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Victoria con autocrítica, derrota sin contrición José Luis Rodríguez Zapatero ha ganado
con todas las de la ley y Mariano Rajoy ha perdido sin más paliativos que sus
diez millones de votos. Se da, sin embargo, la paradoja de que el ganador se
siente en la necesidad de practicar cierta autocrítica mientras el perdedor se
mantiene imperturbable en su proyecto. Inasequible al desaliento.
El presidente acierta al rectificar pues él mejor que nadie sabe qué parte de su victoria se debe a sus aciertos y qué parte debe atribuir a los errores del adversario. El 9 de marzo hemos asistido a un enfrentamiento radical entre dos concepciones antagónicas que, a diferencia de lo que ocurre en otros países, no se refieren tanto a programas de Gobierno como a aspectos ideológicos que podríamos calificar de “esencialistas”. ¿Se imagina uno que las elecciones alemanas tuvieran como argumento las esencias germánicas? ¿O que en los comicios franceses se ventilara la acuciante cuestión de si Francia se rompe? ¿O que en el Reino Unido laboristas y conservadores pretendieran encarnar en exclusiva la verdadera Gran Bretaña? “No pido el voto para mí, lo pido para España”, enfatizó Rajoy en el primer cara a cara con Zapatero como si España se presentara a las elecciones. Como si España fuera algo ajeno a lo que decidieran los españoles, que son los verdaderos sujetos y destinatarios de la política. Si a este planteamiento de raíces neofranquistas se añadía una propuesta de aires neocon se entiende que se movilizaran hasta los muertos y que perdieran protagonismo los asuntos de tejas abajo. Mi impresión es que el balance de los cuatro años de ZP proporciona números positivos. Ello no es óbice para el reconocimiento de errores, algunos atribuibles a la inexperiencia de quien no había tenido experiencia alguna de gobierno ni en el ámbito municipal ni el autonómico. Zapatero lo reconoció en la campaña electoral aunque sin especificar los fallos y puede permitirse reiterarlo sin coste alguno, quizás con ganancias, desde la cima de la victoria. El perdedor tiene que andar con más cautela para que la confesión pública y la obligada contrición no proporcione armas a sus enemigos internos, que son sus verdaderos enemigos. “¡Cuerpo a tierra que vienen los nuestros!”, que diría con sagacidad galaica Pío Cabanillas. El paso al frente y la posterior parálisis provisional del paisano del ministro franquista está proporcionando al leonés un periodo de gracia inesperado con el que no pudo contar cuando más lo necesitaba, tras su victoria de 2004. En efecto, Mariano Rajoy medita y esconde los ases de su baraja como en un póquer tapado. El se dice perfectamente previsible pero no hay nada menos previsible que un jugador gallego y Rajoy es gallego hasta la caricatura. El primer indicio de por dónde irá este hombre lo tendremos cuando designe al portavoz parlamentario. Sin embargo, no se habrán despejado todas las incógnitas hasta un día antes del Congreso del PP, que ha anunciado para junio. En ese momento conoceremos a todos los hombres y mujeres del presidente de la oposición, lo que proporcionará al de la nación los paradigmáticos cien días de gracia con los que jamás ha contado presidente alguno. “Corregiré errores”, prometió Zapatero en su apoteosis, y de hecho ha empezado a corregirlos. Yo me he permitido arriesgarme a mencionar tales fallos durante las dos últimas semanas en mis comentarios ”Sin Maldad”. El Siglo ha requerido ahora a intelectuales de prestigio su opinión al respecto, que es nuestra portada. Los términos significativos que hemos obtenido en nuestra encuesta son los siguientes: Estado fuerte; negociación con ETA; política informativa; expectativas realistas; mejor selección de ministros; firmeza con la Iglesia; un vicepresidente económico que mande; política energética nacional; presencia en el escenario mundial; liderazgo en Europa; Ministerio de la Vivienda operativo, y espacio para los veteranos. El presidente en funciones no ha precisado cuáles son esos errores pero ha empezado a enmendarlos, mayormente los económicos. Ha comunicado a su colega francés, Nicolas Sarkozy, que frene la arremetida de la empresa pública gala EDF para hacerse con el control de Iberdrola, por lo menos hasta que forme Gobierno. El error de Endesa ya no tiene arreglo pero sí puede evitar la entrega de la otra gran eléctrica española. Pedro Solbes, vicepresidente económico in pectore, también ha rectificado en la apreciación de la coyuntura económica, asumiendo la seriedad de lo que llamaba eufemísticamente “turbulencias financieras”. Ello se traduce en una rebaja de las previsiones del crecimiento del PIB al entorno del 2,5 por ciento y en el reconocimiento de la consistencia del parón en la construcción. Ahora sólo falta que el presidente rectifique el mal casting ministerial que perpetró en su anterior mandato y que Solbes intervenga en la selección de los ministros económicos que deberá coordinar.
José García Abad |
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