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Nº
783 -14 de abril de 2008 |
Se aplaza la entrada de Georgia y Ucrania, y Francia retorna a la estructura militar LA IMPARABLE EXPANSIÓN DE LA OTAN La reciente cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en Bucarest ha puesto de manifiesto que, pese al teórico fin de la Guerra Fría y la inexistencia de los dos bloques que generaron las tensiones del pasado, la Alianza militar sigue un proceso expansivo que, muy concretamente, se dirige hacia el Este de Europa. Tras las ampliaciones de finales de los noventa, exclusivamente con naciones de la antigua órbita soviética, acaban de certificar su adhesión Albania y Croacia. De momento, se ha frenado la entrada de Georgia y Ucrania, para no generar más controversias con una Rusia que se siente amenazada. Pero la reunión ha servido también para que los aliados den luz verde a los planes estadounidenses de instalar un escudo antimisiles, y para que el conservador presidente francés, Nicolas Sarkozy, anuncie el retorno de su país a la estructura militar de la OTAN después de 42 años de ausencia. Por Pedro Antonio Navarro Si las circunstancias son distintas, apliquemos un trabajo distinto”, proclamaba el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en su discurso en la jornada de apertura de la cumbre de la OTAN, celebrada en Bucarest, el pasado 3 de abril. En una intervención que duró poco más de diez minutos, el mandatario español apostaba por vincular a la alianza Atlántica con las decisiones adoptadas por Naciones Unidas como un “instrumento básico” para la seguridad, la paz y la democracia. No parece que la mayoría de sus aliados en esta alianza militar compartan plenamente esta necesidad de legalidad internacional para una estructura que ya ha actuado en diversas ocasiones al margen de la misma. El presidente norteamericano, George W. Bush –en una de sus últimas apariciones en foros internacionales (dejará la Casa Blanca el próximo mes de enero)- acudía con dos claros propósitos a la Cumbre, y conseguía nítidamente el primero de ellos. Los integrantes del Tratado le daban luz verde a la instalación del escudo antimisiles para la teórica defensa de Europa en caso de ataques islamistas o de un hipotético Irán con armas nucleares. Pronto, tras esta aprobación, comenzará la instalación de diez lanzaderas de misiles interceptores en territorio polaco –colindante con Rusia- y de un radar de altas prestaciones en la República Checa. La segunda aspiración estadounidense, la entrada inmediata en la Alianza de Georgia y Ucrania, se verá aplazada por las presiones de unos aliados europeos que no desean tensar más la cuerda con Moscú, aunque, a cambio, se ha dado luz verde a la integración de otros dos ex aliados de los soviéticos, Albania y Croacia. Otro candidato a formar parte del club, Macedonia, se ha encontrado con el veto directo de uno de los Estados miembros, Grecia, que exige un cambio de denominación del país –que coincide con el de una región helena fronteriza-, previniendo futuras reivindicaciones territoriales. En esto ha contado con el apoyo directo y expreso de España. Otro que pronto abandonará su cargo –aunque, probablemente no su influencia directa-, el presidente ruso, Vladimir Putin, expresaba con nitidez su oposición, tanto a la instalación del escudo antimisiles a las puertas de su casa, como a la continua adhesión a la OTAN de países cercano o que incluso son frontera directa con la Rusia europea. Hace semanas ya anunciaba la denuncia del tratado de armas convencionales y advertía de nuevas medidas si consideraba que la Alianza Atlántica procedía a continuar con acciones hostiles y de “cerco” contra su país. Solo unos días después, en un encuentro mantenido sólo entre los presidentes norteamericano y ruso, en la localidad de Sochi, ambos trataban de rebajar la tensión verbal que había desatado la Cumbre. Estados Unidos matizaba las intenciones y el alcance de su ya famoso escudo, ofreciendo a la posibilidad de que técnicos rusos pudieran inspeccionar periódicamente las instalaciones o, incluso, retrasar la puesta en marcha de todo el sistema hasta que Irán, supuestamente, u otro Estado teóricamente enemigo efectuasen pruebas de misiles balísticos contra Europa. Tras este acercamiento de posiciones, ambos mandatarios emitían un comunicado en el que aseguraban que “esperamos poder dejar atrás los desacuerdos sobre el escudo para llegar al entendimiento de que todos compartimos un interés en cooperar en materia de defensa antimisiles”. Pero no parece que la dinámica actual de la Organización del Tratado del Atlántico Norte esté encaminada a un estrechamiento de relaciones con Rusia o con China. Lo acordado en la reciente Cumbre de Bucarest, con ampliación incluida, no emite señales tranquilizadoras a Moscú, que ve que los países con los que hace frontera en Europa, hasta hace poco, firmes aliados, ahora pertenecen a una organización que, si bien les asegura que ya no son el enemigo –e ideológicamente, es cierto-, también, claramente, tiene intereses geoestratégicos y económicos encontrados con los suyos. A este respecto, Putin hacía alusión a que no le tranquilizan las comunicaciones de la OTAN en este sentido: “No basta la promesa. Hemos escuchado en el pasado promesas como ésas que no se cumplieron”. Y en su mente también está presente el papel que han jugado la mayoría de países integrados en la Alianza fomentando la independencia de Kosovo, lo que ha supuesto un duro golpe para diplomacia rusa y para los intereses de este país. Para Carlos Taibo, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, y autor de varios libros sobre la situación en Europa del Este, los únicos motivos de la pervivencia de una coalición como la OTAN, una vez desaparecida la estructura bipolar de nuestro planeta, “son los que remiten a los intereses de un puñado de los países más ricos del planeta, decididos a preservar -en su caso a alentar- amenazas externas y a mantener en pie sus privilegios de siempre. No nos equivocamos cuando afirmamos que la OTAN es le principal brazo militar de la globalización capitalista”. La Cumbre también ha dejado claro que existen diferentes percepciones del papel de la Alianza en su seno. Mientras que el presidente español –a quien resulta difícil disimular su escasa vocación atlantista- buscaba la referencia en la vinculación con Naciones Unidas y sus resoluciones, como motor político, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, confirmaba el giro pro norteamericano anunciado durante su campaña electoral, y anunciaba que volvía a incluir a su país en las estructuras militares de la Alianza que había abandonado hace 42 años, cuando lo presidía un Charles de Gaulle que siempre pretendió una posición de independencia para Francia. EL PAPEL DE ESPAÑA E l proceso de incorporación de España a la Alianza Atlántica se inició el 25 de febrero de 1981, con el discurso de Investidura del entonces candidato a de Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, al incluir el ingreso en su programa de gobierno. En ese momento comenzaron las negociaciones de adhesión. La propuesta que en agosto de ese año el Gobierno dirige a las Cortes es aprobada en sendas sesiones del Congreso y el Senado con fechas del 16 y 26 de octubre, respectivamente. El 2 de diciembre de 1981 España comunica a la Alianza su intención formal de adherirse al Tratado de Washington. Al día siguiente se recibía la invitación del Consejo del Atlántico Norte (CAN) para iniciar el proceso. El 30 de mayo de 1982 España se convertía en el miembro 16 de la Organización del Atlántico Norte. El proceso de integración español se detenía momentáneamente cuando el Gobierno del Partido Socialista, que acababa de obtener una victoria por mayoría absoluta en las elecciones generales del 28 de octubre de 1982, establecía un período de reflexión y suspendía de modo provisional las conversaciones sobre la integración militar española en la OTAN, advirtiendo de que su continuidad dependería de los resultados de uan consulta popular que tenía la intención de realizar. En el primer discurso sobre el Estado de la Nación, el presidente del Gobierno, Felipe González, presentaba el Decálogo sobre Defensa y Seguridad, en el que se contemplaba la celebración de un referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN. El 12 de marzo de 1986 se celebra la consulta, en el que el Gobierno pasa de la campaña denominada “OTAN, de entrada No” a defender el sí. En la pregunta formulada a los votantes se establecen unas condiciones para la permanencia de nuestro país en la Alianza Atlántica: —La participación de España en la Alianza no incluirá su incorporación a la estructura militar. —Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en el territorio español. —Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España. Tras una durísima campaña en la que se produjeron innumerables presiones de todo tipo para conseguir el voto afirmativo de una población, en principio, abiertamente contraria a la integración en la alianza militar –estaba aún muy reciente el golpe de estado de febrero de 1981 y posteriores ruidos de sables- la propuesta es aprobada por un 52,54 por cien de los votos, el 39,83 en contra, y un 6,54 por cien de votos en blanco, con una participación del 59,71 por cien del electorado. Tras el resultado, el 14 de marzo España comunica a la Alianza su modalidad de participación. A partir de ese momento, nuestro país inicia su participación en todos los comités, grupos de trabajo, agencias, presupuestos y planeamiento de la defensa de la OTAN, con excepción de la Estructura Integrada de Mandos. En julio de 1997, Madrid fue por primera vez sede de la Cumbre de la OTAN. La modalidad de participación española quedó definida mediante la firma de seis Acuerdos de Coordinación entre las autoridades militares españolas (JEMAD) y las de la OTAN. En ellos se regulaba la asignación de fuerzas españolas a misiones específicas de la OTAN, acordadas en cada caso. Las autoridades militares españolas retenían el mando de dichas fuerzas y cederían únicamente a los comandantes aliados su control operativo. En régimen de reciprocidad, las fuerzas de la OTAN en territorio español serían coordinadas por el JEMAD español y los mandos españoles también podrían ser nombrados comandantes de fuerzas aliadas. Además de estos acuerdos, España decide su participación en las operaciones de mantenimiento de la paz, siempre estudiando caso por caso y previa decisión del Gobierno. De este modo, cuando la Alianza inició la operación Maritime Guard -la primera real desde su fundación-, para hacer cumplir las resoluciones 713 y 757 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, referidas al embargo de armas y comercio contra Serbia, España participó con dos fragatas y un avión de patrulla marítima dentro de STANAVFORMED. Debido al conflicto yugoslavo, la participación española en las distintas operaciones de la OTAN se va incrementando. El 30 de junio de 1994, ingresamos en el Programa de Infraestructura de la OTAN en la modalidad denominada “caso por caso”. Un gran salto en la implicación de nuestro país en la alianza militar se produce el 19 de diciembre de 1995, cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Javier Solana, es elegido secretario general de la Alianza, el noveno en la historia de la OTAN y primer español que ostenta el cargo. Participando en operaciones militares . Para 2008, el último Consejo de Ministros de 2007 prorrogó la participación de un límite 3.000 soldados españoles en despliegues militares en diferentes puntos del planeta. El Ejército español seguirá este año en Afganistán, Bosnia, Kosovo y Líbano. Del mismo modo, aportará efectivos a la misión de la UE en Chad y mantendrá varias unidades a disposición de los Grupos de Combate (Combat Groups) de la UE y de la Fuerza de Respuesta de la OTAN (NFR). En estos momentos, las Fuerzas Armadas participan en cuatro operaciones en el exterior, con 2.770 efectivos desplegados. El mayor parte están en el Líbano (1.078), y en Afganistán (754), Kosovo y Bosnia-Herzegovina (329). Además el Gobierno prevé un nuevo despliegue en la misión EUFOR en Chad y República Centroafricana. El acuerdo del Consejo de Ministros especifica también que, durante el año 2008, España seguirá presente en la Active Endeavour, despliegue naval de vigilancia marítima en el Mediterráneo bajo mando de EEUU que se inició en octubre de 2001, tras los atentados del 11-S. A esta operación se asignan unidades navales que realizan despliegues de dos meses, en dos tandas anuales. También aportará tropas y materiales a las dos rotaciones anuales de la Fuerza de Respuesta de la OTAN (NFR). Estas fuerzas se encuentran en estado de alerta y preparadas para actuar allí donde el Consejo del Atlántico Norte lo acuerde. Durante el primer semestre (NRF 10) España continuará al frente del Mando de Operaciones Especiales, que lidera desde el pasado mes de julio. Su base es el Mando de Operaciones Especiales del Ejército de Tierra con sede en Rabasa (Alicante). Nuestro país también participa en los componentes aéreo y naval de la NRF. En el primer caso, el Ejército del Aire aporta, en el primer semestre de este año (NRF 10), dos aviones de transporte C-295 (desplegados en el destacamento Alcor en Afganistán) y dos helicópteros Superpuma del Servicio de Búsqueda y Salvamento (SAR). Durante el segundo semestre (NRF 11) aportará un escuadrón de cazabombarderos F-18 y un avión nodriza. Desde el 1 de enero, las operaciones de la OTAN contra minas corresponden a la Agrupación Naval Permanente de Medidas Contra Minas de la Alianza Atlántica nº 2 (SNMCMG-2) que, actualmente, está liderada por la Armada española. Esta agrupación naval, que opera habitualmente en el Mediterráneo, aunque no tiene una zona de adscripción fija, está integrada por cinco cazaminas y un buque de mando. La Armada dirigirá el Mando Componente Marítimo de la Fuerza de Respuesta de la OTAN (NRF 11). El Cuartel General Marítimo Español de Alta Disponibilidad (HRF-M), embarcado en el buque de asalto anfibio Castilla, será el encargado de coordinar los navíos y aeronaves de más de 20 países. En el caso de que la alianza militar o la Unión Europea decidieran la activación de estas unidades, el Gobierno deberá solicitar la autorización previa al Congreso de los Diputados. El Mando de Componente Terrestre de Retamares, en Madrid (CC-Land Madrid) asumirá el mando de la Fuerza Internacional del Tratado del Atlántico Norte en Afganistán (ISAF). Ochenta militares de Retamares, procedentes de doce países, 28 de ellos españoles, se trasladarán a Kabul para formar parte del Estado Mayor de la operación durante los próximos seis meses. La participación española en las operaciones exteriores de la OTAN también incluye la Agrupación Naval Permanente nº 1 (SNMG-1, Standing NATO Maritime Group 1) que sera dirigida por un contralmirante español. Esta escuadra está formada por el destructor estadounidense Bainbridge, la fragata F-101 Álvaro de Bazán (buque insignia), la fragata alemana Rheinland-Pfalz y el petrolero español Marqués de la Ensenada. También, durante los próximos meses, la SNMG-1 se desplegará en aguas del océano Atlántico, mar Báltico y mar Mediterráneo, y formará parte de Fuerza de Respuesta de la OTAN en el segundo semestre de 2008. Por otro lado la fragata Méndez Núñez (F-104) se ha integrado en el grupo británico del portaaviones Illustrious durante el despliegue que se reraliza entre febrero y mayo por aguas del Mediterráneo, mar Rojo y océano Índico. Antes, ya la F-101 había formado parte del grupo de ataque del portaaviones norteamericano Theodore Roosevelt, dentro de la operación de EEUU “Libertad Iraquí”. Esta participación se produjo sin que tuviera lugar la preceptiva consulta al Congreso de los Diputados, en contra de lo establecido para estos casos en la Ley de Defensa Nacional. CRECIENDO HACIA EL ESTE Desde la desaparición de la Unión Soviética todas las ampliaciones que ha experimentado la Organización del Tratado del Atlántico Norte se han nutrido, exclusivamente, con naciones de la antigua órbita del Este, e incluso con nuevos Estados que antes se hallaban integrados en la URSS, en lo que parece una estrategia de cerco a la actual Rusia. Tres ex repúblicas soviéticas (los Estados bálticos) y nueve ex satélites, la mayoría antiguos integrantes del Pacto de Varsovia, se han cambiado de bando en los últimos nueve años. Para Carlos Taibo, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, y experto en Europa del Este, “los temores de Rusia parecen justificados. El hecho de que muchas de las políticas internas de Putin sean reprobables -lo son visiblemente- no nos obliga a concluir que inventa algo cuando aprecia un cerco creciente sobre su país, articulado ante todo por Estados Unidos. Las reglas del juego en la OTAN las determina EE UU, y hoy por hoy, Washington apuesta por aislar cada vez más a Rusia”. El propio presidente ruso, Vladimir Putin, expresaba en su reciente encuentro con los 26 países integrantes de la Alianza Atlántica que “la aparición en nuestras fronteras de un bloque militar es percibida como una amenaza”. Aunque, manteniendo el deseable estilo diplomático, aseguraba que “no es posible tener una nueva Guerra Fría; no es de interés para nadie. Ningún actor global, ni Estados Unidos, ni Rusia, ni la Unión Europea necesitan volver al pasado”, y al mismo tiempo advertía de que la integración de países con frontera directa en la OTAN representaría “un impedimento serio” para ahondar en la cooperación bilateral. La férrea resistencia de Moscú y las presiones de los miembros de la Unión Europea han impedido, momentáneamente, la integración de Georgia y Ucrania en el pacto militar, para tratar de rebajar la tensión que en estos momentos crearía con Rusia la entrada de estos dos Estados vecinos de Moscú. La cumbre de Bucarest decidía no cursar, por ahora, la invitación formal para integrase a estos países (aunque sí lo ha hecho con Albania y Croacia), pero esta adhesión se encuentra en la agenda prioritaria de la estrategia de Washington, por lo que todos los implicados están convencidos de que se trata, únicamente, de un aplazamiento y de que, en un futuro, los Estados Unidos encontrarán condiciones más adecuadas para conseguirlo.
Breve historia de la mayor alianza militar El fin de la II Guerra Mundial marcaba prácticamente el inicio de lo que ha sido conocido en la historia como Guerra Fría. En 1945 el panorama ofrecía un mundo bipolar, con dos grande potencias emergentes, Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que se repartían vastas zonas de influencia, y que representaban, tanto ideológicamente, como desde el punto de vista de sus intereses económicos, dos concepciones irreconciliables. Para muchos historiadores, el uso por parte estadounidense de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, con la guerra prácticamente decantada a favor de los Aliados, y ya en su fase final, más que una acción militar contra el común enemigo japonés –La Unión Soviética, integrante de las fuerzas aliadas, entró en guerra contra Japón en 1944-, constituyó una severa amenaza preventiva a la URSS, anticipando el escenario de tensión que comenzaría pocos meses después, en las negociaciones entre los vencedores. En marzo de 1948, Bélgica, Francia, Holanda, Luxemburgo y Reino Unido suscribían el Tratado de Bruselas, mediante el que creaban un pacto militar de mutua defensa denominado Alianza Atlántica. Constituía el primer paso, el embrión de un proyecto de mucho mayores proporciones, que ya estaba en el propósito de los signatarios de este acuerdo. Pocos meses después se abrían negociaciones con Estados Unidos y Canadá para formalizar su integración en esta alianza. Aparentemente existía una dificultad legal de primer orden para que los norteamericanos pudieran adherirse, ya que la Constitución de Estados Unidos prohibía expresamente las alianzas militares de su país en tiempos de paz. El obstáculo quedaba fácilmente solventado mediante la Resolución 239 presentada por el senador Vandenberg, el 11 de junio de 1948, por el que se daba luz verde, con la única premisa de que en los términos del tratado constase –como efectivamente así es, en el Artículo 5- que las medidas a adoptar en caso de agresión a cualquier país miembro fueran decididas libremente por cada Estado integrante (lo que en la práctica desmiente la obligación de defender a las naciones de la OTAN que sean invadidas o agredidas por parte del resto de los integrantes). La determinación estadounidense de integrar y liderar esta alianza militar ya había quedado clara durante las negociaciones secretas que habían mantenido los europeos con Estados Unidos, meses antes, en el Reino Unido, de las que salió el acuerdo denominado Pentagon Paper, que ya sentaba las bases sobre las que, casi inmediatamente, se crearía la OTAN. Finalmente, el 4 de abril de 1949 se firmaba el Tratado de Washington, por el que se constituía la Organización del Tratado del Atlántico Norte, que nacía como organización político-militar, integrada por los cinco firmantes de la Alianza Atlántica y otros cinco países a los que se había invitado a sumarse: Dinamarca, Islandia, Italia, Noruega y Portugal. La presencia, desde el principio, de este último dejaba muy claro que la defensa de los principios e instituciones democráticas no formaba parte de los objetivos del tratado, puesto que la nación ibérica estaba sometida a la sangrienta dictadura militar y filofascista de Salazar. En 1954, y en tres ocasiones diferentes, la Unión Soviética solicitó su adhesión al Tratado argumentando la necesidad de garantizar una paz estable en Europa, pero en los tres intentos su propuesta resultaba rechazada. Tras la primera ampliación de la OTAN, con la entrada de la entonces República Federal Alemana, el 9 de mayo de 1955, la Unión soviética decidía la creación de otra alianza militar de contrapeso. El 14 de mayo de ese año se constituía el Pacto de Varsovia, integrado por la URSS y por los países europeos de su órbita ideológica, a excepción de Yugoslavia. La Guerra Fría entraba en su fase más álgida. La Alianza vivió disensiones internas de importancia, como la protagonizada por Francia, recelosa del papel hegemónico de los norteamericanos y de su relación especial con los británicos. En 1959, el entonces presidente galo, Charles de Gaulle, retiraba su flota del Mediterráneo del comando de la OTAN y decidía la prohibición de entrada de armas nucleares extranjeras en su territorio. Un año más tarde ponía en marcha su propio programa atómico, la Force de frappe, y en 1966 retiraba sus fuerzas del Comando Integrado de la OTAN, saliendo de su estructura militar (hasta hoy en día), y ordenaba la salida de todas las fuerzas extranjeras de territorio francés, con lo que los norteamericanos hubieron de llevarse sus bases a Alemania. La siguiente ampliación no llegaba hasta 1982. España se integraba en el Tratado tras un referéndum precedido de una dura campaña, con la condición de no integrase en la estructura militar. No habría nuevas incorporaciones hasta 17 años después. El 12 de marzo de 1999, Hungría, Polonia y la República Checa formalizaban su entrada en la OTAN dentro de una estrategia que, desde entonces, siempre ha llevado a la alianza militar a expandirse hacia el Este de Europa y cerrar el círculo en torno a Rusia. En 2004 llegaban Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania y Rumanía; y en la última cumbre, celebrada en Bucarest el 3 y 4 de este mes de abril, se daba luz verde a Albania y Croacia, aunque se frenaba, temporalmente, el ingreso de Georgia y Ucrania. En 1999, las fuerzas de la OTAN, sin el consentimiento de Naciones Unidas, realizaban su primera –aunque de enorme magnitud- operación militar en suelo europeo bombardeando el territorio de Serbia, y utilizando en la operación armamento nuclear de baja intensidad, las famosas bombas de uranio empobrecido. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, La Organización del Tratado del Atlántico Norte se ha embarcado en una serie de operaciones en diversas partes del Globo con el teórico propósito de combatir al terrorismo internacional. Mantiene una fuerza de ocupación en Afganistán y tiene la misión de entrenar a las Fuerzas Armadas de Iraq, mientras que en algunas ocasiones, Naciones Unidas le ha dado cierta cobertura legal bajo la pantalla de Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF). |
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