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Nº780
28/3/2008

 

El día después

Una vez más se confirma la regla general. Las elecciones no se ganan, las elecciones se pierden. Esta vez por partida doble, triple y cuádruple. Con la diferencia que uno las ha perdido menos que los demás. Paradojas de la vida, como tiene que haber una ganador en este juego gana el que menos pierde. El PP ha podido comprobar lo que parecía obvio, este país es de centro izquierda, de siempre. Para ganar requiere dos condiciones necesarias: Una, que se quiera echar al que está –pasó con Felipe González en el 96–, otra, que no se tenga miedo al que venga, que aquí ha pasado. En sentido contrario sucedió en el 2000. Aznar no lo había hecho mal, se le podía dejar seguir, y Almunia daba miedo. Cuando digo miedo, me refiero al sentido ignorante de qué pueda hacer si llega a gobernar, que es lo mismo que falta de fiabilidad. Aquí la ausencia de confianza se arrastra desde los sucesos 11-13 M, y no se ha movido una carta para desmentirlo. Lo ocurrido con Aznar en el 96 pasó, al contrario claro, con Zapatero en el 2004.

En estas elecciones Zapatero no podía mostrar una acción de gobierno precisamente brillante en los últimos cuatro años. La cacareada política social deja mucho que desear. Ha habido mucho fuego artificial pero muy pocas nueces. Las grandes asignaturas pendientes ahí siguen, educación y sanidad. La dependencia lograda es de mínimos y a niveles similares de cómo estaba antes. La lucha por la igualdad de la mujer no pasa del papel. En economía se ha seguido como estaban las cosas hasta ahora. Y no vale decir que ya no hay política monetaria, ni presupuestaria, ni de cambios. Sigue existiendo la presupuestaria, la de eficacia y la discriminación del gasto y la fiscal. Pocas novedades nos esperan.

Eso del miedo al coco en cada bando tiene sus muestras subconscientes, de un lado pánico al aborto libre, gratuito y obligatorio; supresión del matrimonio; jueces a dedo; eliminación de la propiedad privada y de la herencia; libertad para los okupas; adopción como religión oficial la Iglesia de la Cienciología; impuestos abrasadores; negación de la sanidad y educación privadas; despilfarro; déficit público; rendición ante ETA; independencia a quien la pida; desórdenes callejeros; policía sectaria; y más atrocidades. Por la otra parte, supresión de la sanidad y educación públicas y las pensiones; Estado Católico y confesional; matrimonio civil proscrito (evidentemente también el divorcio); la homosexualidad al Código Penal; eliminación de los impuestos a todos los ricos, y sólo a ellos, quitando todos los tributos directos; servicio militar obligatorio de cinco años, para hombres y mujeres, a efectos de participar en todas las guerras que haya en el mundo; toque de queda todos los días a las once; rezos obligatorios al entrar a trabajar y en cada parada del autobús y el metro; y demás latrocinios. Por supuesto, y en ambos, carné en la boca para cualquier cosa.

Estas barbaridades yacen en elsubsconsciente de demasiados españoles, caso contrario es difícil entender la visceralidad electoral. Y de aquí, también, que la confianza en que no se va hacer de esta guisa es esencial para optar a la gobernación del Estado.
La oposición sólo ha mantenido una crítica en la estrategia de la lucha antiterrorista y en relación con la negociación. Cuestión que se acabó hace un año largo. La negociación era evidente que conducía al fracaso. Ahora existe la experiencia en la propia carne. Y parece cantado que, posiblemente, en esta legislatura la banda estará extinta. Gracias a las medidas policiales, la colaboración decidida de Francia y el estrangulamiento financiero.
Lo que quisiera llamar la atención es sobre la gran paradoja electoral española. Ocurre algo muy parecido en el Reino Unido. Allí los laboristas cuando ganan es siempre gracias al voto escocés, con un movimiento separatista muy fuerte. Aquí, si descontamos los escaños de Cataluña y País Vasco (47 + 18) salen 285, si al PP le quitamos los asientos obtenidos en esas Comunidades (7 + 3) da 143, es decir que si se van tendría mayoría absoluta. Al mismo tiempo el PP es el mayor valedor de la unidad territorial. No hay quien lo entienda.

Lo que importa de verdad es que estamos ante una composición parlamentaria que da una mayoría suficiente para gobernar. Que se anuncian voluntades de consenso, por todas partes. Ojalá se entierre para siempre la disparatada legislatura fenecida.•

Fernando F. Trocóniz

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