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Nº 782 - 7 de abril de 2008

Pekín va de safari

Pekín ha iniciado un particular safari africano. Cuarta potencia económica mundial y con la mayor reserva de divisas, China, para alimentar su crecimiento está desarrollando una ambiciosa política de inversiones en el exterior, y muy especialmente en África donde su presencia es cada día mas importante.

China se ha ganado muchas simpatías en África gracias a la construcción de unas infraestructuras muy necesarias. Su safari se aceleró a finales de los 90 y culminó con la gran cumbre del 2006, el "Año de África para China", a la que asistieron 46 países africanos. Pero también crecen las quejas sobre la pérdida de capacidad de producción industrial, los bajos salarios, las malas condiciones de trabajo y la falta de normas de seguridad en las empresas de propiedad china que operan en África.

Por su mayor flexibilidad y sus menores condicionantes políticos, las inversiones y los planes de ayudas chinos son atractivos para sus socios africanos. Como también lo es el poder de veto de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero las inversiones chinas no podrían ser calificadas de ayuda al desarrollo según los criterios de la OCDE. El muy pregonado fondo de desarrollo China-África va dirigido fundamentalmente a apoyar a las empresas chinas y sus proyectos en el continente que normalmente cuentan con la participación de trabajadores chinos.

Pekín presenta las actuales relaciones chino-africanas como una "cooperación beneficiosa para todos" entre socios igualitarios. Ciertamente, con millones de ciudadanos sacados de la pobreza, China promueve un modelo de desarrollo alternativo dirigido desde el Estado, que puede resultar atractivo en un continente en elque fracasaron las reformas neoliberales impuestas por Occidente. Por otro lado, los productos chinos baratos están llegando a los mercados africanos, permitiendo a la población emplear nuevas tecnologías (por ejemplo, teléfonos móviles) y ahorrar en artículos básicos (por ejemplo, ropa), pero también crean dificultades a las industrias africanas, sobre todo en el sector textil (se habla de "tsunami textil" chino) debido a una competencia basada en costes laborales muy bajos incluso para los estándares africanos.

Bien es cierto que el apetito occidental por productos baratos made in China también contribuye al ansia de China –la actual fábrica del mundo–por consumir recursos naturales. Los europeos no debemos pretender que somos el "bueno" en esta relación triangular, ya que los países africanos tienen motivos para sentirse tan frustrados y suspicaces con nosotros como con China.

China proclama una "política exterior independiente", basada en los principios de "soberanía y no interferencia" y presenta su intervención en África como estrictamente comercial. Esto significa que la ayuda y los préstamos se proporcionan a gobiernos africanos sobre una base supuestamente "exenta de ligaduras", pero, por supuesto, existe siempre una "cláusula taiwanesa" y se ejerce presión para que se rechace al Dalai Lama. Su enfoque de "sólo comercio, sin política", en lugar de garantizar la neutralidad, aporta a algunos dictadores africanos apoyo político y financiero para mantenerse en el poder.

Por ejemplo, Sudán y Zimbabwe se volvieron hacia China cuando aumentaron las críticas internacionales sobre sus respectivos regímenes.

Por ello se intensifican las críticas al "safari de Pekín". Y China está comprendiendo que se debe adaptar.
Ante esta situación, Europa se pregunta cual debe ser su actitud. Creo que, para empezar, la UE debería desarrollar un enfoque común hacia China, superando las divergencias causadas por los intereses nacionales, que minan su capacidad de influir en la política exterior china.

Este enfoque debería basarse en un compromiso: la UE debería alentar a China a desempeñar un mayor papel en la mediación de conflictos, el mantenimiento de la paz y las Conferencias de donantes.

Y los europeos deberíamos también dejar de idealizar nuestra relación con África, basada en lazos históricos o culturales y en lenguas comunes. Europa puede convertir su inmenso ascendiente en África en una auténtica influencia política y diplomática a favor del desarrollo sostenible en el continente, ampliando su política de "condicionalidad positiva" y aumentando el apoyo a los gobiernos, la sociedad civil y los medios de comunicación que promuevan los derechos humanos y la democracia en los países africanos.

A fin de cuentas, la intervención de China ha despertado un interés renovado y creado un cambio de percepción sobre África que ahora aparece como una gran reserva de recursos y un nuevo potencial de negocios.

Y sería absolutamente crucial entender que el mejor recurso de África son los africanos. Crear instituciones políticas estables, dotar de capacidad y autonomía a las mujeres, a las organizaciones de la sociedad civil y a unos medios de comunicación libre y plural ha de ser prioritario para la UE y todos los que trabajen a favor del desarrollo de África.

Solo así, África dejará de ser una tierra de safaris para unos u otros. •

José Borrell

*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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