Nº 789 -26 de mayo de 2008
 
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Del mayo francés o el origen de todas las desgracias

La revista del cardenal-arzobispo de Madrid, monseñor Antonio María Rouco Varela, Alfa y Omega, arremetía hace unos días contra el mayo del 68, el de París, el francés, el maldito para la carcunda; las páginas de esta publicación religiosa, oficialmente católica, de linea integrista, naturalmente, eran durísimos alegatos contra aquella revolución pacífica. El primer reportaje va titulado así: “Cuarenta años de desasosiego”. Lo firma Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo y su relato es tétrico. Enumera protagonistas o supuestos protagonistas del mayo francés que se han convertido en seres desgraciados, suicidios incluidos, merced a aquellas jornadas de protesta en la capital de Francia. Dice que “los jóvenes que pensaban que hacían la revolución, en muchos casos, tiraron por la borda sus estudios y su vida personal. Hoy en día, solos, sin hijos, entre un trabajo y otro, tienen la amarga impresión de haber tirado la vida”. Habla de un tal Killian FrItsch, quien “en 1969, apenas un año después de la revolución, fundó un club de motoristas –nunca se sacó el permiso para conducir motos–, y se metió de lleno en las drogas. Un día, vencido por la decepción, entró en la estación de Metro Gaité y allí, varios metros debajo de los adoquines, se lanzó al primer tren que pasaba”. ¿Castigo del buen Dios?

El autor del reportaje cita a Alejandro Llano,  profesor de Filosofía y catedrático de Metafísica en la Universidad de Navarra. Llano incorpora a su análisis aspectos positivos, aunque resalta que “se ha perdido, en buena parte, el sentido de la entrega y del compromiso, del progreso moral libremente conseguido, de la solidaridad con los más débiles, del conocimiento desinteresado y de la libre transmisión de la cultura al servicio de la persona (…) tenemos menos libertad como donación y crecimiento humano”. Aconseja Llano “entender Mayo del 68” y añade que “Zapatero lo ha intentado” y que “quienes se han tomado en broma sus planteamientos políticos ya han visto cómo les ha ido (…) La interpretación que Zapatero hace del 68 es, claramente, una interpretación inmoralista y relativizante, pero indudablemente eficaz”.

Otro artículo del mismo Mayordomo se adentra en “la revolución sexual” y para ello no se le ocurre otra cosa que citar a Nicolás Sarkozy, que en su campaña electoral cargó contra el mayo de hace ahora cuarenta años. El actual presidente de la República, conocido asimismo por sus frecuentes amoríos, declaró antes de llegar a la cima de su carrera política: “El 68 nos ha impuesto el relativismo intelectual y moral. Propongo a los franceses acabar con los comportamientos e ideas del 68. Son los culpables del capitalismo sin escrúpulos y de la destrucción de la ética”. Y de Sarkozy salta al sacerdote Anatrella, quien escribió un libro llamado La diferencia prohibida: sexualidad, educación y violencia. La herencia de mayo de 1968. Lo más estremecedor probablemente se refiera a la violencia. No hay que perderse lo siguiente: “El acontecimiento mítico de mayo del 68 está en el origen de la violencia contemporánea, también la violencia doméstica, porque al poner en cuestión la figura del padre y la diferencia sexual (sic). Al poner en cuestión el papel de unos y otros en las relaciones de pareja y con los niños se crea una gran confusión. La violencia se usa como una forma de afirmarse a sí mismo. La sociedad contemporánea pone en cuestión la identidad masculina, y crea una especie de inseguridad. Se feminiza a los hombres, y las relaciones entre hombres y mujeres se han vuelto muy complicadas, porque las mujeres se han hecho mucho más exigentes, y también porque se presenta a la mujer como si se bastara a sí misma y no tuviera necesidad del hombre. Todo esto explica por qué los hombres permanecen mucho tiempo solteros y tardan tanto en casarse. Cuando no se sabe cuál es el papel de cada uno, se favorece la inseguridad. Y la única manera que algunos tienen para expresarse es la violencia”. ¡Viva la demagogia y los razonamientos de pedreñal!

No podían faltar reflexiones de Josep Ratzinger, que fueron hechas veinte años después de aquel mes mayo, cuando era el prefecto de la antigua Inquisición. Pues ahí va otra ración de lo mismo: “¿Qué objeto tiene una libertad  que, ignorando la verdad, persigue lo que es falso o injusto? ¿A cuántos jóvenes se les ha tendido una mano que, en nombre de la libertad o de una experiencia, los ha llevado al consumo habitual de estupefacientes, a la confusión moral o intelectual, a la violencia, a la pérdida del respeto por sí mismos, a la desesperación incluso y, de este modo, trágicamente, al suicidio?”. Menudo recital de tragedias, todas ellas vinculadas a la revolución que se desarrolló sobre todo en París. La violencia, hija del 68, origen de todas las desgracias, qué desfachatez. Por lo visto la primera y la segunda guerra mundial, con epicentro en Europa, fueron un pacífico y divertido juego de  niños. ¿Violencia? Violencia la de París, no la que provocó millones de cadáveres consecuencia de las guerras citadas y de su preámbulo, que fue la guerra civil española. ¡Qué jeta la de Rouco Varela!

Luis G. del Cañuelo

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