Las tentaciones del
relajamiento
José Luis Rodríguez Zapatero ha
empezado la legislatura con la
Moncloa convertida en un balneario. Han transcurrido más de dos meses desde los comicios generales y parece que haya desaparecido del mapa aquella oposición de patadas a los testículos —llevada a cabo sin pausa alguna—que caracterizó los primeros cuatro años de Gobierno Zapatero. El execrable bombazo de ETA contra la casa-cuartel de la Guardia Civil en la localidad alavesa de Legutiano —que sumó otro muerto a la siniestra y muy larga lista de los crímenes etarras— provocó una reacción del PP impecable ¡por fin! y bien diferente a la de otros atentados recientes, incluyendo el del tiro en la nuca con el que estos salvadores de la patria vasca asesinaron a Isaías Carrasco, ex concejal socialista de Mondragón.
Tal género de oposición lo tiene que aguantar en la actualidad, paradójicamente, quien fuera (y continúa siéndolo cuando redacto este artículo) el líder del PP, Mariano Rajoy. Alguien podría decir con acierto que es verdad que "donde las dan, las toman": La apuesta de Rajoy por transformar el PP en un partido moderado y centrista le está costando sangre, dolor y lágrimas. No hay apenas día sin que, de una u otra manera, no le tiendan emboscadas sus teóricos amigos. O amigas. Comenzó la cacería Esperanza Aguirre y se ha sumado con gran revuelo la mítica —según el imaginario colectivo popular o el santoral genovés— María San Gil, a quien maneja Jaime Mayor Oreja, el mismo que hace unos meses difundió elogios al régimen franquista. Nada es casual en política.
A Rajoy le están haciendo la vida imposible los suyos. No le perdonan sus dos derrotas presidenciales y agitan el espantajo de que traiciona los principiosdel PP y que, de hecho, se está situando más cerca de Zapatero que de su padrino Aznar. Rajoy ha pasado a ser el escudo del presidente del Gobierno. Recibe todos los dardos y desvía hacia él las andanadas que antaño le dirigían los populares a Zapatero. Los partidarios de la doctrina copeliana, que se viene reiterando —mañana tras mañana, tarde tras tarde y noche tras noche— desde los píos micrófonos de la radio episcopal han decidido acabar con Rajoy, al que desdeñan por tibio.
"Los embates contra el líder del PP son cada día más fuertes, y el peligro de implosión es real", ha advertido El País. El periódico de Prisa señala con el dedo a Mayor Oreja, del que apunta que ha salido "de detrás de la cortina para identificarse como inspirador de ese tremendismo: el PP debe elegir entre rendirse o resistir, entre admitir la segunda transición y el cambio de régimen o el constitucionalismo". Exactamente, cuanto sostiene de forma harto insistente Jiménez Losan-tos. Los culpables de la catástrofe son los nacionalistas periféricos, con la complicidad hasta ahora de Zapatero y, desde el 10 de marzo, también de Rajoy.
Esta situación beneficia a Zapatero, que actúa sin presión y con mucha más facilidad que antaño. Se puede permitir lujos o caprichos que eran imposibles ni siquiera imaginar durante los años de acoso y derribo. Pero el relajamiento engendra o tiende a engendrar tentaciones desaconsejables y hasta peligrosas. Desde la de creerse que es el rey del mambo a minimizar a todos aquellos que no están en su entorno más próximo. Sería conveniente, pues, que pensara que, antes o después, terminarán estas imprevistas vacaciones. Y que volverán inexorablemente los sobresaltos opositores. Más vale que cojan a ZP en forma que desentrenado. • |