuerdo de estabilidad para la zona. Esperemos que la nueva Administración americana que surja de las próximas elecciones así lo entienda. •

*Diputado del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso.

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