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| Nº 787 - 12 de mayo de 2008 |
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El mayo francés
por Santiago Carrillo T uve la posibilidad de vivir el año 68, el mayo-junio francés, en un lugar privilegiado, París, al principio, y después cruzando Francia desde la capital a la frontera con España, a través de pueblos y ciudades sobre las que ondeaba la bandera roja. Aquello era una clara revolución popular, que me recordaba los primeros días de lo que fue la guerra española en la zona republicana. El poder estaba en la calle durante esas semanas. En las empresas, los comités de obreros y empleados eran dueños de la situación. Diarios, radios y televisión habían pasado a manos de su personal y apoyaban el movimiento. Era una revolución popular de un tipo nuevo, desconocido hasta entonces, promovida no tanto por la clase obrera como por la juventud y las fuerzas de la cultura, que atrajeron a la clase obrera, por encima de los partidos que hasta ese momento la representaban, principalmente del Partido Comunista francés. En aquellos días yo tenía un contacto cotidiano con dirigentes del PCF y, a través del embajador Yugoslavo, Ivo Vejboda, con otros elementos de izquierda. Conocí la influencia que ejercían los acontecimientos en líderes como Mendes France, Michel Rocard y Mitterrand, que parecían dispuestos a dar una salida política unitaria a aquel movimiento. Supe que había incluso generales del Ejército que, mientras De Gaulle, sorprendido por los acontecimientos durante una entrevista con Ceaucescu en Rumanía, prolongaba su estancia en este país –dejando a Pompidou solo ante el peligro– pensaban que no debían oponerse al movimiento popular. En el PCF había dirigentes como Garaudy, que entendían la situación en tanto que por enfermedad de Waldeck Rochet, el dirigente en aquel momento, Georges Marchais, no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Aquel levantamiento popular era un fenómeno nuevo, en el que intervenían factores muy plurales y que no se atenía a los cánones de lo que era el marxismo-leninismo de Stalin. Por mi parte, yo empezaba a comprender en esos días que la necesidad de superar el capitalismo iba siendo asumida por fuerzas que no eran ya, únicamente, el proletariado. Empezaba a tenerse conciencia, tras la Segunda Guerra Mundial, de que el sistema era incapaz de resolver los nuevos problemas planetarios propios de una nueva época. Lo que podía haber culminado en un cambio social y político muy original y avanzado, quedó reducido, en lo social, a los acuerdos de Matignon y, en lo político, al retorno de De Gaulle al poder. El general, repuesto de la sorpresa, volvió de Rumanía, se fue a Alemania y, ya con el apoyo de las tropas francesas de ocupación en aquel momento, mandadas por un general de dudoso comportamiento en Argelia, Massu, volvió a empuñar las riendas del poder y convocó unas elecciones en las que, por la ley del péndulo, una burguesía aterrorizada volcó sus energías y consiguió restablecer el orden tradicional. El mayo francés fue como un seísmo cuyas ondas repercutieron universalmente, alcanzando enorme eco, incluso en España, pese a la dictadura franquista. Para mí no hubo duda entonces, ni la hay hoy, de que entre el mayo-junio francés y la primavera de Praga hubo una correspondencia. La primavera de Praga no era un movimiento pro-capitalista, sino simplemente un intento de cambiar la dictadura burocrática de Novothy, por lo que se llamó un "socialismo con rostro humano", es decir, un socialismo con libertad. La implosión del llamado "socialismo real", años más tarde en la URSS, fue ya tan tardía que arrastró consigo todos los sueños de un socialismo en libertad. De la experiencia del mayo-junio francés nació la tesis de la alianza de las fuerzas del Trabajo y de la Cultura, que sigue siendo, a mi juicio, clave de toda estrategia hacia los cambios que deberían operarse en Occidente para transformar la vida en este planeta. • |
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