Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 784 - 21 de abril de 2008

 

La primera vez que vi París


por Joaquín Leguina

D urante mi último viaje a París, apenas hace un mes del día en que esto escribo, quizá por haber recalado en la Cité Universitaire y haberme paseado por el Barrio Latino, he recordado al joven que yo era, hace ahora algo más de cuatro décadas. No ha sido un recuerdo nostálgico o amargo, pero me ha dejado perplejo.

El Metro de París era entonces –y sigue siendo ahora– un mirador privilegiado, un escaparate donde contemplar al "francés medio", que hoy se ve rodeado de un magma de razas y colores que la inmigración post-colonial ha arrastrado hacia el Sena. Abundan mucho más que antaño los africanos, tanto del Magreb como del África subsahariana. También son numerosos los rasgos orientales y los precolombinos del Perú, Ecuador o Bolivia. Estos últimos apenas existían cuando yo vivía en París.

Pero no fue ésa la causa de mi perplejidad (al fin y al cabo, Madrid camina a toda prisa hacia un paisaje humano parecido), sino otra: en el Metro volví a fijarme en ese "francés medio", un varón de cabello entrecano que aún recuerda su pasado rubio; el portafolios depositado en el suelo mientras hojea un rapport. El hombre tiene aire de ir o de venir de la oficina. También vi a una mujer de piel sonrosada, delgada, pero con pechos abundantes y un cuerpo que aparentaba resistir los ataques de la edad bajo su gabardina azul. Llevaba gafas esta mujer y debajo de ellas, junto a sus ojos, habían aparecido esas arruguillas llamadas patas de gallo. Quizá venía de ver escaparates, de una cita furtiva, o, simplemente, de dar un paseo en solitario. También estaba allí otro señor elegante, con sombrero de fieltro y un abrigo bien cortado, que miraba ensimismado mientras parecía pensar: "Qué hago yo aquí entreesta zafia gente". No sé bien por qué, pero este hombre tiene aspecto de practicar el golf –o quizá el tenis– con el único fin de mantener su estómago planchado, o por mover con rapidez sus largas piernas de normando en beneficio de su corazón. He visto, en suma, esa pulcritud de la mediana edad francesa que tanto me entretenía y admiraba cuando, con veintipocos años, en ese mismo ferrocarril subterráneo, imaginaba yo el estatus social de la gente en función de las canas, de la textura de la piel, de la ropa y, por supuesto, del tono de sus voces, que apenas se hacía audible para musitar al salir del coche al andén el obligado pardon.

Están ahí... allí siguen. Son los mismos con quienes tantos años atrás me crucé. Pero necesariamente son otros. Éstos tendrían entonces, forzosamente, un aspecto adolescente bien distinto del actual. Y, sin embargo, parecería que quienes ahora observo han venido a sustituir por el solo impulso del tiempo a otros iguales que ellos.

El metro parisino se convierte, bajo esta perspectiva, en el espejo inmóvil de los días. Un tiempo estanco, empecinado en mostrar la permanencia, lo contrario de lo que expresó el filósofo de Éfeso al afirmar que "nadie se baña dos veces en el mismo río".

Soy consciente, obvio es decirlo, de que ellos, mis vecinos de metro, no ven en mí al joven desastrado, con pantalón de pana adquirido en el marché aux puces, un jersey de lana mejicana y unas botas de corte militar... que eran las prendas que yo vestía entonces. Me ven embutido en una gabardina forrada y de marca, debajo de la cual asoman unos pantalones de franela con raya bien planchada. Mi cabeza cubierta con un sombrero de fieltro que deja ver un cabello completamente blanco y en mi mano izquierda unos guantes de piel... Perciben en mí a uno de los suyos y no al jeune meteque que yo era cuarenta años atrás. Y esa percepción que noto en sus miradas... me preocupa. He envejecido, lo sé y lo sufro sin falsas componendas, sin frases edulcorantes, como ésas que tanto se repiten: "La vejez suministra muchos goces", "hay que saber envejecer"... y otras sandeces parecidas.

En fin, a lo que iba: quien se mira en el espejo de los días, ¿es uno mismo o son los demás? Quizá venga a pelo ahora una cita: "La autobiografía que se postula como posible es la autobiografía devanada de los otros, la personalidad propia en tanto que deriva de las huellas que imprimieron los que ya no están. Nuestro recuerdo no es más que un hilván, cosido con el hilo de aquello que éramos"... Pero ésta de la cita es una visión literaria y sentimental, porque es la vida quien crea el tiempo y no al revés. Es ahí donde descansa el papel creativo, irrepetible, del tiempo. El tiempo que construye, destruyéndonos, "el tiempo que es el fuego en el que ardemos".

Pero vayamos a la Gare d'Austerlitz, la fría y desangelada mañana de noviembre de 1965, cuando bajé del tren. En lugar de tomar el metro que -dos estaciones mediante- me hubiera dejado en la Place Maubert, a dos pasos del Hotel des Carmes, que era el lugar al que me dirigía, me subía un taxi y me bajé de él en esa plaza, en la Place Maubert. Allí, cargado con una pesada maleta, me quedé como un pasmarote, frente a la estatua de Etienne Dolet, un impresor hereje quemado por la Inquisición en tiempos de Francisco I. El París revolucionario había levantado muchos años después un monumento en su honor: "Non dolet ipse, sed pia turba dolet".

El plano que traía en el bolsillo interior del abrigo señalaba la Rue des Carmes a dos pasos de donde estaba y no fue difícil dar con ella ni con el letrero del hotel. Ya había comprobado durante el viaje el excesivo peso de la maleta (¿quién me habría mandado meter en ella una decena de libros?) y lo volví a sufrir subiendo la cuesta que forma el primer tramo de la calle que desemboca en la Rue des Écoles y que tomó su nombre de un convento ya desaparecido de carmelitanos.

El hotel estaba frente a un restaurante marroquí frecuentado -como no tardé en comprobar- por Jean Paul Sartre, que allí acudía acompañadode una hermosa y joven alumna, que el ya maduro y siempre rijoso pensador había hecho su amante. Eso se supo años después, cuando tras la muerte de la Beauvoir las intimidades eróticas de "la pareja" salieron con escándalo a la luz pública.

Cuando entré en el hotel, Carlos Romero y otros becarios españoles estaban desayunando en el diminuto refectorio aledaño a la recepción. Ellos me presentaron como un becario más a la señora que se ocupaba de la administración de aquella casa, quien, de inmediato, tomó mis datos y me asignó una chambre en el cuarto piso. Cuando la mujer me solicitó la carte de becario, mis acompañantes le indicaron mi condición de recién llegado y que esos trámites los realizaría yo más tarde.

Desgraciadamente, aún estaba lejos de alcanzar la privilegiada condición de boursier. De ello me di cuenta cabal cuando esa misma tarde, acompañado de una compatriota -que ya había accedido a ese estatus- me acerqué a las oficinas de la Astef donde me dijeron que mi caso distaba de estar resuelto. En otras palabras, que me encontraba en París con una mano delante y otra detrás o poco menos.

El Instituto de Demografía (Idup), dependiente de la Sorbona, tenía su sede en la Rue Cujas. Estoy entrando en ese pequeño edificio de tres plantas en compañía de otro montañés de Liérganes, José Ramón Rapado, becario, como yo aspiro a ser, y ya matriculado y, por lo tanto, conoce a Mde. Quilliot, factótum administrativo de la casa. Mde. Quilliot es una mujer alta y algo gruesa, con aires de alsaciana, que desprende poderío y tiene "la cara del que sabe". Un becario de la Astef no sólo tiene derecho a matricularse sin trámites previos, también está exonerado del pago de las tasas. Pero Mde. Quilliot requiere mis papeles... y esta vez es Rapado quien, según lo acordado, le dice a la mujer que están en tramitación. Y por extraño que parezca, ella, sin añadir palabra, me da el carnet de alumno con la foto que le acabo de entregar ya pegada a él. Eso sí, al verme tan poco dispuesto a pronunciar una sola palabra en francés, se dirige a Rapado y le informa: "Debo señalarles que en nuestro Instituto -hasta ahora- no ha conseguido aprobar ningún alumno que no fuera francófono". Mde. Quilliot lo dice con aires de advertencia. Mis magros conocimientos de francés me permiten entender el aviso y con un desparpajo que no se compadece con mi lastimosa condición le susurro a Rapado: "Dile que yo seré el primer no francófono en aprobar aquí"... y él se lo traduce. Ella nos sonríe y se lo toma a broma... cuando, a final de curso, yo sea uno de los dos o tres no francófonos que conseguimos superar las pruebas del primer año, Mde. Quilliot me lo recordará tan sonriente como lo está ahora.

Evocando esa anécdota de joven prepotente frente a la jefa administrativa del Idup, me doy cuenta de que mi timidez -a la que tanto me ha costado y me cuesta vencer- estuvo acompañada durante muchos años de una convicción optimista acerca de mis posibilidades de alcanzar cualquier objetivo que me propusiera. Creo que, en mi fuero interno, durante aquellos años pensaba que bastaba con que yo quisiera llegar a una meta para que ésta se me hiciera accesible. Un optimismo que, a menudo, se vio apoyado por la suerte, la tenacidad o sabe Dios qué otros astros favorables y por eso se mantuvo incólume hasta que la realidad acabó por mostrarse, tras múltiples tropiezos, menos propicia. No es que me creyera más inteligente o más laborioso que los demás (nunca fui tan necio) y, como es obvio, tampoco había nacido con una flor en el trasero..., entonces, ¿por qué estaba tan seguro de alcanzar lo que me proponía? ¿Se trataba tan sólo -como ahora se dice- de una actitud positiva ante la vida? Tiendo a pensar que era una pretenciosidad que, por suerte, resultó pasajera.

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