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Nº 785
12/5/2008

Piratas en Somalia

Los actos de piratería no constituyen el fenómeno de más gravedad en la tragedia de Somalia, pero sí son los que más contribuirían a que la atención se renueve hacia una de las crisis más peligrosas y dramáticas de esta década, y de la anterior. Se beneficia de una atención ocasional tan sólo porque Somalia aparentemente se sitúa en una periferia geográfica y política desprovista de interés, y porque sus turbulencias, también aparentemente, se enquistan en un territorio incomunicado. Han sido tristemente necesarios estos actos de piratería, los atentados a la sagrada libertad de navegación, para que se descubra que el largo conflicto somalí sí está en nuestra proximidad. Sin embargo no deja de resultar chocante que un país donde durante décadas se desarrolla un caos para su propia ruina y con peligro para toda la región, –Etiopía, Eritrea, Sudán, Kenia, etc.–, pase desapercibido hasta que pira- tas armados se dedican al asalto y el secuestro de buques inofensivos, yates franceses y pesqueros españoles. Estos delitos nos han hecho olvidar la preparación de dos resoluciones por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, los 85 muertos de hace un par de semanas en Mogadiscio, nuevas estampidas de población, etc.
La agresión a los buques y las difíciles negociaciones con los piratas a su vez han desplazado informativamente las denuncias sin contrastar aún por actuaciones improcedentes de las tropas etíopes, en definitiva poniendo en evidencia el cansancio internacional ante una crisis política, territorial y humanitaria minimizada por una atención y una ayuda menguantes. De momento lo que parece muy probable es que se perfeccione y fortalezca la lucha internacional contra la piratería naval. Más improbable es una rápida rectificación, de tan urgente necesidad, en la violenta confrontación entre un gobierno provisional que parece estar esfumándose pese al reconocimiento internacional, sus pobres contingentes de tropas, las tropas etíopes y de la Unión Africana, y unos elementos insurgentes de variada entidad y apoyos imprecisos y cambiantes, con componentes islámicos y terroristas, entre el radicalismo religioso, la tensión contra las fuerzas de intervención llegadas de Etiopía y la pura criminalidad. Con más o menos claridad la Unión Africana y las Naciones Unidas han llegado a manifestar su impotencia para resolver el conflicto, incluso para mantenerlo controlado entre las facciones.

Parecía que la intervención militar etíope, en ayuda del Gobierno de Transición y bien vista por los Estados Unidos, contribuiría a pacificar Somalia. No se ha conseguido por los etíopes, como no se ha conseguido por parte de los soldados de la Unión Africana, que forzosamente de actuar para separar facciones han acabado por constituirse en una facción más o por aliarse con una de ellas. Ha resultado difícil averiguar qué ha sucedido en las últimas semanas en Mogadiscio, con dramáticos relatos casi imposibles de verificar sobre bombardeos de mezquitas, asesinato de líderes religiosos y civiles en el norte de la ciudad, con grandes zonas selladas a cal y canto. Todo ello mientras tenían lugar los actos de piratería, merecedores de mucha mayor atención informativa, en los que todo se ha sabido y verificado por los que tanto nos hemos indignado. Según las Naciones Unidas unos dos millones y medio de somalíes necesitan ayuda urgente, otros 750 mil somalíes han abandonado la capital en los últimos 15 meses, graves carencias de agua y una terrible sequía azotan el centro y el norte del país, agravando, junto con la guerra, los infinitos y largos sufrimientos de la población.

Querría esto decir que el horror de la piratería en las costas somalíes se corresponde con el horror en tierra firme, y que hay que esperar que la criminalidad de los piratas ayude a reactivar los esfuerzos internacionales a favor de toda la población. Hasta ahora las tropas etíopes, del Gobierno de Transición y de la Unión Africana no han sido capaces de asegurar ni la capital ni el país. Por el contrario, los insurgentes islámicos de Al Shabaab y otros grupos parecen haber consolidado sus posiciones en el centro y el sur de Somalia, con posibilidades de una expansión regional e internacional que constituiría toda una amenaza para el Cuerno de África. Hacia ellos se ha dirigido la reciente oferta de acercamiento y negociación del primer ministro Nur Has-san Hussein, el único elemento que en principio parece esperanzador y que surge en la larga crisis somalí, que podría abrir el proceso tan necesario en que se comprenda el alto el fuego, el diálogo político y la reconciliación nacional, siempre que vaya acompañado de un verdadero compromiso estratégico internacional. Un compromiso que, por supuesto, debe incluir la lucha contra los piratas, pero que debe ir mucho más lejos. •

Ignacio Rupérez

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