F abián
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Nº 788

19/5/2008

El PSOE ignora que Montilla no adolece de los complejos de Maragall

Por Joan Tardà i Coma*

Creo poder hablar de ello con conocimiento de causa. Durante años he compartido con el actual president de la Generalitat combate político en el Ayuntamiento de Cornellá y hemos sido protagonistas de la evolución de los respectivos idearios a remolque de los cambios sustanciales acaecidos en nuestras sociedades periféricas. Doy fe de que poco queda ya de aquel PSC de los primeros años ochenta en el que los universitarios barceloneses, hijos de la burguesía liberal, ostentaban el poder con temor y desdén hacia los jóvenes dirigentes del área metropolitana, de igual manera que éstos iban tornando su ira social y política en proyecto político de alcance histórico para una generación que tenía que demostrar hasta qué punto el futuro les pertenecía, como clase social y como nuevos catalanes. Todo ello los situaba inevitablemente frente a los hijos del Eixample.

Compartimos con el president una concepción de la catalanidad que la rehúye como punto de partida para encumbrarla a la categoría de objetivo para la cohesión social y cultural. Al fin y al cabo, una concepción republicana de la sociedad catalana. Por ello, más allá de los tacticismos y de las contradicciones a que nos someten las correlaciones de fuerzas y las herencias recibidas, el Acuerdo del Tinell del año 2003 tenía un mucho de compromiso histórico y un no poco menos de voluntad de argamasa social.

Superadas las amenazas y las voluntades cernidas sobre Catalunya en pro de su balcanización lingüística y constatado por parte del PSCque una gestión más eficaz de los recursos públicos no permitía paliar los déficits históricos en cuanto a inversiones y financiación de Catalunya, el socialismo catalán ha reconocido que el problema tiene un cariz tan estructural que, inevitablemente, lo sitúa en una encrucijada del ser o no ser.

"Todos somos compañeros hayamos nacido donde hayamos nacido", clamaba hace unos días desde Barakaldo el presidente Rodríguez Zapatero, lo cual, aun siendo cierto, no deja de ser sólo una respuesta. La iniciativa pertenecía a otro. Sin complejos, José Montilla, el primer president catalán nacido en tierras andaluzas, había salido al paso a un ex presidente español nacido en Andalucía para dejar claro que Catalunya no puede esperar más, que el Estatut está, como ley, para ser cumplido y que la solidaridad no puede tornarse en injusticia. Al president le va en ello lo mismo que nos va a nosotros, los republicanos: el bienestar de las clases populares catalanas y la cohesión de nuestro país. El amago de Felipe González y otros dirigentes socialistas, pues, parece no haber alcanzado el objetivo. Quizás sólo lo parece, pero lo cierto es que extraña que de tanto publicitar el compañerismo se les haya menguado la capacidad o el tiempo necesario para intentar conocer mejor a los socialistas catalanes.

Uno no puede dejar de recordar aquel intento de forzar por parte de José Blanco la refundación de la Federación Regional del PSOE a caballo de la excursión a Perpinyá de Carod-Rovira utilizando como ariete al alcalde de Sabadell, Manuel Bustos. A uno se le reviene el acuerdo ZP-Mas de pactar el Estatut a cambio de facilitar el camino de retorno de CiU a la Generalitat o la misma comunicación por parte de Rodríguez Zapatero a Duran Lleida, a espaldas de José Montilla, del compromiso de traspaso del servicio de Cercanías. En definitiva, escollos en el proyecto histórico manifestado por el PSC, partido nacional catalán según sus estatutos, una vez situado en la gobernación de Catalunya.

Lo dicho, Montilla no adolece de los complejos de otros, más bien refleja ser parte también de la Catalunya mestiza y a la vez nacional que se ha hecho a sí misma. •

*Portavoz del Grupo Parlamentario Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso

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