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Milagro Mariano Mariano Rajoy está comprometido en el milagro de conducir
al PP por la senda de la derecha civilizada. Es un empeño que parece sincero
por los abandonos de ciertos personajes, pero que se ha puesto difícil tras la
espantada de María San Gil, que ha dado pie a una rebelión encabezada por Jaime
Mayor Oreja, el relevo del movimiento iniciado por Esperanza Aguirre. Tras la
simpática figura de María la Vasca han asomado sus rostros, rebeldes de
distinta adscripción, entre ellos Ana Botella, prestos para derribar al
presidente bajo la peregrina acusación de neozapaterismo. Mariano Rajoy no es
el líder perfecto pero hasta ahora no ha surgido nadie que pueda centrar el
partido con mayor credibilidad. La única alternativa que se presenta a su
liderazgo viene del otro extremo: la encarnada por Jaime Mayor Oreja, aquel que
juzgara el franquismo como un periodo de suma placidez.
Si fuera cierto lo que dicen los políticos: que lo importante son las ideas y no las personas, las de Rajoy expresadas en la ponencia política presentada la semana pasada parecen impecables. Es una pena que tras el sangilazo las propuestas renovadoras hayan quedado ocultas. San Gil ha reconocido que había colocado toda su carga antinacionalista, lo que prueba que su espantada no tenía nada que ver ni con la ideología ni con la estrategia. La explicación que finalmente ha dado es que no se fía de Rajoy, lo que remite a las personas y no a las ideas, y que supongo ha fabricado tras una conversación con Jaime Mayor, su jefe de filas. De otra forma no se entiende que hace unos días expresara su apoyo al presidente y, en la madrugada del domingo, cuando se culminó la ponencia, se fuera a su casa tan feliz por el éxito cosechado. Hace mes y medio me permití llamar la atención de mis lectores sobre un hecho significativo: el brazo armado en la cruzada contra Rajoy, Federico Jiménez Losantos, había insinuado en el diario El Mundo del 1 de abril que Mayor afilaba su espada: “…podría ser –vaticinaba el radiofonista– que en el próximo Congreso valenciano se presente una candidatura, de orden testimonial pero de gran valor político, en la que se proclame esa voluntad de un amplio sector del PP de no favorecer en ningún caso la tómbola de arrebatacapas. La cláusula Mayor, contrapeso de la cláusula Camps, reflejaría la profunda inquietud dentro del PP, e impediría que en junio se pueda decir: “Bulgaria, capital Valencia”. Ahora, tras la sangilada, Mayor ha abandonado las insinuaciones para presentarse tras las faldas de María San Gil elevando una bandera rebelde. La defección de la vasca ha sido el golpe más duro de los encajados por el gallego, pues las otras defecciones, las de Zaplana y Acebes, más bien le beneficiaron. Ambiciones y desconfianzas personales aparte, en el terreno de las ideas y propuestas la ponencia política del PP me parece esperanzadora. Con semejante ideario Rajoy conseguiría su objetivo: que le puedan votar gente de centro y hasta de izquierda moderada críticos con algunas políticas de Zapatero que votaban al PSOE o se quedaban en su casa ante una alternativa que daba miedo. Es un manifiesto que podría romper unas barreras ideológicas infranqueables hasta ahora haciendo posible una alternancia más fluida en razón de los programas con que cada uno se presentara. El PP aparece como un partido moderado de centro, liberal y reformista, aplicado a fortalecer un Estado que garantizaría “la igualdad de derechos y de oportunidades para construir un sistema más justo”. Un partido que respalda los matrimonios homosexuales pues garantiza “la igualdad de derechos cualquiera que sea la orientación sexual”. Una formación deseosa de alcanzar pactos con los socialistas en la lucha contra el terrorismo, la organización territorial, la Justicia y la política exterior. Un partido que troca el contrato para inmigrantes por una razonable pedagogía sobre sus derechos y obligaciones. Si Rajoy triunfa pasaría a los textos de ciencia política como cuando Mao Tse Tung encabezó una revolución cultural contra su propia obra. La debilidad del gallego reside en la contradicción de que tripule un proceso de modernización quien ha representado el peor PP durante sus cuatro años de oposición. Es difícil cargarse a todo el equipo que nombró o sostuvo y aparecer como el símbolo del cambio. Para justificar su cuatrienio debería confesar que no actuó con libertad y que sus colaboradores se los impuso Aznar, algo que no le eximiría de responsabilidad y le delataría como un personaje sin talla para el liderazgo. A pesar de todo, rezo por su éxito cuando contemplo las figuras que van alistándose en los dos bandos: por un lado, Rajoy apoyado en Soraya Sáenz de Santamaría, González Pons, Jorge Moragas, Lasalle, Soria y demás y, por el otro, Mayor Oreja sostenido por Esperanza Aguirre, Eduardo Zaplana, Ángel Acebes, Ana Botella y compañía. José García Abad |
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