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Nº 781
31/3/2008
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Convivir con la barbarie

Por José María Benegas

A veces no salgo de mi asombro. Dos declaraciones recientes sobre la guerra de Iraq, hechas casi al unísono, me han llevado al límite de lo que puedo entender. Aznar: "La situación no es idílica, pero sí muy buena". Bush: "La guerra de Iraq es noble, justa y necesaria". Se habla de más de 400.000 muertos, una población asolada sin agua potable, sin alimentos, los hospitales en estado de liquidación progresiva, miles de refugiados en los países colindantes, etc. Iraq es un país en el que como consecuencia de una intervención militar nefasta y poco meditada se ha implantado "el estado de la barbarie". El coste de liquidar a un dictador sin sustituirlo por un sistema en que al menos se garanticen los derechos humanos está siendo extremadamente alto. Sin embargo, dos de los prohombres de la foto de las Azores califican la situación de buena o de guerra noble. En este punto, ¿cómo es posible tener percepciones tan dispares sobre los mismos hechos y acontecimientos que están a la vista e inundan los informativos día tras día?

Una vez en este camino surge otra pregunta más de fondo. ¿Cómo el país más avanzado del mundo ha podido propiciar este desastre político y humano? ¿Hasta dónde alcanza el grado de insensibilidad e irresponsabilidad en el mundo desarrollado? Una cuestión similar se planteó George Steiner cuando, interrogado sobre todas las calamidades del siglo XX europeo, se pregunta: "¿Cómo es posible que uno de los países más cultos del mundo (se refiere a Alemania) haya dado a luz lo peor? ¿Por qué la cultura no impidió nada? ¿Por qué las humanidades, en el sentido más amplio de la palabra, por qué la razón de las ciencias no nos han dado protecciónalguna contra lo inhumano?". En este sentido Steiner reflexiona sobre cómo fue posible que en la parte del mundo más desarrollada, más culta y con mayor nivel educativo se hayan producido las grandes matanzas, dos guerras mundiales entre agosto de 1914 y abril de 1945, en las que 70 millones de hombres, mujeres y niños perecen en Europa. ¡Ya sea en las batallas, ya sea de hambre, de deportación, de torturas en los campos de la muerte y las cámaras de gas! ¡Y ello en medio de la más alta cultura! Stei- 1 ner busca una respuesta y sugiere de un modo simplificador que existe un componente violento, feroz, destructivo que de algún modo forma parte de la condición humana y que en ocasiones se desata y produce un contagio colectivo o una inhibición social amplia.

El siglo XXI ha empezado mal. Los conflictos regionales o locales se extienden, las matanzas también y los actos de violencia en muy diferentes puntos del planeta constituyen el núcleo central de las noticias diarias. La vergüenza de Darfur o Gaza, por ci- -- tar sólo dos ejemplos, deben pesar sobre nuestras conciencias. No se avanza en la resolución de ningún conflicto. Las esperanzas que se abrieron hace escasos meses en la Cumbre de Anápolis sobre Oriente Próximo se las llevó el viento con pasmosa velocidad. No se quiere entender que las partes involucradas en el conflicto son incapaces de alcanzar un acuerdo por sí mismas y están lastradas para ello. Por duro que suene no hay otra alternativa que una paz impuesta por una fuerza internacional de interposición que garantice inicialmente la coexistencia de dos Estados independientes con una distribución territorial que sea justa. Sin duda, un planteamiento de esta naturaleza será insatisfactorio para las partes, porque hay conflictos que no pueden tener soluciones perfectas y totales, pero al menos evitaremos espectáculos que destrozan la razón humana como el de Gaza.

La insostenible contradicción que supone en China la cohabitación de un sistema político férreamente comunista y un capitalismo salvaje, todo metido en la misma coctelera, comienza a expresar los primeros síntomas de la enorme dificultad que supone sostener una situación de esta naturaleza que sólo podrá finalmente mantenerse mediante la utilización de la fuerza.

Bien se me alcanza que se me puede aducir que las líneas que anteceden están impregnadas de pesimismo. Diría que más bien están invadidas por el desasosiego al comprobar cada día que avanzamos muy poco en la erradicación de la violencia, el salvajismo, la barbarie, la crueldad y la intolerancia. Ahora bien, tan cierto es esto como que lo ocurrido durante el siglo XX es muy superior en atrocidades a lo que estamos viviendo en la actualidad que también tiene, sin duda, aspectos positivos como la consolidación de la democracia en los países latinoamericanos.

No obstante, la intuición sobre lo que será este siglo me conduce a percibir que vamos a asistir a un duro y creciente enfrentamiento entre los fundamentalismos emergentes y la razón. Es preciso permanecer alerta, y por ello el mundo democrático, y la izquierda en especial, tienen que recuperar y fortalecer la lucha en la defensa de valores como la libertad, la tolerancia y la paz frente a la irracionalidad fundamentalista. No faltarán escenarios para hacerlo enarbolando la bandera de un mundo libre y más justo. •

*Diputado del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso.

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