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Nº 783
14/4/2008

Basora

Las dos etapas más o menos próximas en la desintegración de Iraq pueden situarse en Basora y Kurdistán, representando las tensiones territoriales, étnicas y sectarias en un país que padece todos los conflictos. Conectados entre sí, desde marzo de 2003 se han solapado y entrecruzado registrando la disminución de uno en correspondencia con el incremento del otro, en una espiral constante con la que de manera lenta pero inexorable se estaría acabando con el país. Conflictos entre árabes y kurdos, entre chiítas y sunitas, entre Bagdad y las provincias, adobado todo ello por la criminalidad pura y dura y por el terrorismo yihadista, el más difícil todavía y la progresión hacia el caos aparecen con las turbulencias de Basora y la maduración de lo que podría ser una guerra civil entre facciones chiítas. Terminal del petróleo y ciudad portuaria, en Basora es donde han ido a parar, como si se tratara del rompeolas, las contradicciones y los enfrentamientos entre los seguidores de Al Sadr y de Al Hakim, el Ejército del Mandi y el Consejo Supremo Islámico Iraquí–Organización Badr.

Lo que podría calificarse respectivamente de izquierda y derecha en el chiísmo iraquí. Pese a su misma identidad religiosa, unos y otros chiítas son por completo diferentes en estilo y orientación política, mentalidad y cultura, y al mismo tiempo se enfrentan de manera abierta por el control de las fuentes del dinero y la influencia. Los choques de Basora no lo han sido tanto entre el ejército iraquí, con el apoyo estadounidense, con los sadristas, como entre éstos y el chiísmo llamémosle oficial que se identifica con el Gobierno presidido por Nuri Al Maliki, un chiíta moderado con largos años de exilio, cercado a los chiítas de Al Hakim. De manera paulatina los sadristas se han ido alejando de los círculos del poder gubernamental, en coincidencia con la progresiva penetración de las gentes de Al Hakim en los ministerios, los círculos estadounidenses, los servicios de inteligencia y seguridad, en la policía y el ejército. Los sadristas poco a poco se han radicalizado, o se han suicidado mediante la marginalización, no han conseguido convertirse en la Hizbollah iraquí ni librarse de la reputación de delincuentes y criminales.

Durante meses, y ahora de nuevo, no ha habido facción más temida que el Ejército del Mandi, con secuestros y asesinatos, con milicianos tan violentos como impredecibles e inconstantes, lo que, en general, son los sadristas. Patriotas y corruptos, capaces de levantarse contra las fuerzas de los Estados Unidos, convocando una y otra vez frente a la ocupación, pero ca paces también en su día de controlar hasta cinco ministerios y disponer de más de treinta diputados, los sadristas igualmente han tenido la voluntad de firmar el alto el fuego y decidir la tregua. Renovadas estas medidas desde agosto de 2007 han resultado esenciales para lograr una relativa pacificación del país, muy agradecidas por las fuerzas de ocupación y sometidas otra vez a grave riesgo de ruptura. Movimiento contradictorio como lo es su líder, Moqtada Al Sadr, un patán de familia ilustre, con pobre formación teológica pero de poderoso atractivo para las masas más desprotegidas y miserables de la comunidad chiíta, esas que precisamente se concentran en Sadr City, antes denominada Saddam City. Durante algún tiempo los sadristas constituyeron la vanguardia más visible de la revolución y del rechazo al invasor, ilusión a la que no han renunciado.

Pero desde otro tiempo a esta parte los sadristas han agrupado las iras de los sunitas, de las fuerzas estadounidenses, los kurdos y la derecha chiíta, con efectos sinérgicos que sin pausa y cada vez con más prisa actúan para lograr su anulación y exterminio. Basora es justamente el escenario de una pretendida aniquilación concertada y anunciada, que puede acarrear todo un caos en Sadr City, dos millones de sadristas en el corazón de Bagdad. Va a ser prácticamente imposible la asimilación política de esa izquierda chiíta de patriotas miserables y desesperados, siendo Basora la primera batalla que continuaría en Amarah, Kut y Nassiriyah, incluso en las ciudades santas de Kufa y Najef, con ocasión o en torno a las elecciones locales. No fue viable la creación en Basora de un orden institucional que quedara implantado tras la retirada de las tropas extranjeras, que al retirarse dejaron el poder en manos de las mafias locales. Es dudoso que tal sustitución legal se consiga en otras localidades, todas en manos de las fuerzas vivas, las mafias petroleras, las bandas armadas y las sectas, implacables en la lucha para lograr la hegemonía, aunque suponga la lenta agonía del país. •

Ignacio Rupérez

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