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Nº 785 - 28 de abril de 2008

 

Ideas brillantes, agua de borrajas

 

Por Mauro Armiño

En los países de cultura escasa no es moneda corriente que alguien tenga una idea brillante; pero cuando sucede, como el resto no acompaña, todo queda en agua de borrajas, a veces incluso por la mediocridad de quien tuvo la idea. Ése parece el destino de la colección BLU (Biblioteca de Literatura Universal), que quiso ser crème de la crème en un país de mucho libro, a ser posible barato, y pocos lectores cualificados; después de una década desde que se fundó no la conoce prácticamente nadie. La idea se le ocurrió a Claudio Guillén, hijo del poeta y excelente comparatista que, cuando regresó a España, algo hizo para sentar las bases de unos textos clásicos hechos con rigor. Trató de dar clases en la Universidad española como “catedrático extraordinario”, que una ley, de la etapa de Maravall creo recordar, autorizaba, siempre con la aprobación de las Universidades; los ilustrísimos catedráticos de esta Universidad española que hace unos días pedía más dinero al Gobierno y según un ranking mundial de hace cuatro o cinco meses la primera madrileña figuraba en el puesto doscientos no sé cuántos, votaron ese nombramiento y fue rechazado (también lo fue, entre otros, Carlos Bousoño); no se querían comparaciones con el comparatista, no fuera a ser que aprendiesen algo; Guillén sólo lo conseguiría al segundo intento en aquella universidad reaccionaria de la época (lo sigue siendo).

Hace una década retomó Guillén un proyecto que ya había dirigido a finales de los 70 en Alfaguara, cuando el hijo de otro poeta del 27, Jaime Salinas, la dirigía: clásicos bien anotados; no alcanzó la docena de títulos, el país no daba para más. No se sabe cómo algunos bancos –fundaciones del Central Hispano, Bilbao Vizcaya– y empresas –Repsol, Cepsa, Fenosa, Telefónica, Tabacalera, etc.– se dejaron convencer para que patrocinaran la colección; aportaron la cantidad de unos 50 millones de pesetas (¡qué largueza financiera!; y agradecería que alguien corrigiese esa cantidad con precisión si no es exacta). La BLU se presentó en sociedad a bombo y platillo con toda la publicidad que en prensa consiguen esas entidades con solo levantar el teléfono; hubo comida inaugural, brindis y fotos de banqueros y donantes, se alquiló una oficina, una secretaria y un teléfono para Guillén, y se empezó a trabajar en lo que los periodistas, frenéticos por los grandes titulares, declararon la Pléyade española.

Problemillas y problemas. La editorial Espasa sería la encargada de su publicación y venta, con el único beneficio de utilizar para su colección Austral las nuevas traducciones que Guillén prometió; un Homero en versión bilingüe abrió la serie y mostró el producto: encuadernados en cartoné, papel biblia, elevado número de páginas (más de 1.000 por lo general) y precio de ocho o nueve mil pesetas. Los problemillas surgieron enseguida: por ejemplo, un tomo dedicado a Baudelaire provocó las iras de los estudiosos franceses, que se sintieron utilizados, si no copiados, y encima criticados por los hispanos preparadores. Y a los problemillas siguieron los problemas: colaboradores contactados por Guillén empezaron a darle tres y cuatro años de plazo para un trabajo riguroso, pero a Guillén, con sus años, no le quedaba tiempo: empezó a contratar viejas traducciones que incumplían su proyecto y dejaban a Espasa sin su futuro y posible beneficio, además de tener que tragar libros de venta imposible en cuya programación apenas participaba. Porque los patronos, mucho banco y mucha fundación (14 quedan todavía), no fueron capaces de comprar los ejemplares mínimos para permitir su pervivencia. ¡Con la cantidad de bobadas que regalan o con que premian a clientes!

Muerto Claudio Guillén, Espasa se deshizo de la pesada carga que ha recogido la editorial andaluza Almuzara; a un Camoens inicial (2007, donde todavía aparece el sello Espasa) le ha seguido Moralistas franceses que acaba de aparecer (con sello único de Almuzara) conteniendo varios autores de formas literarias breves, más conocidas por máximas o pensamientos, términos que sirven incluso para titular las obras de algunos. La idea no es mala: recoger ese género en un volumen de 1296 páginas (53 euros, pese a la ayuda del Ministerio de Cultura), con Pascal, La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort y Joubert: de los descendientes de Montaigne a la Revolución. En el mercado español existen las obras de estos grandes pensadores sobre las costumbres y modos de vivir a los que, como apunta en su introducción Alicia Yllera, catedrática de literatura francesa, el significado del término “moralista” en los diccionarios españoles no coincide con el francés; no los tuvimos, si dejamos a un lado a Baltasar Gracián, porque el horno no estaba para bollos y para pensar libremente como podía hacer, por ejemplo, Pascal, jansenista que podía expresarse y arremeter contra los jesuitas sin que por eso lo emplumaran o pusieran capirote.

Hay, como digo, ediciones de todos ellos; el único del que faltaba traducción era Vauvenargues, y el pasado año la editorial mallorquina Cort publicó una antología. Pero algunas ediciones existentes eran inaceptables, en especial en el caso de La Bruyère, que Consuelo Berges había traducido en 1959 con desprecio del cambio de sentido de los términos en su evolución histórica; hace más de diez años Paulino Garagorri se lamentaba charlando conmigo de la situación en que se encontraba en español ese gran pensador, quizá el más moderno de todos los recogidos en este volumen de Almuzara. Supongo que esa situación fue la que quiso corregir Guillén, que en su momento programó el libro.

Errores, incongruencias, ausencia de rigor. Pero, como he dicho, a idea buena, agua de borrajas. La introducción de la profesora Yllera se limita a una explicación casi de diccionario del término moralista, más cuatro o cinco páginas, también de diccionario, de cada uno de los autores. El nivel de pensamiento es el de un alumno de tercero de carrera: si Yllera, una de las pocas profesoras con nombre y que publica, y que ha hecho bien algunas cosas, escribe esta introducción, no es de extrañar que nuestras Universidades figuren en el puesto doscientos y tantos. Explica lo obvio, resume biografías, no aporta nada como pensamiento original ni como análisis.

Lo peor viene luego: se han hecho cargo de la traducción José Antonio Millán Alba y Salustiano Masó, aunque el peso de la edición ha recaído sobre todo en el primero. El rigor que exigía Guillén ha desaparecido en todos los frentes: en la edición, en la anotación, en la traducción. Si empezamos por Pascal, Alba Millán ha elegido, desde luego, la mejor edición hasta la fecha, la de Michel Le Guern, que yo mismo utilicé para mi antología pascaliana antes de que el trabajo de Le Guern alcanzara los honores la Pléyade . Pero empieza por eliminar el índice que el propio Pascal puso a sus legajos y que antecede a los textos en la edición Le Guern. ¿Editamos o no editamos? Encontrarse en el primer pensamiento pascaliano con un “usted” para pasar luego al “vos” evidencia el descuido (que Almuzara hubiera debido advertir); mezclar en un mismo pensamiento del tuteo y del voseo (nº 47) es inadmisible. Pero esto que pudiera parecer minucia se complica, porque la traducción abunda en errores de interpretación.

Veamos La Bruyère: Alba Millán asegura haber seguido las ediciones de Benda, Garapon, Rinzean y Bory (error o errata: Emmanuel Bury). Sólo la de Garapon y Bury son hoy interesantes, pero falta la más actual y esencial junto con la de Bury, la de Patrice Soler, recogida en un libro clave para el tema, Les Moralistas du xviie siècle. Alba Millán simplifica la traducción; basta ver cómo traduce Yllera en su prólogo la primera frase del texto prologal de La Bruyère: “Devuelvo al público lo que me prestó; de él tomé la materia de esta obra”… no es lo mismo que “Devuelvo al público lo que me prestó: la materia de esta obra”, como traduce Alba Millán; simplificación que no dice lo que el texto francés dice; abundan los errores y las falsas interpretaciones debido a la falta de conocimientos sobre la lengua del siglo: los significados han evolucionado, y, por ejemplo, cuando La Bruyère escribe “mediocre”, no está refiriéndose peyorativamente, a un escritor, sino a un escritor “mediano”; uno de los varios diccionarios de la lengua francesa del XVII, o la edición misma de Bury que cita, podrían haberle ayudado a saber éste y otros muchos significados de época. Pero el descuido va más lejos: en La Bruyère, por ejemplo, se han eliminado las notas del autor unas veces, otras han sido resumidas por el traductor sin adjudicarle su paternidad. Hay en las breves notas de tipo biográfico errores de fechas cuando no fechas incompletas (pág. 481) o falta de fechas, y disparates divertidos: un libro “se ha impreso en cramoasí”; el vocablo último no existe en español y puede sugerir al lector no sé qué, quizá un tipo de encuadernación; en francés es Cramoisy, el apellido del impresor. Si la edición fuera cuidada, el lector tendría respuesta cuando quisiera saber qué quiere decir esta frase: “El H G es algo menos que nada” (Caracteres, I, 46); una edición, ni siquiera rigurosa, explicaría que se trata de Hermes Galant, un periódico que defendía a los Antiguos frente a los Modernos en una lucha literaria capital para entender el momento. No se pueden traducir unas veces sí y otra no los inventados nombres griegos, ni decir que la edición es anotada y hablar de Amphion sin explicar al lector que La Bruyère apunta al músico Lulli, activo en el citado enfrentamiento entre Antiguos y Modernos.

Extraigo ejemplos de las primeras páginas de La Bruyère, pero todo es así: errores, simplificación, descuidos, significados históricos errados, falta de información al lector en notas que apenas sirven, cuando no faltan para explicar el “carácter”: siguiendo el español con los textos franceses, mi lápiz rojo ha invadido las páginas de este volumen de Moralistas; como de costumbre, puedo demostrar línea a línea el desastre: si en la portada ya nos encontramos con que a La Bruyère ese acento grave se lo han cambiado por uno agudo (y esto no es culpa del traductor; todo el libro da la impresión de no haber sido revisado por una persona con los conocimientos necesarios para abordarlo), podemos suponer descuidos y una falta de rigor que confirma el libro en su interior, y que no secunda el proyecto de Guillén ni hace ningún favor a la necesidad que, después de siglos, sigue habiendo de disponer de textos fiables en español. Moralistas franceses vuelve a ser un ejemplo más: una cultura sin base sólo puede ofrecer productos averiados, incluso cuando más encopetada aparente ser la mercadería.

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