El hábito del monje o la monja
E I vocablo valido no goza de
predicamento. Evoca los tiempos de los reyes absolutos que
encargaban la gestión de los asuntos de Estado a personas de su confianza. El imperecedero Casares define al valido de estas dos maneras: 1.- "El que tiene el primer lugar en la amistad y gracia de un príncipe o alto personaje. 2.- "Ministro superior que el rey nombraba, con jurisdicción plena para ciertos asuntos". Pero don Julio Casares también incluye la siguiente acepción de la palabra: "Recibido, creído o aceptado generalmente".
José Antonio Alonso, el político de moda, ha llegado donde ha llegado en virtud de la "amistad y gracia del príncipe Zapatero". Pero, cuatro años después de que entrara en el Gobierno, justo es subrayar que se ha convertido en un personaje "recibido, creído o aceptado generalmente". Quien fuera hasta 2004 portavoz de Jueces para la Democracia y vocal del Consejo General del Poder Judicial fue llamado por su amigo de toda la vida José Luís Rodríguez Zapatero a ser el titular de Interior. Más tarde lo nombró —después de que Bono dimitiera— ministro de Defensa.
En la actualidad desempeñará una portavocía bastante más complicada que la de Jueces para la Democracia: será portavoz del Grupo Socialista en el Congreso. Baja, pues, Alonso —al menos en teoría— un escalón, y desciende de ministro a portavoz parlamentario. En la práctica, sin embargo, su poder será enorme. Ha de lograr que el Gobierno socialista pueda navegar con la mayor tranquilidad posible. Y con la mayor eficacia exigible. Ha de tejer acuerdos, pactos y consensos. Ha de hacer viables en la Cámara baja las prioridades del jefe del Ejecutivo.
Puede estar satisfecho. Su nombramiento ha sido acogido con elogios. Desde Génova 13 y desde los medios más próximos a la derecha, los aplausos han desbordado a los silbidos. Que también los ha habido, aunque en menor cuantía. Se ha producido, por consiguiente, un fenómeno casi insólito. En el PP nadie ha criticado la elección por parte de Zapatero de su amigo Alonso.
¿Empiezan a cambiar las cosas? ¿Ha comenzado el deshielo después de años de guerra fría? ¿Ha llegado el feliz momento en el que se asuma que, por ejemplo, Alonso, que es de izquierdas y no lo oculta, no sea descrito como un agente de ZP presto a vender España a los nacionalismos, o a rendirse ante ETA, o a perseguir a la Santa Madre Iglesia y a las víctimas del terrorismo?
Su labor en Interior y en Defensa proporciona mucho crédito a Alonso. Es parco en palabras y abundante en hechos. Su segundo en el Grupo como secretario general será Ramón Jáuregui, uno de los políticos más serios y más valiosos del PSOE. Si ese tándem funciona, se notará positivamente enseguida. Cabe esperar que la inteligencia de ambos les lleve a un reparto de tareas razonable.
Rodríguez Ibarra se asombra de que ni Alonso ni los dos vicepresidentes del Gobierno, Fernández de la Vega y Solbes, sean militantes del PSOE. Pero estos tres casos —hay más— deberían por el contrario provocar orgullo en la vieja guardia del socialismo. Son la prueba más fehaciente de que el PSOE va más allá de sus propias fronteras. Y, por otra parte, el carné no certifica por sí mismo ni lealtades ni adhesiones. Los ejemplos recientes de Rosa Díez y de Gotzone Mora —también hay más en este ámbito— confirman que no siempre el hábito hace al monje. O a la monja, desde luego. •
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