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El miedo como instrumento de trabajo El miedo es libre pero no debiera
esclavizarnos. Como todo en la vida, depende de la dosis o de cómo lo
manejemos. Guarda la viña pero puede alobarnos, paralizarnos como el lobo a la
oveja. Adonde quiero ir con este preámbulo proverbial es a expresar mi
prevención respecto a quienes tratan de utilizar el miedo ajeno en provecho
propio, a quienes aprovechan la preocupación por la crisis para conseguir del
Gobierno medidas impresentables. Nadie se quejó cuando los Poceros, los
Portillo, los Bañuelos o los Ger de Marina d´Or amasaban fortunas que les
introdujo en el club de los más ricos del mundo. Frente al derecho de los
promotores a pedir debiera prevalecer la virtud del Gobierno de no dar,
deslindando la realidad de la propaganda. En definitiva, si la Constitución
garantiza el derecho a beneficiarse de la legislación vigente también garantiza
el derecho a la quiebra, un derecho que algunos que se proclaman liberales
intentan abolir.
Una sola muestra me servirá para que se me entienda. En su día El Siglo llamó la atención sobre la medida adoptada por Carme Chacón, a la sazón ministra de la Vivienda, de rebajar a un año el plazo necesario para transformar las viviendas protegidas en libres. Pues bien, ahora los promotores piden que no se espere ni un día. Comprendo que el presidente de la CEOE, Gerardo Díez Ferrán, quien por cierto ha alabado el paquete de Solbes, dramatice exigiendo medidas urgentes, "valientes y agresivas" sin las que, en su opinión, terminaríamos el año con medio millón más de parados. Es su obligación como representante del empresariado pero el Gobierno haría bien en desconfiar de las medidas valientes. Recuerdo aquel delicioso programa de la BBC titulado Sí, ministro. Cuando el subsecretario, un viejo zorro de la administración pública, quería cargarse alguna ocurrencia de su jefe la alababa con un “¡Adelante! Es una medida valiente, señor ministro”. Está también en su derecho Guillermo Chicote, presidente del avispado gremio de promotores y constructores, a proporcionar datos alarmantes, no comprobados, que cifran el stock de viviendas sin vender en 500.000 y la caída de las ventas desde septiembre entre el 50 y el 60 por ciento. Supongo que el señor Chicote no esperaba que se podía seguir construyendo un millón de viviendas al año y con precios que subían por encima del diez por ciento anual. El mercado no es perfecto pero ajusta, aunque no sea de forma inmediata, la oferta con la demanda. No vendrá mal que las viviendas bajen aunque comprendo la desolación de quienes pagaron demasiado y ahora les ha encogido el patrimonio. Si la situación fuera catastrófica uno podría justificar el apoyo estatal incluso a los empresarios más ineficientes, pero no parece que sea el caso. La crisis es general y parece profunda. No se resuelve nada negándola pero peor sería magnificarla. Lo peor que pudiera ocurrirnos es primar la aprensión sobre el análisis. Esta crisis no tiene nada que ver, ni cuantitativa ni cualitativamente, con la anterior, con la que en España sufrimos en los primeros noventa. En aquel trienio económico negro –1992- 1994– hubo depresión y fuerte caída del empleo y no sólo desaceleración. Se destruyó Producto. Ahora de lo que hablamos es del porcentaje en que se reducirá el crecimiento, que no es lo mismo. El Gobierno, que había previsto un crecimiento del PIB del 3,1 por ciento para este año y del 3 para 2009 se atendrá a los datos más realistas del Banco de España que pronostica crecimientos del 2,4 y del 2,1 para cada uno de estos años. Se incrementarán los parados pero sin salirnos del entorno del diez por ciento, casi la mitad de las cifras a las que nos habíamos acostumbrado durante décadas. En los noventa resultaba difícil manejar el déficit del Estado y financiar el comercial teniendo que recurrir a devaluaciones continuas de la peseta. El déficit presupuestario de ayer es hoy un confortable superávit y hasta ahora podemos seguir financiando el desequilibrio exterior gracias a que pagamos con euros. La crisis de los primeros noventa se produjo en una economía débil que expulsaba empleados mientras que la de ahora tiene más de indigestión que de anemia. El ladrillo no lo es todo y afortunadamente la crisis encuentra a nuestras empresas con carteras de pedidos repletas. Por otro lado, el sistema financiero funciona en España mejor que en la mayor parte del mundo. La situación, insisto, es preocupante pero hay que situarla en sus justos términos. Los consumidores se retraen, caen las ventas no sólo de viviendas sino también de automóviles y de bienes de consumo duradero, lo que hay que atribuir a una razonable precaución, pero los hoteles se llenaron en Semana Santa y se llenarán en el puente del 1 de mayo. El problema sería pasar de la sana y prudente preocupación al pánico. Que no cunda pues el pánico y que aprovechemos los efectos beneficiosos de una purga tras los excesos y tras una década y media de crecimiento espectacular. Pero, sobre todo, que nadie se aproveche de nuestro miedo. José García Abad |
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