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| Nº 786 - 5 de mayo de 2008 |
La iguana y el volcán
Por José María Ridao El mundo sureño que retrata en sus mejores obras de teatro, además de su propia confesión, ha llevado a reconocer la profunda relación que existe entre la literatura de Tennessee Williams y la de Faulkner. La atmósfera es común, lo mismo que la concepción de personajes guiados por una pasión absorbente y condenados a cumplir un destino inexorable, sean cuales sean los avatares de su vida. Pero la lectura de La noche de la iguana, la conmovedora obra que Williams estrena cuando su reputación teatral se encuentra en definitivo declive, cuando Brodway le ha dado la espalda, permite advertir su proximidad con otro de los grandes escritores en lengua inglesa: Malcolm Lowry. A su vez, tampoco Lowry parece distante de Faulkner, como si se cerrara un sutil aunque innegable triángulo de escritores que ha dejado una huella decisiva en la historia literaria del siglo XX: sus historias comparten ese tono épico desde el que algunos individuos, derrotados de antemano, dan cuenta de los minúsculos combates cotidianos como parte de una despiadada lucha ancestral que los arrastra, y cuyo origen les precede y que continuará más allá de su desaparición. Faulkner, Lowry y Williams, por lo demás, muestran en sus respectivas biografías una radical inadaptación social, resuelta en los tres casos mediante una invencible adicción al alcohol. Su visión, quizá marcada por esta coincidencia, parece al mismo tiempo exterior al mundo que describen y ferozmente determinada por él. Sus creaciones son autobiográficas, aunque enmarcadas en una incomprensión ante el mundo que trasciende sus concretas angustias y experiencias: describen, en efecto, angustias y experiencias que afectan o que podrían afectar a todos. Como otras tantas obras de Tennessee Williams, La noche de la iguana procede de un previo relato corto, en el que aparecen los principales personajes y la trama queda establecida. El reverendo Lawrence Shannon se gana la vida como guía turístico en México, después de que la Iglesia lo apartara de sus funciones a raíz de un sermón del que Dios está ausente y sus supuestas criaturas, abandonadas. Sobre él pesa una reputación de alcohólico y de hombre poco escrupuloso con los votos de su ministerio, en particular los referentes al sexo y el respeto debido a las mujeres casadas. No es difícil adivinar en el personaje de Shannon un trasunto apenas disfrazado de la propia vida de Williams, alcohólico como él y, además, vejado por su condición de homosexual. El círculo social de Shannon no le concede gesto alguno de compasión, a no ser la de otros personajes tan excéntricos como él. El acoso al que lo somete una joven frívola que viaja en la excursión dirigida por Shannon es interpretado en su contra, pese a sus esfuerzos para alejarse: de acuerdo con la reputación que le persigue, a Shannon se le acusa de ser el seductor cuando, en realidad, es sólo la víctima de un capricho juvenil que no toma en consideración las graves consecuencias que acarrea. Williams sitúa la acción en un pequeño hotel de México, regentado por una americana amiga de Shannon que acaba de enviudar y cuya vida de matrimonio se salda con la insatisfacción: el marido, mucho mayor que ella, cultiva durante los últimos años antes de su muerte una absorbente afición por la pesca, desentendiéndose de las necesidades y preocupaciones de su mujer. Cuando Shannon llega al hotel, variando el plan que había previsto la agencia y forzando la voluntad de los excursionistas, en su mayoría solteronas maduras y convencionales, Maxine Faulk, la dueña, ha decidido recuperar el tiempo perdido antes de que la madurez dé paso a la vejez. Se vale del poder que le concede su incierto patrimonio para disfrutar de los favores de dos jóvenes trabajadores mexicanos, que consideran la satisfacción de Maxine como parte de su tarea. También la fecha en la que Williams sitúa el desarrollo de La noche de la iguana tiene significado: la segunda guerra mundial ha comenzado y la tragedia que vive Europa aparece como constante contrapunto de la que se desarrolla en el hotel. En la perspectiva que introduce Williams, no se trata de comparar y restar trascendencia al drama individual mediante alusiones a la atroz realidad que se vive más lejos, sino de recordar que la vida no es mejor fuera del estrecho ámbito por el que deambulan sus personajes. El clima del hotel es irrespirable; un poco más allá, México resulta incomprensible y, a lo lejos, el mundo se desangra. Es en este punto donde mejor se perciben los paralelismos con la novela que Malcolm Lowry publica en 1947 y que supuso su consagración como escritor, Bajo el volcán. Como Shannon, el cónsul Geoffrey Firmin ha abandonado su profesión y se debate en una interminable lucha contra el alcohol, aunque la novela sólo recoge la jornada del Día de Difuntos de 1938. La mujer que le había abandonado acaba de regresar en un intento desesperado por rehacer su vida en común. Por la mente del cónsul transcurren, con la confusión inextricable que acosa la percepción de un borracho, los episodios intrascendentes en los que se va viendo envuelto y una catarata de recuerdos de sus viajes, su matrimonio, su compromiso político. Existen entre los recuerdos más dispares puntos de contacto, casualidades, que impiden a Firmin vivir el presente como presente y recordar el pasado como un tiempo remoto. En las épocas felices de su matrimonio había viajado por España con su mujer y habían pasado días inolvidables en Granada. Ahora, en el momento en el que transcurre la novela, España está en guerra y las noticias que llegan del país se refieren a la batalla del Ebro y a la progresiva pérdida de posiciones de las tropas de la República. No sólo el escenario de la felicidad de Firmin se ha convertido en un escenario de tragedia; además, aparece la culpa. Muchos de sus amigos se han alistado como voluntarios de las Brigadas Internacionales y han perdido la vida en España, mientras que él, Firmin, se debate en México, en Oaxaca, en un desgarro íntimo que los tiempos parecen censurar: la mujer a la que ama ha vuelto, pero la razón por la que le abandonó, su adicción al alcohol, es más fuerte que su deseo de no perderla. Si no resultaba difícil entrever a Tennessee Williams en el personaje del reverendo Lawrence Shannon, tampoco la biografía de Malcolm Lowry escapa a las semejanzas con el cónsul Goeffrey Firmin. Además de Granada, Lowry había visitado Cuernavaca con su primera mujer, la actriz Jan Gabrial, con el propósito de rehacer un matrimonio devastado por las infidelidades y la adicción al alcohol que ambos padecían. La manera en la que Lowry traduce algunas de sus vivencias en las de su personaje Firmin, así como la dimensión existencial que les concede, parece reproducirse en el disfraz de Tennessee Williams como Shannon. También la elección del escenario, México –un México, por lo demás, remoto e incomprensible para los personajes– aproxima las dos obras, hasta el punto de que, reconocidos o no por el dramaturgo, voluntarios o involuntarios, los ecos de Bajo el volcán se imponen en las páginas de La noche de la iguana. En ambos casos se trata de obras excepcionales, que retoman y reelaboran un linaje literario que no se explica sin Faulkner. Faulkner murió devastado por el alcohol, lo mismo que Lowry y Williams. Pero si los dos primeros tuvieron ocasión de recorrer sus respectivas carreras como un ascenso progresivo, como un creciente y cada vez más sólido reconocimiento de su trabajo aunque sus vidas prosiguieran una marcha imparable hacia la soledad y la derrota, la suerte literaria de Tennessee Williams se precipitó por el camino inverso. Tras unos comienzos difíciles pero prometedores y una madurez creativa que lo colocó en la cima de la dramaturgia norteamericana, el descrédito arrojado sobre él por causas que nada tenían que ver con la literatura lo encerraron en un círculo infernal de depresión y de dificultad creativa. La muerte de su compañero sentimental de largos años, la persona que le ofreció estabilidad y consuelo, acabó privándole de su último apoyo, y el final de su vida se convirtió en una imposible huida de sí mismo, valiéndose del alcohol. Murió solo en una habitación de hotel, atragantándose con el cierre de un bote de tranquilizantes. Se llegó a hablar de asesinato, también de suicidio, pero la policía dio mayor crédito a la hipótesis de un estúpido accidente producido, precisamente, por el estado de permanente embriaguez y somnolencia en el que Tennessee Williams pasaba los días. La noche de la iguana y Bajo el volcán reflejan dramas individuales siempre con el contrapunto de una tragedia colectiva dibujándose en un horizonte más o menos lejano. Se trata de dramas en absoluto ajenos a los que padecieron Tennessee Williams y Malcolm Lowry, proyectados sobre Shannon y sobre Firmin, ilustrados con la imagen de una iguana y la imagen de un volcán. Tal vez en esta superposición de perspectivas radique la fuerza de la gran literatura: pese al sentimiento de culpa que pesó sobre estos autores, la época y el individuo no se niegan. |
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