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Nº 789 - 26 de mayo de 2008

Globalización y empleo

Si hay algo que caracteriza el actual momento de la globalización es lo que podríamos llamar el "salto adelante" de algunas economías emergentes.

Pero, por su alto ritmo de crecimiento, la dimensión alcanzada por algunos de sus sectores económicos, sus reservas de divisas y las actividades de sus fondos de inversión, que se han convertido en los nuevos banqueros del planeta, haríamos mejor en llamarlas economías emergidas.

Algunos países hasta ahora especializados en producción de bajo valor e intensiva en mano de obra (China e India, principalmente) también exportan productos que requieren tecnología y formación media-alta, tanto en manufacturas como en servicios.

Países como la India producen ya más ingenieros que EE UU y su industria farmacéutica ya es la cuarta mundial, mientras Europa está perdiendo la suya. China es, desde hace tres años, el mayor exportador mundial de tecnologías de la información y comunicación (TIC). Las exportaciones de productos tecnológicos del Sudeste Asiático ya representan el 19 por ciento del PIB. Esta tendencia se viene consolidando: en 1996 el 86,5 por ciento de las exportaciones mundiales de alta tecnología provenían de los países desarrollados y en 2006 disminuyeron hasta el 74,3 por, ciento.

Aunque las deslocalizaciones siguen afectando a sectores intensivos en mano de obra y baja calificación (automóvil, química, textiles), también empiezan a deslocalizarse sectores de mayor calificación, como banca y seguros, informática, TV, telecomunicaciones y servicios empresariales.

La mayoría de las deslocalizaciones desde la UE-15 van a los nuevos Estados miembros (51,2 por ciento), pero Asia, principalmente China e India, absorben ya el 36,3 por ciento, y el resto del mundo recibe el 12,5 por ciento. Aunque la pérdida de empleo como consecuencia de estas deslocalizaciones es aún moderada (el 8 por ciento del total del empleo perdido en Europa en el 2005), constituye un dato preocupante, sobre todo porque los nuevos Estados miembros de la UE también están empezando a deslocalizar parte de su producción a otras economías con menores costes laborales.

Para hacer frente a esta situación, la UE se propuso desarrollar la Economía del Conocimiento a través de la llamada Estrategia de Lisboa. Pero no hemos conseguido alcanzar a nuestros rivales directos (EE UU, Japón y Corea), y Europa puede verse superada por algunas economías emergidas que están aumentando su inversión en innovación, formación y sus exportaciones high-tech, sin por ello aumentar su gasto social ni mejorar sus condiciones laborales.

Por ello, en el contexto de economía más globalizada que estamos viviendo, las TIC pueden reforzar la dualidad laboral a escala planetaria y cuestionar la viabilidad de ciertos modelos sociales de las economías desarrolladas.

Para enfrentarse a estos retos Europa no tiene otra opción que desarrollar la sociedad del conocimiento. Pero el escenario es cada vez más complejo y las garantías de éxito se reducen a medida que incumplimos los objetivos que nos propusimos en el año 2000.

Europa debe hacer esfuerzos adicionales que permitan mantener y aumentar sus diferenciales de productividad con aquellas economías con las que aún tiene ventaja y disminuirla con aquellos en los que seaprecia una clara desventaja. Pero, inevitablemente, habrá costes de adaptación en muchos sectores, y no sólo entre los trabajadores menos cualificados, también en los de calificación media y alta. Para evitar la tentación proteccionista se deberá hacer un esfuerzo especial para que los trabajadores más perjudicados por este proceso de globalización, además de formación, reciban rentas de compensación.

Para ello, el concepto de flexiseguridad, siguiendo el ejemplo de la experiencia danesa, aparece como la receta con la que cuenta Europa para afrontar la globalización. Pero, con ser nuestra mejor opción, puede no ser suficiente para mantener nuestros Estados del Bienestar en un mundo tan económicamente desigual y laboralmente tan precario.

Además de nuestra readaptación productiva hacia sectores de alto valor, Europa debe desempeñar un papel más activo en el diseño de otro modelo de globalización que tenga en lo social uno de sus pilares fundamentales. El propio Banco Mundial y el FMI reconocen ya que el crecimiento económico por sí solo no reduce la pobreza. Y sin una armonización de los estándares laborales y sociales los problemas de financiación de las políticas sociales serán cada vez más graves.

Por ello, una alternativa a la globalización neoliberal basada en el Consenso de Washington debería ser un Consenso de Bruselas que tuviese como aspiración principal la creación de un modelo de bienestar global, no como una excusa para proteger el mercado europeo, sino para una globalización más integradora.
Pero estamos aún muy lejos de ello. •


José Borrell
*Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo

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