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Nº 781
31/3/2008

Todos contra China

Las Olimpiadas de Pekín podrían estar configurando una cuenta atrás que servirá eventualmente para que sus resultados sean más bien pobres, también para que en el camino se deteriore de manera patente la reputación internacional del país. En ese retroceso los lamentables incidentes en Tíbet, problema sin resolver que insinuaría otros en diversas regiones, en especial con la minoría musulmana de Xinjuang, han contribuído a denunciar de manera estentórea el centralismo opresor y racista de un Gobierno reacio a considerar diferencias étnicas y religiosas, regímenes de autonomía y respeto cultural. Que tales denuncias hayan sido prolongadas, por ejemplo, por las reticencias de determinados atletas a someterse a la contaminación atmosférica de Pekín, o por el recuerdo de la eterna Espada del Damocles chino sobre Taiwán con motivo de sus elecciones presidenciales, eviden- ciaría que se habría abierto de nuevo el registro de los agravios contra China, de carácter multiuso, fácilmente movilizables y que abarcan sobrados motivos. Resentimiento, temor, estupor y admiración a regañadientes, se mezclan en esta mala hora de China.

No sería extraño que a China con sus Olimpiadas le ocurriera algo parecido a la Unión Soviética con las suyas en 1980, muy deterioradas por la campaña desatada ante la invasión de Afganistán de finales de 1979, y que encontró en los juegos olímpicos de Moscú el mejor motivo para ridiculizar al país. Fruto de esfuerzos ingentes, de inversiones cuantiosas y gracias a la exhibición de un código de buena conducta por el que se da la bienvenida a la entrada en el Club Olímpico, con el rechazo ulte-
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rior que sufrieron los soviéticos y que pueden padecer los chinos si los problemas se reproducen e intensifican, finalmente estaríamos ante una especie de revancha inocente de los candidatos a las Olimpiadas que no consiguieron avanzar sus posiciones. Se negaría a China el efecto redentor que todas las Olimpiadas tienen. Su rechazo, aunque se materialice sólo en torno a las Olimpiadas de Pekín, respondería a tensiones ocultas que nunca se han mitigado, incluso a cierta clase de envidia internacional más o menos manifiesta, porque no se ha acabado en dar por bueno y lícito el empuje avasallador de la con toda seguridad próxima superpotencia.

Un buen ejercicio consiste en preguntarse por qué China es objeto de odio y amor, cuáles son los componentes de esa "atracción fatal" ante la superpotencia inevitable, el mercado abrumador y multitudes imposibles de censar que se meten por todos los resquicios de Occidente, acusadas de drenar fuentes de riqueza pero que por otra parte se agotarían si no contaran precisamente con millones de chinos. Comparadas con creciente frecuencia India y China, cruzándose las apuestas sobre cuál de los dos países adquirirá mayor categoría internacional, un nivel comercial y tecnológico más elevado, qué economía superará a la otra, etc., en tal competición se trata a India como país simpático al que no se teme, lo que China no es, porque no hay un peligro cobrizo pero sí un peligro amarillo. A China una vez más se le devuelven los caracteres no olvidados de la potencia expansiva y dominadora, ogro comunista, capaz de aliarse por su absoluto pragmatismo político y su voracidad de materias primas con los regímenes y los dictadores más odiosos, por ejemplo en Sudán, Zimbabwe y Myanmar. Mes sí, mes no, aparecen las reprobables escenas de las ejecuciones públicas y la represión en la Plaza de Tiananmen, para que no se olvide de quién estamos hablando.

En este panorama conviene recordar que existe, muy bien organizado y generalizado, todo un lobby antichino cuya presencia se reactiva, como ahora estaría ocurriendo, echando mano de los diversos argumentos que van de la agresividad comercial al expansionismo militar. También habría que tener muy presentes los enormes riesgos de la desestabilización de China que, como poco, le harían incurrir en el mal comportamiento político y comercial del que, con o sin motivo, se le acusa y que precisamente estaría corrigiendo. En efecto, se viene constatando por parte de los dirigentes del país el impulso de la participación más activa de la diplomacia china en las cuestiones internacionales, con la tendencia a ponderar las normas de la ética comercial, el respeto a los derechos humanos y las relaciones con regímenes indeseables. La paulatina integración del país en el sistema político y económico internacional es un dato relevante, mucho menos la exagerada dinámica de rivalidad con los Estados Unidos, estudiada a menudo con una óptica que hace de China la representación de todos los males, la máxima amenaza para la democracia en el mundo. Pero bastan asuntos como los de Tíbet, etc., en toda su gravedad, para que las ilusiones que suscita China con cierta brusquedad retrocedan, por el temor que en el fondo nunca ha dejado de provocar.•

Ignacio Rupérez

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