F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 783
14/4/2008

LA HISPANIDAD MURIÓ EL 2 DE MAYO DE 1808

Por Juan José Sánchez Inarejos*

C ercano el dos de mayo nos ponemos a hablar, compartiendo tópicos y errores, de España y de la libertad. De entre esos errores, el mayor de ellos es el que sostiene que desde 1808 la nación española se ha reafirmado, cuando lo cierto es lo contrario: desde aquella fecha España se ha ido desintegrando progresivamente hasta casi desaparecer.

Los datos objetivos son más que evidentes: a comienzos del siglo XIX, todas las repúblicas hispanoamericanas de hoy eran España. Y todas ellas, renegaron de España, lo que, a última hora, era también, renegar de sí mismas. Intramuros de la península las cosas tampoco han evolucionado hacia la re-afirmación de la Hispanidad: si Cataluña, País Vasco, Galicia y, si me apuran, Cartagena, no son repúblicas independientes es por pura casualidad, torpeza o cabezonería de unos u otros.

Creo que ya es hora de poner en claro qué es lo que ha pasado con España y la Hispanidad. Quitarnos lastres y errores, recoger del pasado las verdades que encontraron nuestros abuelos y encarar el futuro con fundada ilusión.

¿Que son las naciones? Las naciones son como las parejas humanas, seres multiindividuales compuestos por la agrupación simbiótica de individuos simples con funciones complementarias. Conjuntamente son capaces de alcanzar metas a las que nunca llegarían de forma aislada. Se trata de una simple verdad "termodinámica": juntos, compartiendo funciones complementarias, se llega más lejos que si cada individuo tiene que hacerlo todo él solo.

Lo ideal sería que todos los individuos de la nación fuesen complementarios; que no existiesen elementos superfluos o redundantes. Pero si los hay, han de ser expulsados.

No puede haber dos Gobiernos en una nación, o no haber Gobierno alguno, ni todos pueden ser dirigentes y ninguno siervo. Como tampoco en una pareja es posible, o como poco es muy complicado, que haya un tercero que comparta la intimidad de los cónyuges. De forma que cuando hay elementos redundantes algunos han de ser expulsados o sometidos. En lo que al gobierno de las naciones se refiere, la democracia es la forma menos violenta con la se materializa ese sometimiento.

Finalmente, para que el ser multiindividual pueda perdurar ha de tener éxitos (si sólo tuviese fracasos en poco tiempo desaparecería). Es decir, se tendrán hijos y nietos, se construirán carreteras y catedrales, se escribirán libros y canciones, se ganarán batallas y guerras, y por supuesto, se tendrán fiestas y efemérides.
Ciertamente, nadie ha visto al individuo nación, como tampoco nadie a vista al individuo pareja humana, pero ambos seres multiindividuales, como bien saben los enamorados, existen realmente y, como todos los individuos vivos: nacen, crecen, se desarrollan y mueren.

La muerte de las naciones. Cuando se es feliz, lo natural es pretender seguir siéndolo. Eso es lo que persiguen las parejas y las naciones que tienen éxitos vitales. Tratan de continuar aprovechándose, placenteramente, de las ventajas que su asociación simbiótica les da. Sin embargo, ese comportamiento en apariencia inocuo terminará costándoles la vida.

La explicación de esta paradoja es simple. Cuando un organismo multiindividual trata de perpetuarse a sí mismo sólo tiene una forma de hacerlo: ha de transmitir lo que sabe a un solo individuo. Las parejas por ejemplo, engendran hijos a los que transmiten su heredad. Si un padre logra durante su vida construir un palacio, al punto de morir no lo destruye, sino que lo entrega íntegro a su hijo. Éste, y no otro es el secreto del progreso; si los hijos tuviesen que repetir todo lo que sus padres hicieron no tendrían tiempo para hacer nada nuevo. Con las naciones ocurre lo mismo. Cuando una generación da el relevo a la siguiente no destruye lo que ha sido la labor de su vida, sino que todo es heredado por la nueva generación, que ha de elegir entre cuatro posibilidades: renunciar a la herencia, gastar lo heredado sin aumentarlo, aumentar la heredad sin usarla, y, usar lo heredado al tiempo que se buscan cosas nuevas.

La única opción que asegura la continuidad del individuo global es la última: gastar lo que nuestros padres nos dieron para dar un paso más. Es decir, el crecimiento necesita de la consunción de los precursores.

Aplicación a la Hispanidad. España es un ente multiindividual. Nació a finales del siglo XV. Sus padrinos fueron los Reyes Católicos. Ellos simbolizan la unión simbiótica de elementos complementarios que permitió a los asociados alcanzar cotas de poder, conocimiento y libertad a las que nunca hubiesen llegado aisladamente. Su mayor éxito vital fue una empresa hercúlea: la construcción de un nuevo mundo (la Hispanidad). Aunque eso sí, previa eliminación de los elementos redundantes (judíos y moriscos).

Ser español representó un avance extraordinario con respecto a la forma de vida medieval. Pero la evolución no se detuvo allí. Inevitablemente, después de 300 años de felicidad hispánica, a finales del siglo XVII, los hijos de las naciones inventadas por los Reyes Católicos se hicieron mayores de edad en Francia y, sobre todo, en los Estados Unidos de América. España, como todo el orbe de entonces, se partió en dos: la que quería vivir en el pasado y la que quería hacerlo en un futuro de mayor libertad. Napoleón pretendió acelerar el proceso libertario a base de cañonazos pero, como la historia ha mostrado cientos de veces, la libertad sólo se enseña con el ejemplo, nunca con bombardeos, cámaras de gas o sillas eléctricas.

El dos de mayo de 1808 se puede decir que moría una España y nacía otra. El parto y la agonía hispánica han durado demasiado tiempo: casi 200 años. Hubo quienes anduvieron mucho más ligeros, como fue el caso de los Estados Unidos. Ellos fueron los primeros en inventar una nueva forma de vida multiindividual: la nación americana, más libre y más fuerte que la primitiva nación hispánica. Y previa expulsión a los elementos redundantes (las naciones indias y los Estados Confederados) disfrutaron de dos siglos de felicidad social, progreso científico y económico; todo ello gracias al incremento de libertad que la nueva nación les daba.

Los hispanoamericanos no fueron capaces de hacer nada semejante. Bolívar lo intentó, pero sólo consiguió cambios formales; permutaron la tiranía de Fernando VII por la de Porfirio Díaz o Pinochet. De hecho, la idea de que los hispanos éramos pueblos incapaces de comportarnos libremente ha sido comúnmente admitida hasta el 23 de febrero de 1981. En esa fecha se malogra en España la última intentona de regreso al antiguo régimen hispánico. Por el empeño de muchos y por el gesto del rey aquella noche se firma el certificado de defunción de la Hispanidad y, al mismo tiempo, el ingreso definitivo en la modernidad. La demora nos ha salido muy cara: miles de muertos en innumerables guerras civiles entre las dos Españas (tanto en la península como en ultramar), un enorme retraso económico y científico; y lo peor de todo: dos siglos de infelicidad.

Mientras la Hispanidad agonizaba, el mundo siguió evolucionando. Sin darnos cuenta, empujados por la globalización y el medio ambiente, hemos creado, de hecho, una nueva nación constituida por todos los Estados del planeta (unión simbiótica de elementos complementarios). Sólo falta nominar el ser multiindividual que nos integre a todos (sin exclusiones esta vez). Tarea ciertamente difícil para un mundo tan poco dado en creer en la existencia de este tipo de seres, pero que habrá que resolver con éxito. Para ayudar en la tarea quizás sirva esta pequeña idea: "no somos iguales, somos la misma cosa". •

*Profesor Titular de la Universidad Politécnica de Madrid

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