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| Nº 778 - 10 de marzo de 2008 |
Empezar a poner piedras Por Mauro Armiño Dos ocurrencias tuvo el tal Rajoy en campaña electoral: con la primera (su niña) quería excitar el marujeo lacrimógeno; con la segunda (los artistas untados) pretendía empalmar con la pandilla de “Todos contra el canon” y sacar votos por ahí (hace año y medio el PP estaba conforme con el canon digital). Hay que alabarle, sin embargo, la segunda ocurrencia porque ha servido para que en la campaña la palabra “cultura” saliera a relucir. Porque, como esa materia parece no interesar al votante medio, todos han empleado vagas generalizaciones tipo “vamos a… la cultura”. Y la seguridad que tienen algunos de que las gentes de la cultura “son” de izquierda como si entre ambos hubiera un cordón genéticamente umbilical puede ajarse cualquier día. Desde la victoria de UCD, por ese Ministerio ha pasado variopinta gente, desde Íñigo Cavero hasta Jorge Semprún, Solé Tura, Carmen Calvo, etc., sin pasar por las dos legislaturas del PP, que se hicieron cargo del Ministerio por otros motivos –aportar dinero familiar al partido, pasear por Europa al presidente González, pertenencia el cupo femenino y andaluz, etc.–. El resultado de casi tres décadas de ministros es que se mira con desconfianza la gestión cultural desde ese Ministerio. No parece mala la ocasión que se presenta, cuatro años por delante, para tener la esperanza, ya que no el convencimiento, de que en ese campo el señor Rodríguez Zapatero va a cambiar el paso: “Alguna vez podríamos aspirar a que un Gobierno socialista se tomara en serio la cultura”, declaró el poeta Luis García Montero (país.com, 13-7-2007) cuando nada más ser nombrado el nuevo ministro César Antonio Molina (sin el de que en alguna ocasión torpemente le he adjudicado) cesó al director general de Teatro con la única explicación al parecer de que “tenía que hacer un gesto”. En vez de tocarse las narices, que podía haberlo hecho y habría sido mejor, cesó a Campos Borrego: al día siguiente tenía a todos los cómicos enfrente criticando con energía el cese. Titiriteros y untados. Es sintomática la frase de García Montero porque subraya una percepción que la gente de la cultura ha tenido en estas décadas, se sumen o no se sumen luego a la Plataforma por la Cultura. Y se sigue teniendo por más que se arracimen al lado del presidente cuando un PP desvergonzado pasó sus dos legislaturas insultando a los “artistas”, llamándolos titiriteros y cosas por el estilo; ahora, la batalla por el canon ha hecho germinar en la cabeza de Rajoy ese insulto de untados, que se suma a otro de los caballos de batalla de la derecha: las subvenciones para la creación artística. Los resultados electorales van a permitir que nos olvidemos de Rajoy, de su ignorancia, del destrozo de su partido en cultura durante los ocho años de Aznar –por fardar que no quede, éste leía a los poetas catalanes en la intimidad y en su actual retiro se las da de “intelectual”, según declara su concejala esposa–, ignorancia y destrozo equiparables casi a los de su sucesora in pectore Esperanza Aguirre (en el in pectore de Aguirre, claro, por ahora). Al tacho con todos ésos, por un lado; pero por otro hay que reparar esa percepción manifestada en la frase de García Montero y compartida por muchos. Desde la segunda legislatura de Felipe González, los ministros del ramo han venido escudándose en que el Estado tiene poco campo de actuación porque la transferencia de las competencias a las comunidades. Quizá, no sé, al ministro de Economía no se le pueda exigir imaginación, pero si el de Cultura carece de esa capacidad, mejor disolver el Ministerio. Si las circunstancias permitieron a Molina meter mano en desaguisados como la Biblioteca Nacional o el Reina Sofía, su cese de Campos Borrego ni fue bien acogido por los cómicos, que de eso saben algo más que el ministro, bastante deconocedor de ese género, ni fue acertado, para encima nombrar a otro desconocido, Juan Carlos Marset, que por ahora no parece haber hecho más que llevar a su tierra de Sevilla un congreso sobre teatro y los premios Max. La tierra tira mucho. Es poco lo que se sabe de los planes que tenga Molina; por ahora se le oye hablar más a menudo de creación de organismos –que si patrimonio subacuático arrastrado por la marea del Odyssey, remodelación del Arqueológico, Plan de modernización de Instituciones Culturales, creación del Centro de Artes Visuales, Observatorio de Lectura y el Libro, Consejo de Cooperación Bibliotecaria… el Inaem convertido en Agencia Estatal, creación del Consejo Estatal de las Artes Escénicas y Musicales, sin que por ahora haya transcendido ninguna de las virtudes de tales cambios: las promesas del ministro, en la torpe intervención parlamentaria que tuvo en agosto –torpe porque leía los papeles, parándose cada dos palabras, como los párvulos que aprenden a leer–, van hacia la creación de organismos y más organismos, funcionarios y más funcionarios –a algunos de los que trabajan en Cultura se les podría enseñar a hacer la o con un canuto–, fotos y más fotos a las que tan aficionado es el antiguo director del Cervantes. Ministro ochomesino y nonato todavía –no ha cumplido los nueve meses en el cargo–, Molina, si continúa, tendrá que bajar de las alturas elitistas que sin gran derecho ocupa y explicar su proyecto. ¿Qué es la cultura? Respondiendo a un diario al día siguiente de ser nombrado ministro del ramo, Jordi Solé Tura declaraba que en estos tiempos tan revueltos no se sabe muy bien qué sea cultura –duda peregrina en un ministro que tiene sobre las puertas la muestra de lo que es, si no para un sociólogo, al menos para un ministro: las direcciones generales: cine, bellas artes, libro, etc. Su paso por el ministerio resultó breve e inane, y se volvió a perder tiempo para frenar en el atraso cultural –reconocido por todos– que este país lleva desde antes de la Ilustración; no es creíble que se haya enjugado en los veinticinco años de post-franquismo tras la incultura del franquismo. Como estamos en el inicio de una legislatura, sería deseable que tanto el presidente de Gobierno como su ministro –el que salga en el nuevo organigrama de poder– definieran lo que entienden por cultura. Porque parece existir alguna confusión, si nos atenemos a ciertas declaraciones del señor Rodríguez Zapatero cuando explicó el nombramiento en julio del pasado año: era Molina, según parecer y opinión del presidente, un “magnífico director del Cervantes, nuestra principal empresa colectiva en el mundo para difundir nuestro patrimonio más rico (…) ha hecho una magnífica gestión y deseo que la cultura española sea una cultura para que el mundo la aprecie y la valore, por nuestra gran riqueza en todos los campos culturales”; si repitió el mismo concepto la señora vicepresidenta, con el tiempo Molina ha ampliado el panorama, aunque machacando sobre el mismo clavo: felicitando al director del Centro Dramático Nacional, Gerardo Vera, por el éxito de sus Divinas palabras de Valle-Inclán en Nueva York –premio ACE 2008 en la categoría de Mejor producción / Teatro del Exterior–, matizaba: “El CDN cumple con unos de los objetivos principales del Ministerio, que es hacer valer la cultura española en los principales foros internacionales y responde de este modo a la demanda creciente de nuestras producciones en el mundo”. Ese “uno de los objetivos” equivale a nadar y guardar la ropa. Acabáramos: no hace falta ser ministro para saber que podemos dejar patidifuso al mundo echando mano de nuestro pasado: de Velázquez, Goya, Lope de Vega, Cervantes o García Lorca y un largo etcétera que, muchas veces, trabajaron precisamente contra el mundo oficial, olvidados o machacados por él. Ese tipo de gestión parece corresponder más a un Ministerio de Propaganda al viejo estilo –cuando Fraga andaba por aquellos lares pretendía salvar la cara de la dictadura interna y la pobreza cultural llevando a los pintores de el Paso a las grandes Exposiciones Internacionales, Brasil, Italia, etc.– que a un Ministerio de fomento y difusión de la cultura interna, es decir, la cultura de la España interior, que no alcanza por supuesto esas alturas pero que es con la que ha de lidiar un ministro si quiere ser útil a algo más que a su propia carrera. Es engañoso por elevación el término “artistas” aplicado a la cultura: además de esa Plataforma de apoyo a la candidatura del señor Rodríguez Zapatero hay mucha gente en España que hace cultura denodadamente sin que nadie le ponga raíles para que pueda mostrar su trabajo: por ceñirnos al teatro, la cantidad de compañías que pululan por toda España con su modesta intención de cambiar el mundo, y a las que se aplica, aunque Rajoy no lo sepa, el “café para todos” que viene siendo utilizado, salvo para los grandes nombres: cuatro perras que no sirven para crear un buen producto, pero que ceban a algunos directores escénicos que, confiando en su mensaje, han hipotecado más de una vez su casa para conseguir mostrar su trabajo. Bajar a la calle. El señor presidente y el ministro tienen derecho, por supuesto, a elegir camino: una cultura de propaganda, una cultura de exhibición del pasado, –de ahí las fricciones que parecen existir entre Exteriores y Cultura, con el Cervantes por medio– , una cultura de foto internacional; y una cultura de brega con lo que hay, más bien poco, e incomparable desde luego con ese pasado; y responder a lo que hay no consiste en liarse a dimes y diretes con el conseller de la Generalitat (prensa de 9-I-2008; entre otros desatinos, felicitar la navidad con gemelos en forma de tecla con la letra ñ, que no existe en catalán –gn–, quizá esté bien, pero dada las diferentes “sensibilidades” que la Constitución reconoce en el Estado Español no parece muy afortunado), ofender con el olvido a Bailén en la celebración del Bicentenario de la guerra antinapoleónica –quizá no haya leído Molina el episodio correspondiente de Galdós–, hablar de que los premios nacionales sean internacionales (el Velázquez, el Cervantes, etc. 14-II-2007), no apoyar con la presencia física estrenos de los Centros Nacionales –Molina es el ministro que menos asiste a ellos–. Bajando a la calle, hay librerías en apuros mientras por ahí fuera se crea el sello de “librerías de calidad”; excesos editoriales que el Ministerio sigue apoyando por compromiso; entradas caras para quienes se acercan a la cultura –Francia ha vuelto a hacer la prueba de entradas gratis en algunos museos, con éxito por ahora, en un intento de acrecentar la gratuidad cultural–; incentivos y acuerdos con televisión –la RTF en 2006 consiguió mayor audiencia con la emisión de cuatro relatos de Maupassant que con el fútbol–; empezar a saber qué sea eso de la era numérica que está ahí mismo, y numerizar el patrimonio –no será desde luego el primer ministro europeo que negocie o se enfrente a las violaciones de Google–, y un largo etcétera que irá desgranándose durante la legislatura. |
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