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Nº
786 -5 de mayo de 2008 |
Cuarenta años después Mayo del 68 Francia revive la turbulenta primavera de 1968 en el 40 aniversario del Mayo del 68 que se celebra este mes. La movilización estudiantil a la que se unió buena parte de la sociedad gala el 13 de mayo de aquel año, en la mayor huelga general de la historia del país, sigue siendo objeto de un apasionado debate. El entusiasmo ha marcado los aniversarios de cada decenio que ha cumplido la pseudo-revolución del 68. Sin embargo, en este cumpleaños, las intervenciones de quienes protagonizaron los hechos y de quienes los estudian, ya sean historiadores, filósofos, politólogos, sociólogos, políticos y periodistas, están cargadas de una insólita vehemencia. Este fenómeno no es ajeno a que el elegido hace un año presidente de la República, Nicolas Sarkozy, haya prometido “liquidar de una vez por todas la herencia del Mayo del 68”. Por Salvador Martínez (París) En Francia todavía se recuerdan las violentas “noches de las barricadas”, en las que estudiantes y policías se enfrentaron durante las primeras jornadas de mayo de 1968. Tampoco se ha olvidado el mes que duró la ocupación de la Sorbona –el centenario y emblemático edificio de la Universidad de París–; ni el millón de manifestantes que desfiló en la capital gala el día de la huelga general, ni los cerca de diez millones de trabajadores que participaron en los paros registrados en las industrias del país. Aún hoy, frente a estos acontecimientos, “la sociedad francesa oscila entre el rechazo y la fascinación”, asegura Jean-Pierre Le Goff, ex militante maoísta, filósofo y sociólogo de la Universidad de París-I, la Sorbona. Le Goff firma Mai 68, l’héritage impossible (Ed. La Découverte, 1998), uno de los estudios más pormenorizados de lo ocurrido en el Mayo del 68 galo. “A la sociedad francesa le cuesta integrar el 68 en su historia”, mantiene Le Goff. En favor de esa integración podrían actuar la centena de libros dedicados a la movilización del 68 que ha aparecido en estas fechas junto a las innumerables emisiones de radio y televisión y las ediciones especiales de revistas dedicadas a lo ocurrido hace 40 años. No obstante, hay razones para no creer que Francia asimile totalmente la revolución de “los hijos de Marx y de Coca-Cola”, según definió el cineasta Jean-Luc Godard a los revolucionarios de la época. En 1998, año en que se celebró el treinta aniversario del Mayo del 68, Francia también asistió a una celebración del hecho histórico caracterizada por una impresionante puesta en escena mediática. Ese año “ochenta libros que trataban de una manera u otra el Mayo del 68 aparecieron en el mercado editorial”, escribe Le Goff en la última edición de Mai 68, l’héritage impossible. La dimensión mediática del cuarenta aniversario parece manifestar, como ya ocurriera hace diez años, que el Mayo del 68 sigue sin ser comprendido por la sociedad gala. Esta es la opinión de Le Goff, quien, en declaraciones a El Siglo, critica la “visión anacrónica” que se prodiga en estas fechas conmemorativas. “¿Mayo del 68 feminista?”, se interroga Le Goff acerca de una de las ideas que se vehiculan en la gran mayoría de los contenidos mediáticos dedicados a rememorar la movilización estudiantil. “Los testimonios de las militantes que formaron en los años 70 el Movimiento por la Liberación de las Mujeres dan cuenta de que las jornadas de mayo y junio de 1968 fueron fundamentalmente machistas”, responde el investigador en ciencias sociales. “¿Mayo del 68 ecologista?”, insiste Le Goff, respondiendo negativamente dado que “no existen documentos ni hechos que manifiesten un compromiso ecológico durante las protestas”. “Al contrario”, añade, “durante el mes de mayo del 68 los árboles del Barrio Latino se cortaban con tronzador para construir barricadas”. A su modo de ver, los años 60 y el 68, son deudores del periodo histórico que representan las casi tres décadas de crecimiento económico comprendidas entre 1945 y 1973: Los Treinta Gloriosos. “En este periodo de tiempo no existe el problema del paro masivo mientras que el problema de la mejora del nivel adquisitivo se plantea al mismo tiempo en que la sociedad cree en el progreso”, expone Le Goff. Daniel Cohn-Bendit, líder libertario del Mayo del 68 francés, ahora portavoz del grupo parlamentario de Los Verdes en el Europarlamento, coincide con el análisis de Le Goff. En Forget 68, (Ed. L’Aube, 2008), el libro que Cohn-Bendit dedica este año íntegramente a lo que él siempre ha definido como una “revuelta” en lugar de una “revolución”, el líder ecologista mantiene que “lo que yo he vivido entre la Segunda Guerra Mundial y los años 60 es el progreso y el crecimiento del bienestar” en “una sociedad cerrada”. El que fuera cabecilla del ‘Movimiento del 22 de marzo’, el grupo de estudiantes de la Universidad de Nanterre que trasladó sus exigencias de reforma universitaria y social a la Universidad de París hace cuarenta primaveras, considera que su generación fue la que “abrió la brecha” en la sociedad de la post-guerra, forzando la adaptación del cuerpo social al nuevo contexto de desarrollo económico y a las nuevas formas de entender la vida. Francia dejó de aburrirse El modo en que Francia rompió con la sociedad de la post-guerra presenta algunas particularidades que hacen del ejemplo francés un caso especial. En el territorio galo, la revuelta se hizo esperar. Durante esta espera apareció la célebre crónica del editorialista del diario Le Monde, Pierre Viansson-Ponté, titulada “Cuando Francia se aburre…”. Viansson-Ponté señalaba en ese artículo que la juventud francesa “se aburría” mientras que los estudiantes “de España, Italia, Bélgica, Argelia, Japón, Estados Unidos, Egipto, Alemania, e incluso, de Polonia,” se manifestaban convencidos de que había “conquistas que alcanzar”. El estallido del Mayo del 68 francés, como constata el filósofo italiano y ex militante revolucionario, Antonio Negri, estuvo “muy concentrado en el tiempo”. “En Italia, el Mayo del 68 dura diez años”, precisa el ahora principal teórico del movimiento antiglobalización. Además, según Negri, la movilización italiana estuvo protagonizada fundamentalmente por obreros mientras que “en Francia, el movimiento nace en la universidad” y sólo duró un par de meses. Sin embargo, Cohn-Bendit subraya en Forget 68 que “en Francia la revuelta fue más intensa porque, contrariamente a lo ocurrido en otros países, desembocó en una huelga general”. Además, según afirma a El Siglo, Ignacio Ramonet, semiólogo y director de Le Monde Diplomatique hasta hace dos meses, en “Francia la movilización fue más espectacular” gracias a que “los muros tomaron la palabra de forma poética”. Ramonet hace alusión con esas palabras a los carteles y las pintadas que forraron la Sorbona y el Barrio Latino durante la movilización juvenil. Entre aquellos mensajes escritos en las paredes se encuentran frases como “Sed realista, pedid lo imposible”, “Prohibido prohibir”, “Disfrutad sin límites” o “Bajo los adoquines, la playa”. Todas ellas han pasado a formar parte del imaginario colectivo francés. Aquello era, según Cohn-Bendit, pura “poesía revolucionaria”. Durante el Mayo del 68, los “poetas” se contaban por “centenas o miles”, trata de recordar el ahora eurodiputado verde en Forget 68. En función de esta creatividad André Glucksmann, ex militante maoísta y ahora filósofo de prestigio internacional, ha definido el 68 como “un tsunami de palabras”. En París, el Mayo del 68 se vivió de manera multitudinaria en un ambiente festivo y de libertad. En plena revuelta, podía ocurrir que un anarquista español, sin apenas capacidad para expresarse en francés, reuniera a unas 2.000 personas en una asamblea libre sirviéndose únicamente de una veintena de carteles pegados con chinchetas en los árboles de los alrededores de la Plaza de Clichy, en el corazón del noveno distrito París. Esto fue lo que vivió Lucio Uturbia, un albañil anarquista de 77 años que ha pasado la mayor parte de su vida en la capital gala, donde hizo “carrera” como atracador de bancos y falsificador de documentos. Los directores de cine Aitor Arregui y José María Goenaga dedican el documental Lucio, nominado en la última edición de los Premios Goya al mejor documental, a la vida de Uturbia, cuyo mayor golpe no fue un robo, sino la falsificación de bonos de viaje del First National City Bank por valor de más de 12 millones de euros. En su recuerdo, “el ambiente de mayo del 68 fue fundamentalmente libertario porque la gente vivía en la calle hablando los unos a los otros”, según revela a este semanario. Este todavía convencido anarquista conoció durante la movilización de Mayo del 68 a la que luego sería su mujer. Esa es una de las razones por las que “todo aquello fue muy importante”, dice sobre lo ocurrido hace 40 años en el centro social que ha fundado en el barrio parisiense de Belleville. Si bien la experiencia de Uturbia sirve para ilustrar hasta qué punto estaba movilizada la población en la capital francesa, este anarquista, que por aquel entonces casi había cumplido la cuarentena, no puede identificarse con los principales responsables de “la especie de revolución socio-juvenil de 1789”, según los términos con los que se ha referido el sociólogo Edgar Morin a lo ocurrido en el mes de mayo de 1968. Los protagonistas del 68 son “actores nuevos, estudiantes no insertos en la sociedad porque disfrutan de una adolescencia prolongada”, según se lee en Mai 68, l’héritage impossible. Esta juventud “trajo las nuevas ideas que erosionaron la sociedad francesa”, “atacando los poderes establecidos”, “denunciando el moralismo” y “noqueando a los sindicatos y a los partidos políticos”, mantiene Le Goff. Tanto fue así que el día de la huelga general, en la gran manifestación que recorrió París desde la estación del este hasta la Torre Eiffel, “los estudiantes, impusieron al Partido Comunista Francés y a la Confederación General del Trabajo que desfilaran en el último lugar del cortejo”, según recuerda Uturbia cómo las principales organizaciones de la izquierda gala se vieron desbordadas. “Por primera vez en la historia, los estalinistas desfilaban en la cola de una manifestación”, señala. Las manifestaciones, revueltas y huelgas que se multiplicaron en mayo y junio de 1968 no trajeron consigo ninguna revolución política. Al contrario, la crisis desencadenada por las protestas, en las que se registraron cinco muertos y cerca de 2 000 heridos, quedó resuelta con la celebración de elecciones legislativas anticipadas a finales de junio de ese año. Aquel escrutinio puso el punto y final a la movilización, dejando a las fuerzas de la izquierda con apenas 100 escaños. Por su parte, la Unión de los Demócratas por la República (UDR), el partido del jefe de Estado en aquella época, Charles de Gaulle, y sus aliados conservadores lograron prácticamente cuatro veces más escaños que los partidos progresistas. Sarkozy, contra Mayo del 68 La revolución del 68 no fue una revolución como las del siglo XIX”, explica Le Goff, quien prefiere hablar de “una revolución cultural que impregnó a toda la sociedad” habida cuenta de la generación de nuevas ideas y de las transformaciones de orden social desencadenadas por el modo en que se vivió la movilización. Precisamente contra esos cambios se insurgió Nicolas Sarkozy siendo candidato a la Presidencia de la República. Uno de los hitos de la victoriosa campaña electoral del ahora jefe de Estado fue su discurso del 29 de abril de 2007, en el que planteó la cita con las urnas en los siguientes términos: “En estas elecciones, se trata de saber si la herencia de mayo del 68 debe perpetuarse o si debe ser eliminada de una vez por todas”. Sarkozy se presentó como el candidato que “pasaría la página de mayo del 68”, rompiendo “con los comportamientos e ideas” surgidas en aquel momento histórico, al que el candidato de la Unión por un Movimiento Popular (UMP) responsabilizó de la crisis moral y social que vive Francia. Para Nicolas Sarkozy, el Mayo del 68 francés es la fuente de prácticamente todos los problemas del país. Esta idea se nutre, en gran medida, de lo que la crítica literaria denomina “pensamiento anti-68”. Uno de los miembros insignes de esta corriente crítica con la revolución cultural del 68 no es otro que la pluma de Sarkozy, el consejero especial del presidente de la República, Henri Guaino. En 2002, Guaino publicó un ensayo titulado La Sottise des Modernes (Ed. Plon). En dicha obra, quien escribe los discursos a Sarkozy avanzaba la tesis que el candidato de la UMP llevaría a su posición más extrema en plena campaña electoral. “La revuelta de mayo expresa claramente el drama de una sociedad que niega los valores que la fundan y hace ver hasta qué punto hay una crisis del principio de autoridad que se despliega hoy en todos los sectores”, escribía en 2002 el ahora consejero especial de Nicolas Sarkozy. Evidentemente, la diatriba del candidato de la UMP contra el Mayo del 68 no tenía como objetivo señalar una supuesta filiación de Sarkozy con las tesis anti-sesentayochistas. Pronunciado en campaña electoral, aquel discurso violento e injurioso “fue un movimiento táctico”, según comparten todos los intelectuales consultados por esta publicación. Sarkozy se dirigió con ese discurso a su electorado situado más a la derecha, el que nunca entendió nada de lo ocurrido aquel año de 1968. Sin embargo, el ahora presidente no sólo se dirigió a los que Cohn-Bendit identifica en Forget 68 con los votantes que hoy día tienen más de 60 años y que votaron por la UDR en junio del 68. “Lanzando sus provocaciones”, explica Le Goff, “Sarkozy metió el dedo donde hace daño para recuperar el voto de unas clases populares que nunca se han identificado totalmente con los valores de la revolución cultural del 68”. Fue precisamente lo que ocurrió dada la clara victoria electoral registrada por el candidato de la UMP. Pero no es por ello que el discurso anti-68 no debe calificarse de “absurdo”. El adjetivo es del escritor y cineasta, Patrick Rotman, quien participó en el Mayo del 68 como estudiante de Historia en la Sorbona. “Mayo del 68 es un momento histórico que ha terminado y que ha tenido efectos importantísimos en la sociedad francesa a nivel cultural y social”, asegura Rotman a El Siglo. “Hablar de la sociedad francesa actual como si fuera la de 1968 es grotesco”, mantiene al mismo tiempo que niega la utilidad de los “conceptos del 68 para tratar la actualidad política y social”. “Ahora nos encontramos en otra etapa histórica”, afirma. Este análisis es el mismo que plantea Daniel Cohn-Bendit en Forget 68. El ex líder libertario, quien militó en compañía de Rotman durante las protestas juveniles tal y como atestigua una de las fotografías del Mayo del 68 que decoran la casa del artista galo, revela: “He querido que este libro se titule Olvidar 68 porque el 68 se ha terminado. El mundo de hoy no es el de 1968”, según se lee en el último libro que firma el apodado otrora “Dani el rojo”. La herencia de las protestas Resulta paradójico que el elegido jefe de Estado se beneficiara electoralmente de aquel discurso anti-68 cuando “él mismo se identifica con lo que mayo del 68 ha permitido”, plantea Ramonet, haciéndose eco de la tesis que defiende André Glucksmann en su último libro (ver entrevista). Daniel Cohn-Bendit también mantiene que Nicolas Sarkozy se identifica con los cambios que trajo consigo el Mayo del 68 tanto o incluso más que los propios actores protagonistas de la movilización. “¡Si hay alguien que disfruta sin límites, ese es Sarkozy!”, exclama el antiguo líder anarquista haciendo referencia a las lujosas vacaciones en yate y jet privado de las que ha podido gozar el presidente gracias a sus amistades con las grandes fortunas de Francia. Sin embargo, si uno cree lo que Sarkozy dijo en campaña, parecería que el presidente “no sabe que es la encarnación del Mayo del 68”, subraya Ramonet. Sin embargo, como revela Yasmina Reza en El Alba, la tarde o la noche (Ed. Anagrama, 2007), Sarkozy sabía que, en su intervención del 29 de abril de 2007, actuaba “de mala fe”. Por tanto, el jefe de Estado es consciente de que, según explica Ramonet, “si hoy día la sociedad francesa se ha atrevido a elegirlo es porque la mayoría de los ciudadanos ha integrado los elementos del Mayo del 68, entre los que se encuentran el hecho de que la vida privada de un político no es algo por lo que se le elige presidente”. Una sociedad gala que no hubiera vivido aquella primavera de 1968 “jamás hubiese aceptado un presidente divorciado que se ha vuelto a casar tres veces”, asegura el discípulo del semiólogo Roland Barthes. “Hace 40 años, el electorado no aceptaba a un candidato a la Presidencia de la República con una familia recompuesta”, según confirma Le Goff, quien también señala que “el origen judío” de Sarkozy habría podido impedir al candidato de la UMP ganar la carrera hacia el Elíseo. “El ultraderechista Jean-Marie Le Pen atacó a Sarkozy utilizando los orígenes judíos de éste último”, recuerda el autor de Mai 68, l’héritage impossible sin dejar de subrayar que esos ataques no tuvieron ningún efecto en la sociedad francesa de después del 68. La otra dimensión sesentayochista del jefe de Estado se observa en el modo en que ha ejercido la función presidencial. “Es cierto que ahora ya no se toma el cargo tan a la ligera”, constata Le Goff, quien ve una seña clara de la actitud del 68 el modo en que Sarkozy ha “desacralizado” su cargo de jefe de Estado a través del tuteo – e incluso el insulto – con el que se ha dirigido a los ciudadanos en varias citas públicas. A nivel social, la movilización del 68 en Francia “fue una purga general que limpió el país de una serie de costumbres anquilosadas desde hacía siglos”, asegura Ramonet. Para él, los ejemplos más claros de estos cambios tuvieron lugar en el ámbito de la educación y de las cuestiones de género. “Antes del 68, los institutos de segundo grado no eran mixtos”, recuerda el ex director del Le Monde Diplomatique. En esas instituciones, “una chica vestida con unos pantalones era automáticamente expulsada”. Todo aquello “saltó por los aires, como también ocurrió con la jerarquización de hierro que caracterizaba las relaciones laborales”, dice Ramonet, quien aprovechó con menos de treinta años la demanda de profesores que presentó el sistema universitario galo tras la reforma de la Universidad que acompañó al Mayo del 68. En las empresas, entre los avances registrados a raíz de lo ocurrido en mayo de 1968, destacan “el 37 por ciento de aumento salarial” y “la creación de la sección sindical”, subraya Cohn-Bendit en Forget 68. En las familias, se abandonó el dar lecciones a los niños “a base de golpes”, constata Le Goff. Además, Mayo del 68 colaboró en que las mujeres, bajo la Presidencia de Valéry Giscard d’Estaing que comienza en 1974, ganaran autonomía y no dependieran de la decisión del marido a la hora de ir trabajar o de abrir una cuenta en el banco. “Socialmente y culturalmente hemos ganado”, afirma Cohn-Bendit en Forget 68 haciendo referencia a los logros que comparte con sus compañeros de revuelta. Sin embargo, éstos, como Patrick Rotman, pueden llegar a considerar el 68 como un “año trágico”, porque “todos los movimientos que se desarrollaron en ese año estaban cargados de optimismo e ilusión” pero, al final, “triunfó el pesimismo”. “La primavera de Praga acabó con el verano de los tanques soviéticos, la movilización contra la guerra del Vietnam en Estados Unidos terminó con la elección del republicano, Richard Nixon, y, en Francia, la pasión del Mayo del 68 se apagó con la victoria aplastante de la derecha en las elecciones”, según ejemplifica Rotman. En vista de las inexistentes consecuencias políticas del Mayo del 68, en Francia, la herencia política de ese momento histórico es, como asegura el título de la obra de Le Goff, “imposible”. “Las aspiraciones democráticas de los individuos que tomaron la palabra frente al Estado paternalista del gaullismo se quedaron en nada porque se basaron en ideas como la autonomía absoluta del individuo y el sueño de una sociedad completamente horizontal” cuando “ninguna colectividad humana puede vivir sin instituciones que enmarquen la dimensión colectiva de la sociedad”, concluye el autor de Mai 68, l’héritage impossible. André y Raphaël Glucksmann, autores de ‘Mayo del 68. Por la subversión permanente’ (Ed. Taurus, 2008) “Salvo un funeral, no hay nada que celebrar” André Glucksmann (Boulogne, 1937) es uno de los intelectuales que participó en el Mayo del 68 francés. El filósofo galo presenta este mes en España su último libro, en el que explica, junto a su hijo Raphaël (Boulogne, 1979), qué fue el Mayo del 68. André Glucksmann considera que la herencia del mes de mayo del 68 es una “herencia liberal” dado el carácter “anticomunista” de las movilizaciones que él vivió en primera línea. —¿Cómo explican que mayo del 68 siga provocando tanto debate apasionado en Francia? André Glucksmann: No soy de los que se dedican al culto de la conmemoración. Salvo un funeral, no hay nada que celebrar. Las sietes semanas que ocupó lo ocurrido en el denominado Mayo del 68 es una cronología olvidada. Esta idea la comparten Nicolas Sarkozy, quien ha dicho que “hay que liquidar mayo del 68”, y Daniel Cohn-Bendit, cuyo último libro invita a “olvidar el 68”. Raphaël Glucksmann: Para muchos, el Mayo del 68 se identifica con un momento histórico terminado pero se trata de una revolución inacabada. Prueba de ello es que Francia actualmente no tiene nada que ver con el país que era antes de mayo de 1968. —El título de la edición francesa de su libro es “Mayo del 68 explicado a Nicolas Sarkozy” (Ed. Denoël, 2008). ¿Por qué? R. G.: El 29 de abril de 2007, el Sarkozy candidato a Presidencia atacó al Mayo del 68 en su discurso pronunciado en el parisiense Palacio de Deportes de Bercy. Esa noche mi padre participaba por primera vez en un mitin electoral junto al ahora presidente. Al escuchar a Sarkozy me dije: “¡Qué catástrofe!”. Al final del acto me encontré a mi padre muerto de risa y me dijo: “Esta noche Daniel Cohn-Bendit ha atacado a Daniel Cohn-Bendit”. A. G.: Me puse a reír porque comprendí las razones por las que Sarkozy habló de mayo del 68. Sarkozy quería dividir a la izquierda. Si Ségolène Royal se aliaba con el candidato del centro, François Bayrou, y con la extrema izquierda, habría ganado las elecciones. Pero lanzando la piedra del Mayo del 68 al debate público, Sarkozy obligó al centro a diferenciarse de la interpretación que hacen los trotskistas y los comunistas de lo ocurrido hace 40 años. —André, ¿Ha traicionado a sus antiguos camaradas al apoyar la candidatura de Sarkozy en las elecciones presidenciales? A. G.: No, porque lo importante es la ruptura. Hasta Sarkozy, en la derecha se ha pensado que Francia es un país agrícola cuando sólo el 3 por ciento de la población vive en el campo. Esta es la primera ruptura que se introduce en el Mayo del 68: no somos un país agrícola. La segunda ruptura del 68 se identifica con el rechazo a la tradición revolucionaria comunista que ha sido para la izquierda, como decía Sartre, “el horizonte infranqueable” de la emancipación. Soy fiel a esta doble ruptura y, para mí, Sarkozy es quien mejor la ha encarnado. —Ustedes mantienen que el presidente francés es “un hijo rebelde” del Mayo del 68. ¿Por qué? A. G.: Sarkozy se identifica con mayo del 68 porque rompe con las tradiciones políticas francesas. Sin embargo, cuando Sarkozy muestra ese lado sesentayochista, los hay que se inquietan porque en Francia existe una religión política alrededor del presidente. R. G.: Sarkozy encarna la ruptura con todas las posiciones políticas tradicionales de la derecha francesa. Esto explica en parte que la relación entre los franceses y el poder haya cambiado. Ya no existe esa relación de deferencia entre la sociedad y el jefe de Estado que tanto ha caracterizado la vida política. —¿No está Sarkozy dando la espalda a “la ruptura” dada la impopularidad de cómo ejerce la Presidencia? A. G.: Los defectos de las instituciones son también imputables a la opinión pública. Cuando ésta pide un rey, nos encontramos con lo que denunciaba Sartre aludiendo a La Fontaine: las ranas necesitadas de un rey. Los franceses piden hoy que vuelva a ser un secreto lo que con Sarkozy es algo público, a saber, las relaciones entre el presidente y las grandes fortunas además de la vida privada del jefe de Estado. R. G.: Lo que la opinión pública reprocha a Sarkozy es que, siendo presidente, no haya cambiado de la noche a la mañana. La configuración institucional francesa plantea problemas. En Francia, con la Revolución, cortamos la cabeza a nuestros reyes pero pusimos en su lugar a un líder político. Por eso vivimos en una monarquía republicana. —¿Qué diferencia el “Mayo del 68” francés del que tuvo lugar en el resto de Europa? A. G.: En nuestra movilización, trotskistas, leninistas y maoístas dialogaban entre sí. Fue como si los carteles del Che Guevara, Lenin, Trotsky y Mao de la Sorbona se hubiesen puesto a dialogar pese a que esas figuras revolucionarias nunca dialogaron verdaderamente entre sí. Al final, quien ganó fue el debate, la propia Sorbona, el sentido del diálogo y una la civilización europea que, desde siempre, habla. R. G.: Además, tuvo lugar el principio de la ruptura de la sociedad francesa con los dos mitos políticos predominantes por aquel entonces: el mito político del gaullismo y el del comunismo. El 68 supuso un ajuste de cuentas con la escena política. El 68 alemán y el extremismo violento En 1961 se alza el muro de Berlín. A un lado y otro del muro, los jóvenes sueñan con cambiar el mundo. Y es este sueño, el que a lo largo de estos años llegará a la realidad de modos distintos. En la República Democrática Alemana, RDA los jóvenes de la clase trabajadora, sometidos por el partido único, apenas disponen de información y los hijos de la élite política, quienes acceden a la música e información de Occidente, intentan democratizar las instituciones que dirigen sus padres, sin apenas lograr algo más que colgar una bandera de Praga en sus ventanas, para manifestar su disconformidad con la ocupación soviética de Checoslovaquia. Al otro lado del muro, la música, el cine y la televisión, medio éste último que entonces aún celebraba su llegada reciente a los hogares, jugarán un papel determinante en el nacimiento del movimiento estudiantil. En 1962, se presenta el Manifiesto Oberhausener, siguiendo los pasos de la Nouvelle Vague francesa. En este manifiesto se pide la desestructuración de la política cinematográfica. Un año más tarde, se funda el grupo Amigos de la Filmoteca Alemana en Berlín. Al mismo tiempo, avanza el Grips-Theater, se afirma la editorial Wagenbach y en 1965 los estudiantes comienzan a salir a las calles. La Guerra de Vietnan, que llegaba a los alemanes a través de la televisión, en donde se mostraban imágenes atroces, que hoy sólo sería posible ver en Internet, fue una de las causas de estas manifestaciones públicas. Dos años más tarde, en 1967, el Sha de Persia visita el Berlín occidental. Los estudiantes se aglutinan a su alrededor y gritan contra su régimen. Los guardas persas del Shá golpean a los estudiantes y éstos saldrán a la calle para pedir un Estado de Derecho. Acaba de iniciarse la primera fase de la revuelta alemana. El 2 de junio de ese mismo año, Benno Ohnesorge, un estudiante, muere en una manifestación a causa de un disparo de la polícia. Los estudiantes salen de nuevo a la calle, a pesar de las prohibición de manifestarse. En sus pancartas piden Libertad de Prensa, medio al que consideran dominado por el grupo editorial Springer. En ese momento comienza a fraguarse el Movimiento Armado Dos de Junio y de la Fracción del Ejercito Rojo, RAF (en siglas en alemán). “Sin violencia no hubiera quedado nada”, se comenta en la película “Aufrecht gehen - Rudi Dutschke” de Helga Reidemeister, 1987, que forma parte del programa de la exposición “Arte y revuelta” que la Academia del Arte de Berlín, ha organizado con motivo de la celebración del 40 Aniversario del Mayo del 68. En esta cinta la pensadora Karaola Bloch señala: “La violencia jugó un papel esencial en la revolución. Pienso que el odio abstracto a la violencia no es correcto”. Y un compañero del líder estudiantil del 68, Rudi Dutschke, reflexiona: “Hoy otra generación ostenta el poder. Una generación que también procede del mayo del 68. Esta generación ha instalado un modo americano de hacer Economía y Política y es la auténtica protagonista porque ella es la que ha destruido el Estado”. A su vez, la cinta “Die Reise” de Markus Imhoff, 1986, también parte de este programa, refleja la educación autoritaria y violenta que sufrieron los jóvenes alemanes de los sesenta. El protagonista de esta película, hijo de un ex nazi, se convertirá en terrorista y tendrá un hijo con una terrorista de la RAF. Si la rebelión del mayo del 68 francés unió a estudiantes, sindicalistas y ciudadanos, y la de Praga nacíó de la clase dirigente y fue apoyada luego por estudiantes y artistas, para acabar siendo sometida por los tanques, la de Alemania occidental se caracterizó por el poco apoyo que tuvo de la ciudadanía, que llegó a manifestarse en contra de Rudi Dutschke, situando al país al borde de una guerra civil, por la división interna de los sindicatos ante la revuelta y por el extremismo violento, que provocó la formación de grupos armados y víctimas mortales. Cuarenta años después, en la Alemana reunificada, nadie habla de revolución política sino de revolución cultural. De un movimiento que para muchos es el primer movimiento global que mostró consciencia hacia los problemas del Tercer Mundo, además de impulsar, con gran intensidad, el movimiento para la liberación de la mujer y de sentar las bases para el nacimiento, años más tarde, del partido Los Verdes y con él, el de una ciudadanía más responsable con el medio ambiente. Por otro lado, el mayo del 68 es considerado el inicio de la Revolución Silenciosa que, en 1989, se produjo en la RDA tras la caída del Muro de Berlín. Una revolución impulsada, entre otros, por aquellos jóvenes de la RDA que en el 68 soñaban con democratizar el socialismo. J. V. (Berlín) |
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