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| Nº 780 - 24 de marzo de 2008 |
DE AQUELLOS CHAPARRONES, ESTOS LODOS
No hay cosa más jaleada que los fastos, y parece que el 2 de mayo va a darle a Esperanza Aguirre oportunidad de exhibir su nacionalismo barato en exposiciones, obra de teatro incluida, etc. Con tanta procesión y rogativas se está olvidando el recuento de la totalidad de lo que entonces ocurrió, y que poco tiene que ver con lo que nos enseñaron en la escuela del franquismo: levantamiento total de España contra el invasor, héroes por doquier, Daoíz y Velarde en primera fila, etc. con los fusilamientos de Goya para ilustrar la “noche, lóbrega noche” que supuso ese dos de mayo y la invasión. No fueron las cosas como las contaba, para Andalucía, Curro Jiménez, estampa romántica que impuso Televisión Española con guiones más propios de los folletones dumasianos que a diario publicaban los periódicos allá por el entresiglos (xix-xx) y de la cultura franquista que de cualquier análisis; el país no era una balsa de aceite antes de la entrada francesa, con un Godoy, apodado el “choricero”, que se había hecho con el poder, y consiguió echar por delante al pueblo en el motín de Aranjuez para obstaculizar la ambición de mando del entonces príncipe de Asturias; la revuelta había sido obra, como de costumbre, “de ciertas clases”, dice Mesonero Romanos. Conservadores y liberales –sólo unos pocos– se jugaban el futuro, y cuando aquél al que llamaron entonces el Deseado –Fernando VII– sacó a la ventana de su habitación un candil encendido, se desencadenó una paradójica lucha contra el poder que entonces ejercían la reina María Luisa y Godoy: una extraña alianza, la del pueblo apoyado por la milicia, hizo del Deseado un rey al que luego, hasta la historiografía menos sospechosa (Menéndez Pelayo incluido) ha calificado siempre de abyecto: Fernando VII. Éste creyó que con ayuda de los franceses podría contrarrestar la fuerza de una sociedad semiilustrada, y toda la familia real se dejó llevar a Bayona, aceptando el 10 de mayo las imposiciones napoleónicas cuando ocho días antes las tropas francesas habían masacrado al pueblo de Madrid. Mientras en Bayona Fernando VII protagoniza la farsa de las abdicaciones, la masa de gentes iletradas que malpoblaban los yermos españoles identificaba sus intereses con el del monarca de manera casi unánime; por distintos motivos, esa unanimidad favorable al rey no se dio en los estamentos nobles de la Administración, la milicia y la clase intelectual. Pero decir “sociedad española” refiriéndonos a esa época es no decir nada; era “un cuerpo integrado por otros cuerpos menores, separados y opuestos entre sí, que se oprimen y desprecian mutuamente y están en perpetua lucha unos contra otros. Cada provinciano, cada convento, cada profesión, están aislados del resto de la nación, replegados sobre sí mismos… La España actual se nos muestra como un cuerpo sin energías, como una república monstruosa, formada por pequeñas repúblicas que se enfrentan unas a otras porque el interés particular de cada uno se opone al interés general”. Perdón por esta larga cita de un ilustrado, Pablo de Olavide, y que en parte parece valer para la sociedad de hoy. Son dos las clases, prepotentes y únicas, que controlan España en ese incipiente siglo XIX: la nobleza y el clero. La alta nobleza –según el censo de 1797, poseía por mayorazgos o manos muertas las dos terceras partes de las tierras del país, dejadas en su mayoría en barbecho y páramo– aceptó inmediatamente al francés y las abdicaciones de Bayona: Fernando VII había dejado al irse una Junta de Gobierno formada por nobles, que lo primero que hizo fue nombrar al general Murat –jefe de las tropas expedicionarias– su presidente y solicitar de Napoleón, el 14 de mayo, la designación de José I como rey. Cuando éste recoge la corona, el duque del Infantado, en representación de la nobleza española declara: “Los grandes de España fueron siempre conocidos por la lealtad a sus soberanos, y vuestra majestad hallará en ellos la misma afección y fidelidad”. Cuando surgen las Juntas provinciales, esa misma Junta de Gobierno les dirige un llamamiento para que se sometan “al héroe que admira el mundo y admirarán los siglos, comprometido en la grande obra de nuestra regeneración política”. El fantasma de la Revolución Francesa recorría Europa y no era cosa de alentar junteros para enfrentarse a los invasores, no fuera a ser que el pueblo armado provocara un revolcón social. El desprestigio de la nobleza vendida a Napoleón llega hasta la poesía, y queda recogido, por ejemplo, por Espronceda: “Y vosotros, ¿qué hicisteis entre tanto, / los de espíritu flaco y alta cuna? / Derramar como hembras débil llanto / o adular bajamente a la fortuna; / buscar tras la extranjera bayoneta / seguro a vuestras vidas y muralla, / y siervos viles, a la plebe inquieta / con baja lengua apellidar canalla”. Desprestigio que alcanza sobre todo a la nobleza de corte, no a la rural o provinciana que seguía en sus tierras, ni a la escasa nobleza ilustrada que, por otro lado, había procurado silenciar, tapar e impedir la repetición a la española las jornadas parisienses de 1789. Un ilustrado como el conde de Floridablanca creó “el cordón sanitario más severo de Europa” para que informaciones y prensa procedente de Francia no llegaran a España, mientras otro afrancesado, el poeta Meléndez Valdés, ante las noticias del trabajo que en París tenía la guillotina, da un paso atrás: “Avergoncémonos de nuestra involuntaria equivocación y que ello nos sirva de lección para el futuro”. La nobleza, además, dirigía y era, propiamente hablando, el ejército, que, con sus altos jerarcas, se había prestado a un colaboracionismo con el invasor, en algunos a regañadientes; colaboracionismo que quedó ridiculizado el 2 de mayo, cuando el bajo pueblo y jóvenes oficiales de Artillería se abalanzaron a por las armas. “Y en tanto, ¿dó se esconden, / dó están, ¡oh cara patria!, tus soldados, / que a tu clamor de muerte no responden? / Presos, encarcelados / por jefes sin honor, que, haciendo alarde / de su perfidia y dolo, / a merced de los vándalos te dejan”, denuncia otro poeta, Juan Nicasio Gallego. La terrible represión de Murat –Goya, afrancesado que luego se irá al exilio, la pintó del natural; Galdós la novelará más tarde, con escenas de gran tremendismo realista, en El 19 de marzo y el 2 de mayo– hizo brotar asonadas populares que en ese momento decidieron la incorporación de la administración militar del Antiguo Régimen a la lucha independista; incorporación también a regañadientes, como la del capitán general de Castilla la Vieja, un tal Cuesta, que se “decidió” por la causa popular cuando los estudiantes de Valladolid ya le habían levantado el cadalso en su propio patio. No tardaron mucho en producirse más conversiones entre los altos mandos militares y la nobleza –en este caso también la rural–: “Los nobles, el clero y los militares se unieron al pueblo a tiempo y apaciguaron los desórdenes”, cuenta en sus memorias el Marqués de Ayerbe. Hasta el propio hermano de Palafox dirá que éste se puso a la cabeza del pueblo de Zaragoza porque no podía dominarlo de otro modo: el temblor provocado en todas las clases y grupos sociales por la violencia de las asonadas populares, estudiantiles y liberales, convirtió a muchos a la causa nacionalista para encauzar un torrente que amenazaba a las testas coronadas y la propiedad, con un horizonte de revolución al fondo. Ese miedo a que las asonadas degeneraran en guerra civil atenazó también a los afrancesados; muchos juraron fidelidad a José I por razones de supervivencia; otros por razones geográficas, al quedar en zona ocupada; y otros por razones ideológicas; pero todos pertenecían a las clases en el poder o en litigio: a la burocracia oficial, a la administración militar, a los cargos, a la nobleza absentista, etc. Un poeta como Meléndez Valdés, que intenta y no consigue pasar a la zona no ocupada, se dedica a escribir odas declamatorias en honor de José I; en cuanto a los ilustrados, son muchos los que sienten repugnancia por la invasión; otros ven en las tropas francesas el antídoto contra el equipo gobernante, como Sandoz: “Ya es hora de que los franceses vengan y arrojen del país a los que se muestran incapaces de gobernarlo”. Llegamos luego al clero, cuya fuerza sorprendió al propio Wellington: “En España, el auténtico poder lo ejerce el clero; fue él quien mantuvo firme al pueblo contra Francia”. Claro que luego organizó las partidas carlistas y alentó la guerra civil cuando el regente, por necesidades del trono, hubo de apoyarse en los liberales creando una situación que desprendía un tufillo anticlerical más fuerte aún que el habido casi una década antes del 2 de mayo con el ministro Aranda. Este ilustrado que había vivido como embajador en París –es divertido encontrarle paseando como “aficionado al bello sexo” por las Tullerías una vez al día en una novela libertina como Confesión de una joven, de Pidansat de Mairobert– tuvo que quitarse de en medio, tal como suena, tras una agarrada con Godoy en plena sesión del Consejo de Castilla (1794), y renunciar a la cartera de Estado que le ofrecía Carlos IV: tras la agarrada, el favorito lo desterró a Jaén, y luego Aranda mandó al país a hacer gárgaras y se retiró a Épila, donde muere cuatro años más tarde. Pero se coja por donde se coja cualquier trozo de historia, el problema es siempre el mismo en España desde hace siglos: el enfrentamiento con Godoy se debió a que éste quería que España se convirtiese en abanderada de los principios monárquicos y de la religión católica, mientras Aranda abogaba por la neutralidad frente a la Francia Revolucionaria. Testimonios de viajeros de la época dan cuenta de que una violencia colectiva imponía la religión: la devoción se cumple en la práctica “como un ataque de fiebre epiléptica”, escribe el francés Claude Tillier, por no citar a Blanco White, que habla “del espíritu de imposición que distingue a las asociaciones religiosas, aun las más insignificantes, de este país”. ¿No suena de hoy mismo? Era una Iglesia todopoderosa, pertrechada de valores ideológicos seculares, de bienes cuantiosos de diversas formas de imposición: como venía ocurriendo desde la Reconquista, era una militia Christi, muy inculta en las zonas rurales; las órdenes religiosas, también en decadencia intelectual, se habían convertido en el blanco predilecto de ataques dirigidos desde todos los lados: ilustrados, reformistas y franceses, que en 1808 disolvieron los conventos: de ahí el vigor con que los frailes predicaban por los caminos la lucha contra el invasor. Este es el panorama real y de fondo de los fastos que se preparan; y debemos esperar que nos lo expliquen bien, porque de aquellos chaparrones, como se ha visto en las citas, vinieron estos lodos. |
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