Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 783
14/4/2008

La esplendorosa soledad de Zapatero

Me parece todo un símbolo que José Luis Rodríguez Zapatero no saliera elegido como presidente en la primera votación de los diputados. No veo este hecho como alguna prensa militante que lo ha interpretado  como signo de debilidad, sino, en todo caso, como muestra de una débil salud de hierro. Lo interpreto como el deseo de ZP de dejar sentado que, paradójicamente, ahora se encuentra más dueño de sus actos que en la anterior legislatura en la que alcanzó La Moncloa a la primera con apoyos embarazosos. No es más que una contradicción aparente, una paradoja, que en primera instancia se quedara solo con los votos de su partido tras calificar esta legislatura como “la del consenso”. Y no dejan de ser significativas las 23 abstenciones que sumaron los principales partidos nacionalistas junto a las izquierdas unidas.

No creo que le hubiera sido difícil al ganador conseguir los ocho votos que necesitaba para ser elegido a la primera, pero ha preferido que las cosas transcurrieran como transcurrieron. La decisión del candidato no fue el resultado del aislamiento ni de  la desconfianza parlamentaria, sino una muestra significativa de un estilo personal. El presidente se expresa en gestos, consignas y actitudes testimoniales en el mejor sentido de la expresión y creo adivinar su satisfacción por exhibir cierta humildad ceremonial y de lanzar el mensaje de su propósito de gobernar a golpe de apoyos específicos para cada circunstancia.

José Luis Rodríguez Zapatero, que es un hombre de principios, tiene sus fines más difuminados y a veces responden a corazonadas. Dispone de una buena nariz que le permite  olfatear los productos  que pueden encontrar aceptación en el mercado. Disfruta también de una cintura flexible idónea para cambiar con elegancia de pareja y pactar según los casos y sin que se le mueva un pelo con la derecha, con la izquierda, con los nacionalistas, los transversales y mediopensionistas y hasta con el lucero del alba.

En su discurso para la investidura  pronunciado el pasado miércoles ya se atisban medidas de derechas, de izquierdas e inverosímiles. El presidente podrá contar con Mariano Rajoy o con quien pudiera sucederle al mando del primer partido de la oposición para la aprobación de la mayor parte de su paquete de medidas económicas y recibirá la fervorosa adhesión de los populares a la supresión del Impuesto sobre el Patrimonio, así como a la resistencia del socialista a incrementar las cargas fiscales. Afortunadamente, el secretario general del PSOE no necesita contar con el apoyo de UGT, el sindicato hermano –ni de Comisiones Obreras, el sindicato hermano del PP– que está de uñas a este respecto y con el que puede contar para casi todo lo demás.

Quisiera abrir un paréntesis de reflexión personal sobre el impuesto que grava los patrimonios: creo que habría que revisar este tributo pues, tal como está establecido, castiga a muchos trabajadores sin poder atrapar a los ricos que se aprovechan, como es su derecho, de las rendijas de la legislación vigente. Estimo que semejante constatación no debiera desembocar en la supresión de un impuesto progresista y que tiene utilidad para detectar bienes ocultos y disimulos de renta, sino en la rectificación del mismo. Nada más fácil que fijar una razonable cantidad exenta para la mayoría de la población, para quien, por ejemplo,  dispone de su casa, alguna acciones y hasta una segunda residencia. Del argumento de que los ricos defraudan apenas necesito hacer uso del paréntesis, pues es hasta vergonzoso suprimir un impuesto porque sea fácil evadirlo. Por el hecho de que existan escapes fiscales no parece razonable facilitar la tarea de los escapistas y subvencionarles ahorrándoles los gastos de ingeniería fiscal sino, por el contrario, excitar el celo de la Agencia Tributaria.

Tampoco encontrará obstáculos Zapatero para lograr apoyos  en pro de una laicidad más operativa si es que en esta legislatura se decide a parar los pies al comando episcopal.  Y, naturalmente, podrá contar con los nacionalistas para sus propósitos de revisión estatutaria y reajuste de la financiación autonómica para lo que ya ha dado un paso comprometiendose a publicar ese absurdo que se conoce como balanza fiscal. Para aprobar los sucesivos Presupuestos Generales del Estado, un asunto cargado de significación política, siempre podrá contar con la habilidad demostrada por Pedro Solbes, el mago de nuestra portada de esta semana, para cuadrar los sudokus. 

La legislatura, si no de consenso garantizado, si aparece tranquila. Mucho tendría que esforzarse Mariano Rajoy –o quien corresponda– para salir de una soledad que en la legislatura pasada tuvo mucho de autoaislamiento para reconvertir aquel escenario coaligándose con otras fuerzas contra Zapatero. Una vez más hay que rendirse a la evidencia de que la suerte acompaña al leonés.

José García Abad

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