Nº 780 - 24 de marzo de 2008
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Zaplana se sacrifica

por Miguel Ángel Aguilar

Nadie diría que el Partido Popular ha perdido las elecciones, ni que las Cámaras legislativas –el Congreso de los Diputados y el Senado– hayan quedado disueltas desde principios de enero. Nadie lo diría porque Eduardo Zaplana, en vez de señalar que carece de aspiraciones para ocupar la portavocía del Grupo Parlamentario Popular en la nueva legislatura, se ha plantado ante los medios de comunicación como si estuviera en activo y en condiciones de presentar su "renuncia a la portavocía del Grupo Popular" [que no tiene desde la fecha de disolución de las Cortes más arriba señalada] y como si su elección por la circunscripción de Madrid en la lista encabezada por Mariano Rajoy no hubiera sido a título de diputado raso, el único posible, sino al de mariscal con mando en el hemiciclo. Inmediatamente ha insistido en unir su gesto de renuncia (¿?) al limpio propósito de "fomentar la renovación". Es como si hubiera parafraseado al rey felón Fernando VII diciendo "vayamos presurosos y yo el primero por la senda de la renovación".

Aceptemos ya la indiscutible finura espiritual de Zaplana y su control de los tiempos, característica esencial del político de raza. Ha sabido barruntar que había caído en desgracia y ha tenido el reflejo de adelantarse para presentar como una renuncia lo que sólo puede ser considerado como una destitución o pérdida de confianza. Zaplana ha hecho de la necesidad virtud y se ha erigido en ejemplo kantiano a seguir, dando a entender que el "fomento de la renovación" ahora invocado en las filas peperas debe empezar por él mismo. Cumplido el trámite en lo que los taurinos llamarían faena de aliño, sin perder la sonrisa, el incansable Zaplana se aplica en estos momentos a la averiguación de por qué hay fidelidades queno se perdonan y descubre con asombro la penosa caducidad de los blindajes mediáticos que pudo pensar invulnerables. Porque, aclaremos, que nunca ningún político conocido del uno al otro confín del mundo ibérico, ni del fenicio mediterráneo, había logrado uncir más periodistas y más medios de comunicación a su servicio doméstico y, sin embargo, la caída de Zaplana se ha producido como si se tratara de la de un ser indefenso carente de apoyos. Qué ominoso silencio el de tantos y tantos ingratos mercenarios, quienes al cambiar las tornas han preferido acudir presurosos en socorro del vencedor, sin tributar al derrotado ni las salvas fúnebres de ordenanza.

Eduardo Zaplana, en suma, se sacrifica aunque sin incurrir tampoco en el exceso de la renuncia al escaño del Congreso, cuya posesión le sirve de escudo para evitar las cornadas judiciales por aquello de la inmunidad parlamentaria, entendida tantas veces como ventajoso corporativismo por la clase política en los términos de aquel proverbio de "hoy, por mí; mañana, por ti". Así que Zaplana renuncia a aquello de lo que ya carecía pero se queda con el escaño que le han asignado los comicios del 9 de marzo, tal vez como la abuelita de Caperucita para "defenderse mejor" si pintaran bastos, después de haber pintado oros y copas en otros momentos del juego. Es improbable que Zaplana emprenda desde abajo el intento de recuperar el liderazgo perdido en su feudo de Valencia donde Camps, presidente de la Generalidad, y su profeta, Esteban González Pons, no quieren volver a verle ni en pintura. Ahora debemos seguir atentos a quienes vayan a seguir su ejemplo de sacrificio, bien para renunciar, bien para continuar como acaba de anunciar el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Continuará.•

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