Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 788 - 19 de mayo de 2008

 

Financiación


por Joaquín Leguina

La preparación artillera exigiendo la publicación de las dichosas balanzas fiscales viene anunciando una batalla interterritorial a la cual -oídas las declaraciones de tirios y troyanos- nadie va a renunciar. Quizá por eso el ex presidente González ha lanzado la idea de retrasar sine die tan apasionante contencioso. Mas, dado que muchos políticos catalanes han metido en danza la idea fuerza de las balanzas, comencemos por ahí.

Esta noción de las balanzas fiscales -moralmente insolidaria y políticamente incoherente- encierra una idea mentirosa y, por supuesto, reaccionaria. ¿Por qué? Lo saben hasta los niños de pecho (pero, al parecer, no los adultos nacionalistas): los impuestos los pagan las personas y no los pagan las regiones ni las nacionalidades ni los territorios históricos. Por lo tanto, caso de hacer balanzas fiscales, éstas serían tal que así: impuestos y tasas pagados por don José García menos el valor de los servicios públicos (municipales, autonómicos, estatales) recibidos por don José García.

Pero no creo que haya ningún José García que sea tan minucioso o tan insolidario como para evaluar la subvención que recibe cada vez que toma el autobús o el metro, cada vez que va al médico de la Seguridad Social... José García no se entretiene en hacer estos cálculos porque es un hombre civilizado y sabe que pagar impuestos es propio, precisamente, de los seres civilizados.
Pero imaginemos, en contra de toda evidencia, que José García es untarado y, después de hacer esas cuentas, resulta que paga más en impuestos de lo que recibe en servicios públicos. ¿Alguien le haría el menor caso si García se presentara con una pancarta en el n° 2 de la Calle de Alcalá (Ministerio de Hacienda) pidiendo que le equilibren su balanza fiscal? García no va a ir por allí con la pancarta porque sabe que si todas las balanzas fiscales estuvieran equilibradas, los impuestos no servirían para nada.

Y si al señor García nadie le haría caso en sus extravagantes pretensiones fiscales... ¿por qué el Gobierno no sólo acoge la idea, sino que también se compromete a publicar las balanzas fiscales? ¿Nadie ha caído en la cuenta de que es la Comunidad de Madrid (CAM) quien va a te- ner la balanza fiscal más negativa? Porque, en efecto, la mera existencia de la CAM es una piedra en el zapato autonómico y para sacársela de ahí los políticos catalanes sólo tienen una salida (anticonstitucional, claro está): bilateralidad con el Estado es su nombre.

Pero vayamos más allá. El sistema de financiación de las Comunidades Autónomas (CC AA) se ha ido construyendo en España mediante un método que bien podría denominarse de aproximaciones sucesivas. Se partió de una ley, la Lofca, y de una idea de la solidaridad interterritorial trufada de demagogia. Para ilustrar esta última afirmación baste con saber que durante años se le impuso al Fondo de Compensación Interterritorial la condición de que no llegara por esa vía ninguna inversión a los "territorios desarrollados", vale decir: Madrid, Cata I uña, Baleares... Como si las zonas más desarrolladas del país -además con fuertes crecimientos económicos y demográficos- no tuvieran una necesidad también creciente de infraestructuras. De algunos de aquellos polvos -anticalanes y antimadri leños- han venido estos lodos, los de la otra demagogia, la del bilateralismo.

Tengo para mí que un sistema de financiación de las CC AA razonable y con vocación de estabilidad en el tiempo sería aquel que respondiera a una idea clara y de expresión sencilla como la siguiente: los habitantes de cualquier región deben pagar sus impuestos según la capacidad económica personal que tenga cada uno de ellos y sin ninguna discriminación por razón del lugar donde se resida y, por otro lado, las instituciones territoriales deberán disponer de una financiación regulares decir, sin contar las tarifas que cada gobierno regional pueda y quiera imponer en sus impuestos y los recargos que desee cobrar de los impuestos estatales- según la población. Dicho de otra manera: de cada uno según su capacidad a cada uno según sus necesidades (bajo la hipótesis, claro está, de que las necesidades son proporcionales a la población).

Tengo la seguridad de que cuanto más se distorsione esta idea y más se aleje el sistema de este principio, más problemas se generarán en torno a un asunto en el cual toda demagogia pretende hallar asiento y siempre, siempre, en forma de agravio comparativo. •

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