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Hambruna a la vista Es terrible pero es así. La hambruna que
se anuncia es el resultado, entre otros factores inquietantes, de que millones
de chinos e hindúes, la mitad de la humanidad, empiezan a comer decentemente.
No deja de ser dramático que millones de pobres estén abocados al hambre porque
empiezan a comer sus compañeros de clase, otros millones de pobres que están
accediendo a un sustento aceptable.
Pero no es éste el único hecho sorprendente. Un factor clave de la hambruna que se avecina y que en algunas regiones del globo ya ha irrumpido provocando revueltas con muertos se debe a la energía verde, a la transferencia de grandes extensiones de tierra de los hambrientos a los automovilistas, a la transformación del maíz, del arroz, del trigo y de otros cereales a la producción de etanol; a que el campo haya dejado de producir alimentos para destilar combustibles en un proceso en que ni siquiera está garantizada, en el balance final, la disminución de emisiones de CO2 a la atmósfera. La energía verde, más que una solución se está manifestando como un sarcasmo cruel. Naturalmente hay otras causas manifestadas recientemente que han contribuido al fuerte encarecimiento de los alimentos básicos –un cuarenta por ciento en tres meses– como la fuerte subida del precio del petróleo, ingrediente importante en el coste de producción, pero también el encarecimiento del petróleo se debe en buena medida a la demanda de China e India, cuyas economías crecen a un ritmo vertiginoso. Confluyen también otros desencadenantes como las malas cosechas de cereales y arroz, alimento básico y en algunos casos casi único de algunos países asiáticos. Y para terminar de arreglarlo hay que apuntar una fuerte especulación financiera provocada por quienes se han agarrado a las materias primas como una alternativa a las turbulencias que zarandean los mercados financieros desde la crisis de las subprime. Todos estos factores han provocado en el último año que el trigo se encareciera en un 130 por ciento; el arroz en un 74 por ciento; la soja en un 87 por ciento y el maíz un 53 por ciento. La situación exigía medidas de emergencia que al menos paliaran los efectos letales de una catástrofe humana de grandes dimensiones y a ello han dedicado dos días de trabajo los dirigentes de los organismos con mayores responsabilidades en la materia: el Fondo para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y demás entidades de Naciones Unidas ocupadas con distinta implicación en la noble tarea de paliar las manifestaciones extremas de la pobreza. Es la ayuda de los más prósperos, siempre insuficiente y a veces cicatera pero que ha ido creciendo en la última década haciendo concebir la esperanza de que la humanidad superara el espectro del hambre . Tan buenas perspectivas se han truncado de pronto y han sonado las alarmas del retroceso. Estamos a punto de pasar de la precariedad a una terrible hambruna que afectaría a unos cien millones de hombres y que el secretario general de Naciones Unidas , Ban-Ki-Moon, calificó el pasado lunes de “auténtica crisis mundial”. La reunión presidida por éste ha tenido lugar en Berna, la capital de Suiza, el país más rico del mundo, un buen lugar para meditar sobre el hambre planetaria y frenar la ola de revueltas que hasta ahora han tenido lugar en 37 países como Haití, Camerún o Senegal, entre otros. Los reunidos han acordado crear un equipo de urgencia que se enfrente con un “desafío sin precedentes y de proporciones globales” y pasar la gorrilla para conseguir de forma inmediata 2.500 millones de dólares (1.600 millones de euros) de donaciones, que es lo necesario para reponer el Programa Mundial de Alimentos, del que dependen 75 millones de personas en el mundo que ha perdido en tres meses un 40 por ciento de su poder adquisitivo por el encarecimiento de los alimentos básicos. Finalmente, según la retórica acostumbrada, se insta a los países ricos a que no se cierren a las exportaciones agrarias de los pobres, una política a la que el mundo desarrollado no piensa renunciar pero que sería la medida más justa y eficaz para un comercio justo. Lo positivo de esta tragedia es que millones y millones de chinos e indios empiecen a comer decentemente pero lo que no tiene nombre es lo del etanol. Jean Ziegler sí se lo ha puesto: “Crimen contra la humanidad” Ziegler, escritor suizo autor de El Imperio de la Vergüenza, es el relator de Naciones Unidas en la conferencia aludida, quien se despidió del cargo con sendas andanadas a la Organización Mundial del Comercio y al Fondo Monetario Internacional, organismos presentes en la cita de Berna, y la petición de una moratoria de cinco años en la producción de biocarburantes, una decisión que difícilmente aceptarán las multinacionales que la controlan. lEs terrible pero es así. La hambruna que se anuncia es el resultado, entre otros factores inquietantes, de que millones de chinos e hindúes, la mitad de la humanidad, empiezan a comer decentemente. No deja de ser dramático que millones de pobres estén abocados al hambre porque empiezan a comer sus compañeros de clase, otros millones de pobres que están accediendo a un sustento aceptable. Pero no es éste el único hecho sorprendente. Un factor clave de la hambruna que se avecina y que en algunas regiones del globo ya ha irrumpido provocando revueltas con muertos se debe a la energía verde, a la transferencia de grandes extensiones de tierra de los hambrientos a los automovilistas, a la transformación del maíz, del arroz, del trigo y de otros cereales a la producción de etanol; a que el campo haya dejado de producir alimentos para destilar combustibles en un proceso en que ni siquiera está garantizada, en el balance final, la disminución de emisiones de CO2 a la atmósfera. La energía verde, más que una solución se está manifestando como un sarcasmo cruel. Naturalmente hay otras causas manifestadas recientemente que han contribuido al fuerte encarecimiento de los alimentos básicos –un cuarenta por ciento en tres meses– como la fuerte subida del precio del petróleo, ingrediente importante en el coste de producción, pero también el encarecimiento del petróleo se debe en buena medida a la demanda de China e India, cuyas economías crecen a un ritmo vertiginoso. Confluyen también otros desencadenantes como las malas cosechas de cereales y arroz, alimento básico y en algunos casos casi único de algunos países asiáticos. Y para terminar de arreglarlo hay que apuntar una fuerte especulación financiera provocada por quienes se han agarrado a las materias primas como una alternativa a las turbulencias que zarandean los mercados financieros desde la crisis de las subprime. Todos estos factores han provocado en el último año que el trigo se encareciera en un 130 por ciento; el arroz en un 74 por ciento; la soja en un 87 por ciento y el maíz un 53 por ciento. La situación exigía medidas de emergencia que al menos paliaran los efectos letales de una catástrofe humana de grandes dimensiones y a ello han dedicado dos días de trabajo los dirigentes de los organismos con mayores responsabilidades en la materia: el Fondo para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y demás entidades de Naciones Unidas ocupadas con distinta implicación en la noble tarea de paliar las manifestaciones extremas de la pobreza. Es la ayuda de los más prósperos, siempre insuficiente y a veces cicatera pero que ha ido creciendo en la última década haciendo concebir la esperanza de que la humanidad superara el espectro del hambre . Tan buenas perspectivas se han truncado de pronto y han sonado las alarmas del retroceso. Estamos a punto de pasar de la precariedad a una terrible hambruna que afectaría a unos cien millones de hombres y que el secretario general de Naciones Unidas , Ban-Ki-Moon, calificó el pasado lunes de “auténtica crisis mundial”. La reunión presidida por éste ha tenido lugar en Berna, la capital de Suiza, el país más rico del mundo, un buen lugar para meditar sobre el hambre planetaria y frenar la ola de revueltas que hasta ahora han tenido lugar en 37 países como Haití, Camerún o Senegal, entre otros. Los reunidos han acordado crear un equipo de urgencia que se enfrente con un “desafío sin precedentes y de proporciones globales” y pasar la gorrilla para conseguir de forma inmediata 2.500 millones de dólares (1.600 millones de euros) de donaciones, que es lo necesario para reponer el Programa Mundial de Alimentos, del que dependen 75 millones de personas en el mundo que ha perdido en tres meses un 40 por ciento de su poder adquisitivo por el encarecimiento de los alimentos básicos. Finalmente, según la retórica acostumbrada, se insta a los países ricos a que no se cierren a las exportaciones agrarias de los pobres, una política a la que el mundo desarrollado no piensa renunciar pero que sería la medida más justa y eficaz para un comercio justo. Lo positivo de esta tragedia es que millones y millones de chinos e indios empiecen a comer decentemente pero lo que no tiene nombre es lo del etanol. Jean Ziegler sí se lo ha puesto: “Crimen contra la humanidad” Ziegler, escritor suizo autor de El Imperio de la Vergüenza, es el relator de Naciones Unidas en la conferencia aludida, quien se despidió del cargo con sendas andanadas a la Organización Mundial del Comercio y al Fondo Monetario Internacional, organismos presentes en la cita de Berna, y la petición de una moratoria de cinco años en la producción de biocarburantes, una decisión que difícilmente aceptarán las multinacionales que la controlan. José García Abad |
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