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Nº 780 - 24 de marzo de 2008
De lo que nos hemos librado

por Santiago Carrillo

A I examinar más tranquilamente los resultados electorales del 9-M lo primero que se ex-
perimenta es una sensación de alivio, ¡de buena nos hemos librado! Podía haber ganado la derecha y ello hubiera desencadenado fuerzas todavía muy poderosas, de raíz franquista que están muy vivas en la sociedad española y que son apoyadas mundialmente por las tendencias neocon muy influyentes en la época que atravesamos. Se hubieran agudizado todos los problemas, los que se refieren al estado de las autonomías, a los avances sociales, a la orientación de la educación, a la política antiterrorista... Suficiente para acentuar la crispación del país, en tal caso con el poder en las manos de crispadores.

Hemos evitado lo peor, pero no podemos dormirnos en los laureles. Y algo equivalente a ese dormirse en los laureles son ciertos comentarios que viene a decir: "Bien, ahora que ha ganado la izquierda, para pacificar la situación hay que llevarse bien con la derecha y moderar la política del Gobierno. La derecha ha entregado ya la cabeza de Zaplana; correspondamos a gestos como ese". Esta actitud es la continuación de algo que hemos observado en medios de comunicación antes de las elecciones que daban la impresión de que la responsabilidad de la crispación era atribuible a Rajoy pero también a Zapatero, lo que era una injusticia flagrante.

Todavía es pronto para deducir que el PP va a aprovechar la lección. Aparte de la retirada de Zaplana, que por el momento tiene su causa másprobable en el éxito de su enemigo Camps, lo único que hemos visto es que Rajoy resiste y parece decidido a continuar al frente, que la ambiciosa Esperanza Aguirre, quién al conocer el resultado había empezado a sacar la uñas con ayuda de El Mundo, La COPE y Telemadrid, parece haber dado marcha atrás; que GaIlardón sigue en la Alcaldía, renunciando a reclamar más influencia en la dirección del partido... Y es todo. Rajoy no ha reconocido ninguno de sus errores de los cuatro años de oposición. Lo que exhalan las declaraciones hechas por los barones, pletóricos, es de satisfacción, porque incluso en la derrota han aumentado en votos y diputados, y al apoyar a Rajoy parece que lanzaran a sus huestes un mensaje optimista: "A la tercera va la vencida".

Y detrás de esto, como búhos inmóviles, los Rouco, Cañizares y demás príncipes de la Iglesia, que controlan directamente buena parte de los votos de la derecha, luego de haber arrinconado al liberal monseñor Blázquez.

Por consiguiente no hay razones aún para pensar que la derrota del PP va a provocar en éste una catarsis democrática y que al final vamos a encontrarnos con una derecha europea. ¡Ojalá que en los próximos meses aparezca algo así!

Mas en cualquier caso, las conclusiones de quienes nos invitan a contemplar al PP como un partido al que la derrota ha modificado, son todavía prematuras.

Rodríguez Zapatero ha ganado, pero para gobernar necesita acuerdos con el nacionalismo periférico. Eso muestra, una vez más en el curso denuestra historia política, que los nacionalismos periféricos son el aliado de la izquierda española, en la construcción del Estado de autonomías, y que la izquierda tiene que hacer acuerdos con ellos sin complejos.

Pero los nacionalistas periféricos tendrían a su vez que ser realistas –como lo han sido tantas veces– y comprender que el acuerdo con el Gobierno central es hoy la única posibilidad de fortalecer el autogobierno y que sin ese acuerdo la posibilidad de un desarrollo del autogobierno no existe. En este momento las ideas de Imaz sobre el transversalismo cobran importancia.

El Gobierno se encuentra frente a una crisis financiera mundial, cuyo epicentro son los EE UU que está creando dificultades, sobre todo a los sectores más desprotegidos. El Gobierno no es responsable de esa crisis financiera mundial, ni posee poderes para mantenerla alejada de España. Tiene escasas posibilidades de reducir sus efectos, porque formamos parte de un mundo globalizado en el que impera la ley del mercado y los Estados no tienen poder para decidir los precios. En estas circunstancias las recetas de la globalización consisten en rebajar los impuestos a las grandes empresas, con el argumento de que a más beneficios empresariales, más creación de puestos de trabajo. Este argumento es una falacia. En realidad lo que puede mitigar en parte las consecuencias de la crisis, es decir el paro, es la capacidad del Estado para promover grandes obras públicas. Y para eso el Estado necesita dinero. Y el dinero del Estado sale del impuesto.•

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