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El primer presidente muerto Me emocionó vivamente la ceremonia de despedida a Leopoldo
Calvo-Sotelo, el primer presidente muerto de la democracia. Sentí un escalofrío
en lo más hondo de mis entrañas ciudadanas al contemplar la entrada –y salida,
natural y afortunadamente– de los militares en la sede de la soberanía nacional
para rendir sus armas a la autoridad, civil por supuesto. Estas ceremonias son
rutinarias y hasta aburridas en otros países de larga tradición de libertades.
En España, tras tres décadas de convivencia constitucional exitosa pero que
fueron precedidas por cuarenta años de dictadura, tres de cruenta guerra civil
y un siglo de inestabilidad y peripecias golpistas, el rito tiene un emotivo
significado.
Ya el mero hecho de que un presidente muera en la cama y en su patria es infrecuente: Juan Prim, asesinado; Antonio Cánovas del Castillo, asesinado; José Canalejas, asesinado; Eduardo Dato, asesinado; Niceto Alcalá Zamora, muerto en el exilio; Manuel Azaña, muerto en el exilio; Augusto Barcia, muerto en el exilio; Santiago Casares, muerto en el exilio; Diego Martínez Barrio, muerto en el exilio; Ricardo Samper, muerto en el exilio; José Giral, muerto en el exilio; Francisco Largo Caballero, muerto en el exilio; Juan Negrín, muerto en el exilio; y Luis Carrero Blanco, asesinado. Una nómina impresionante que hay que contrastar con el hecho significativo de que Franco muriera en la cama. Me emocioné aunque Calvo no era un gobernante que despertara emociones, pero los símbolos es lo que tienen. Últimamente había elevado su estatura política, la otra no necesitaba elevación. En este país la clase política es generosa con quienes abandonan tan noble actividad. Que descanse en paz este ilustre gallego nacido en Pozuelo, pues los gallegos nacen donde pueden. Sobrino del “protomártir”, dirigente de Explosivos Río Tinto, presidente de Renfe con Federico Silva y ministro de Comercio con Arias, llegó a presidente por carambola, porque fue el único notable que hizo notar su disponibilidad. Cuando se procede a la votación en el Comité Ejecutivo de UCD, el 30 de enero de 1981, siete críticos abandonaron la sala para manifestar su protesta: Miguel Herrero, Óscar Alzaga, Fernando Álvarez de Miranda, Antonio Fontán, Luis de Grandes, Ignacio Camuñas y Álvaro Alonso Castrillo. Los 28 restantes votaron a favor, Landelino Lavilla se abstuvo. Suárez no votó. Era culto, irónico y honrado. Como político hay que reconocerle el mérito del procesamiento de los golpistas, así como la apelación al Tribunal de Supremo contra la ridícula sentencia del tribunal militar. Negaba así la pretendida autonomía castrense reafirmando que no hay más poderes que el legislativo, el ejecutivo y el judicial. También fue acertada su decisión de que España ingresara en la OTAN, una opción que por mucho que objetáramos los progres de antaño era conveniente para la integración en la Europa de la prosperidad y de las libertades y como vacuna contra el golpismo. Sin embargo su Gobierno, que no llegó a dos años de vida, nació provisional y su titular, perspicaz e irónico, tuvo que percatarse de que su alta misión, apoyada por González, era preparar el camino a lo inevitable, todavía prematuro. El insigne ingeniero tendió un puente entre una época que se iba, la de los franquistas pragmáticos, y otra de jóvenes no menos pragmáticos liderada por González. Por una vez, la violencia no sería la partera de la Historia, sino un pacífico ingeniero civil. No es fácil asumir con entusiasmo un destino semejante. Visto con perspectiva histórica, su papel fue glorioso pero entonces todos teníamos la sensacion de que era lo menos que daban en gobernante. Seguro que lamentaba no haber sido elegido por el pueblo, sino simplemente contado por los diputados en una urna más pequeñita, que aunque no le restara legitimidad no era lo mismo. Un hombre tan consciente de sus méritos o al menos eso indicaba su facha, un estiramiento que al parecer no era producto de la altivez sino del astigmatismo, un intelectual al fin y al cabo, sublimó la frustración escribiendo más páginas sobre su experiencia que días pasados al frente del Gobierno. Cuando los tricornios abandonaron el Congreso, el Rey recibió a los líderes más significativos: Suárez, González, Fraga y Carrillo. Leopoldo, flamante presidente, no fue llamado a aquella reunión decisiva. Nunca hubo química entre el Rey y él. Tras su cese le hizo marqués de la Ría; de la Ría sin más, pues hubo que rectificar el título original de marqués de la Ría de Ribadeo para evitar suspicacias asturgalaicas; para los asturianos la ría es del Eo y para los gallegos de Ribadeo. Para mí lo importante es que fue el segundo presidente de la democracia que asumió el noble orgullo de serlo, sucesor de un Adolfo Suárez sin recuerdos a quien tampoco deberíamos olvidar. Ambos han pasado muy dignamente a la mejor historia de España. José García Abad |
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