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Nº 782 - 7 de abril de 2008

Fernando Pessoa, una interpretación

 

Por José María Ridao

El aspecto de la poesía escrita por Pessoa que ha merecido una mayor atención ha sido el de la creación de los heterónimos. A partir de 1914, la obra del poeta portugués se divide en tres autores diferentes, Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y Ricardo Reis, a los que habría que añadir un cuarto, un Fernando Pessoa heterónimo, incorporado a este complicado juego de personalidades. A pesar de los numerosos trabajos dedicados a dilucidar un problema que mezcla elementos psicológicos y literarios, la heteronimia de Fernando Pessoa sigue siendo objeto de controversias. Las opiniones del propio autor sobre el proceso que le llevó a abandonar su voz personal para dar vida a lo que él mismo denominó drama em gente, deben ser valoradas con distancia, no ya porque los autores sean los menos indicados para hablar de su obra, sino porque, en el caso de Pessoa, sus ideas se encuentran dispersas en numerosos fragmentos inconexos y hasta contradictorios. La consideración de la heteronimia por parte de la crítica ha oscilado entre las posiciones que, como las de Mário Sacramento, uno de los primeros estudiosos de la poesía de Pessoa, negaban la posibilidad de abordar la lectura de los heterónimos como si fueran poetas diferentes, y las defendidas por Adolfo Casais Montero y Jorge de Siena, a las que se adhiere la crítica mayoritaria, quiénes conceden que, tal y como solicitaba su creador, los heterónimos pueden y deben ser leídos como escritores distintos.

Esta discusión no debería hacer que se perdiera de vista la realidad más elemental, y es que, aun siendo la voluntad del autor crear un grupo de poetas que pudieran ser leídos con autonomía, los heterónimos son expresión del pensamiento estético de Fernando Pessoa. Por ello, las teorías que hacen del drama em gente una realidad que va más allá de lo estrictamente literario, englobando la biografía y la producción del Fernando Pessoa auténtico en el ámbito de su ficción poética, no son más que exageraciones injustificadas que acaban traicionando uno de los principales hallazgos del poeta portugués. Afirmaciones como “la sinceridad es el mayor crimen artístico” o como “el mal dramaturgo es el que se descubre” parecen indicar que Pessoa distingue con nitidez el ámbito en el que se desenvuelven los heterónimos. A lo largo de sus numerosas páginas de autointerpretación, el creador de Ricardo Reis se referirá al fenómeno de la heteronimia de dos maneras diferentes. En primer lugar, habla del nacimiento de los heterónimos como de una consecuencia derivada de su especial psicología, manifestada desde la niñez. “El origen de mis heterónimos es el profundo rasgo de histeria que hay en mí”, escribe en una carta de 1935 a Casais Montero. “Sea como fuere, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación”. Al parecer, esta “tendencia orgánica y constante” a sentir y expresarse en otros se le manifestó muy pronto. “Desde niño,” se lee un poco más abajo en la misma carta, “tuve tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron”. Es la época de Chevalier de Pas, el personaje infantil que el propio Pessoa considera su primer heterónimo.

Dimensión literaria. Pero más allá de esta somera explicación psicológica, que puede ser cierta o no, parece no sólo más sugestiva, sino también más sólida la dimensión propiamente literaria de la heteronimia. Pessoa acepta la distinción aristotélica entre la poesía lírica, épica y dramática, pero sostiene que no es posible hablar de tres categorías distintas, sino de “una gradación continua”. “En efecto”, escribe Pessoa, “si vamos a los mismos orígenes de la poesía dramática –Esquilo, por ejemplo– será más exacto decir que encontramos poesía lírica puesta en boca de distintos personajes. El primer grado de la poesía lírica”, continúa, “es aquel en que el poeta, concentrado en sentimiento, expresa ese sentimiento... Un paso más en la escala poética y tenemos al poeta que es una criatura de sentimientos varios y ficticios, más imaginativo que sentimental, que vive cada estado del alma antes con la inteligencia que con la emoción... Otro paso más en la escala de despersonalización, o sea de imaginación, y tenemos al poeta que se integra en cada uno de sus diversos estados mentales de tal modo que se despersonaliza completamente, de manera que viviendo analíticamente ese estado del alma, lo trata como expresión de otro personaje y, siendo así, hasta el estilo tiende a variar. Dése el paso final y tendremos un poeta que es varios poetas, un poeta dramático escribiendo poesía lírica”. Esta minuciosa descripción del tránsito del poeta que expresa sus sentimientos al poeta que distribuye su voz entre varios personajes expresa sin lugar a dudas el pensamiento poético defendido por Pessoa desde 1914. La “gradación continua” es una mera forma de explicar la diferencia entre un punto de partida –poesía como expresión de sentimientos auténticos– y un punto de llegada –poesía como expresión de una actividad intelectual–. La preocupación que, en 1914, hace concebir a Pessoa una obra fragmentada en varios autores ficticios tendría, pues, un origen intelectual y, más estrictamente, literario. Pessoa emprende, desde este punto de vista, una de las agresiones más radicales a la identificación de la literatura y la vida, poniendo fin a la idea romántica según la cual el yo del poema y el yo del poeta coinciden siempre. Pessoa consigue con la heteronimia lo que, por las mismas fechas, alcanza Cavafis con la reivindicación del pasado helenístico y T. S. Eliot con la adopción de voces diversas, entre las que quizá la más llamativa sea la del poema Ash Wednesday, en el que el poeta habla por boca de Cristo.

Una de las más tempranas caracterizaciones del romanticismo esbozadas por Pessoa data, precisamente, de 1914, fecha en la que concibe a Alberto Caeiro, el primero de sus heterónimos. “Lo que nuestra época siente es un deseo de inteligencia –puede leerse en un manuscrito de entonces–. Lo que le disgusta del romanticismo es la escasez de elementos intelectuales, sea directamente por su escasez, sea por su subordinación a los elementos emotivos”. Cuatro años más tarde, en 1918, vuelve a ocuparse del tema, sólo que ahora define el romanticismo en función de su triple oposición al clasicismo. En primer lugar, apunta Pessoa, el romanticismo supuso una liberación de la imaginación, sometida en el clasicismo a un cúmulo de “leyes ajenas”; en segundo lugar, “sustituyó la mezquindad especulativa del arte clásico, donde sólo como elemento formativo aparece la inteligencia, y nunca como elemento sustancial, por la literatura hecha con ideas”; por último, invirtió “la clásica subordinación de la emoción a la inteligencia por la subordinación de la inteligencia a la emoción”. Para Pessoa, tan sólo los dos primeros mecanismos son renovadores. El tercero, esto es, la subordinación de la inteligencia a la emoción, es para el poeta un “fenómeno de decadencia”.

La conciliación del Orden. Estas reflexiones proporcionan, quizá, una de las claves decisivas para la comprensión de la heteronimia. “El siglo XX encontró ante sí”, escribe Pessoa, “heredado del siglo que le precedió, un problema fundamental: el de la conciliación del Orden, que es intelectual e impersonal, con la adquisiciones emotivas e imaginativas de los tiempos recientes... Sólo hay una solución”, se lee más abajo, “llevar la personalidad del artista a lo abstracto para que contenga en sí la disciplina y el orden. Así el orden será subjetivo y no objetivo. Hacer abstracta la imaginación, hacer abstracta la emoción es el camino”. Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Alvaro de Campos serían, así, el resultado de abstraer la imaginación y la emoción, dos de los conceptos imprescindibles del movimiento romántico. La poesía heterónima de Pessoa mantiene la apariencia de los poemas escritos desde la perspectiva romántica, a través de los cuales es posible vislumbrar un referente real. Las exigencias del Orden, ese orden “intelectual e impersonal” del que hablaba el poeta en 1918, transforma el referente real de la poesía romántica en un referente ficticio, lo que supone, tal y como se proponía Pessoa, encerrar la emoción en los límites de la razón. 

El camino recorrido hasta llegar a la heteronimia es demasiado largo como para que, en ciertos momentos, Pessoa no sienta la necesidad de defenderse frente a las acusaciones de insinceridad, hechas desde una perspectiva romántica que empieza a resultarle ajena. “Mantengo, claro, mi propósito de lanzar pseudónimamente la obra de Caiero-Reis-Campos”, escribe en una carta de 1915 a Armando Cortes Rodrigues. “Es toda una literatura que yo he creado y vivido, que es sincera porque es sentida y que constituye una corriente con posible influencia, benéfica incontestablemente, en las almas de los demás. Lo que yo llamo literatura insincera no es la análoga a la de Alberto Caeiro, Ricardo Reis o Alvaro de Campos... Es algo sentido en la persona de otros; está escrito dramáticamente, pero es sincero (en mi grave sentido de la palabra), como es sincero lo que dice el rey Lear, que no es Shakespeare, sino una creación suya. Llamo sincero”, continúa Pessoa, “a las cosas hechas para sorprender, y también a las cosas –repare en esto, que es importante– que no contienen una idea metafísica fundamental... Por eso es serio todo lo que he escrito bajo los nombres de Caeiro, Reis, Alvaro Campos. Puse en los tres un profundo concepto de la vida, distinto”. Detrás de ese “grave sentido” de la palabra sincero con que Pessoa describe su relación con lo atribuido a los heterónimos, se esconde una negación del romanticismo, el cual interpreta que el poeta que dice sentir, siente. “La sinceridad es el gran obstáculo que el artista tiene que vencer”, dirá insistiendo en esa negación del romanticismo. “Sólo una larga disciplina, un aprendizaje de no sentir sino literariamente las cosas, puede llevar al espíritu a su culminación”.

Muchos críticos han tratado de dilucidar con cuál de los heterónimos se identificó Pessoa, intentando conocer así a qué línea poética se adscribía. Las respuestas, como cabía esperar, han sido múltiples. Para unos, la incontenible emoción de  Alvaro de Campos, tan “auténtica”, no puede sino esconder el sentimiento de Pessoa ele mesmo; para otros, la doctrina estética de Reis, que sostiene que la poesía cuanto más fría más verdadera, parece forzosamente próxima a la de un autor que fue capaz de despersonalizarse en tres poetas distintos. En cualquier caso, el escrupuloso cuidado que puso Pessoa en delimitar su espacio personal así como el de los heterónimos impide llegar a ninguna conclusión definitiva. Una conclusión que, por lo demás, no tendría mayor relevancia en la interpretación del poeta portugués y que, contrariamente a lo que pudiera creerse, sólo expresaría una incomprensión.

El hallazgo más revolucionario de Fernando Pessoa consistió, precisamente, en su intento de despersonalizarse, en su proyecto de borrar cualquier huella personal en su poesía

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