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Un Gobierno innecesario para un Zapatero en aparente tránsito No es que sea un mal Gabinete, es que es
un Gobierno intercambiable, irrelevante; innecesario, en suma; el diseño
pergeñado por Zapatero II quizás refleje muchas cosas más: autoculto a la
personalidad, menosprecio de la gente de su partido en beneficio de la
“camarilla del móvil” y, más concretamente, en lo que se refiere a la
defenestración de ministros válidos, la
devaluación del vicepresidente Solbes en beneficio de Miguel Sebastián y el mantenimiento de algunos ministros de
discutible y discutida eficacia, una injusticia y cierta frivolidad. La
relegación del superministro Caldera al archivo ha sido de una innecesaria
crueldad. Si no conocieramos el talante presidencial y su franciscana bondad
incluso podrían tacharse estas acciones de provocación.
En lo que se refiere a las innovaciones en la organización del Estado se ve que el presidente no le ha dedicado demasiada atención. No parece un hallazgo genial separar las universidades del Ministerio de Educación, rompiendo la continuidad del proceso educativo. Incluir en este departamento los Asuntos Sociales es una ocurrencia demasiado imaginativa. Por otro lado, debería haberse pensado mejor la desaparición del Ministerio de Medio Ambiente, que tenía significación ideológica. Es significativo que integre este cometido tan solemnemente proclamado en un departamento clientelista donde el medio ambiente estará en desventaja respecto a intereses agrarios contradictorios. Crear un ministerio más y cinco Secretarías de Estado, grandes generadores de gasto, parece un derroche inapropiado para tiempos de vacas flacas. Un derroche y un dislate es inventar un Ministerio de la Igualdad, todo un departamento para desarrollar una sola ley y administrar algunas cosillas dispersas. Quizás Zapatero entiende como secundarias estas minucias de administración y personal. Es como si le hubiera alcanzado el soberbio síndrome que sufrieron tanto González como Aznar, la convicción de que lo esencial es su persona, la del presidente cada vez más presidente, mientras que el Gobierno, cada vez menos Gobierno, apenas ofrece una utilidad coreográfica, y el partido, cada vez menos partido, ninguna. Zapatero ha llevado más lejos que sus antecesores el uso de la politica como propaganda; lo más importante son los gestos: más mujeres que hombres y una dama para Defensa. Símbolos que tienen su importancia y en lo que se refiere a Carme Chacón un acierto, pero que no es lo que debería primar en la selección de quienes tendrán que gestionar la cosa pública. Para Zapatero, como para González y Aznar, el Gobierno es innecesario. Basta con una buena foto y un vídeo divertido. Cristina Garmendia, Beatriz Corredor y Bibiana Aído prometen mucho y habrían sido buenas directoras generales curtiéndose para desempeñar en el futuro las responsabilidades que quizás han alcanzado prematuramente. Otros hombres y mujeres que han hecho un gran trabajo en puestos de secretarios de Estado, directores generales o en ámbitos autonómicos y locales han quedado fuera de la promoción. Es verdad que adolecían de un severo inconveniente: son gente de bregarse en tareas de partido, de sudar la camiseta, lo que no encaja con el glamour que ahora se requiere. El diseño de este Gobierno –salvando las notables excepciones de Celestino Corbacho, el nuevo ministro de Trabajo bien baqueteado en L´Hospitalet, y la continuidad de Teresa Fernández de la Vega, baqueteada en todos los frentes– y de Rubalcaba en Interior, me sugiere que ZP se encuentra, prematuramente, en el tránsito que experimentó González cuando le apearon el “Felipe” para designarle con un distante “Señor González”. La distancia que terció entre Felipe y el felipismo empieza a manifestarse entre el primer y el segundo Zapatero. Dios quiera que su fresca cercanía no derive hacia la vacuidad del modelo publicitario. Pero lo innegable es que ha tocado la hora de los modelos y de los brujos. José García Abad |
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