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| Nº 778 - 10 de marzo de 2008 |
Cuba
Cuando el día primero de 1959 Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara y Faure Chomón entraron en La Habana al frente de las tropas guerrilleras del Movimiento 26 de julio y del Directorio, que poco antes habían tomado Santa Clara en la última batalla contra la dictadura de Batista, el presidente de los Estados Unidos era el general Eisenhower. Lo siguieron Kennedy, Johnson, Nixon, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo. Todas las administraciones norteamericanas, de un signo o de otro, antes y después de la caída del Muro de Berlín, han hecho idéntica política hacia Cuba: retórica de palo y tentetieso e ineficacia a la hora de conseguir cualquier avance democratizador para la isla. Caído el Muro, derrumbado el sistema comunista en la URSS y en el
resto de Europa, con una América
Latina apostando por la democracia,
la política de los USA, la ley Helms-Burton y tantas otras medidas de aislamiento han resultado pura y simplemente un disparate. No sólo porque, a menudo, con esas medidas se La bandera de un nacionalismo davidiano. En el sentido de mostrarse como David ante Goliat, mientras se encierran en la ciudadela, Numancia y Sagunto a la vez, hasta el exterminio final... de los demás cubanos, porque ellos, los altos dignatarios del régimen castrista –como siempre ocurre– saldrán corriendo si el momento llega. Semejante política –la de los yankis– permite predicar a Fidel y a sus acólitos (y, en parte, ser creídos) una patraña, la siguiente: "Si hay necesidades y los cubanos sufren hasta hambre, ello se debe al bloqueo norteamericano". Es mentira. Cuba puede comprar alimentos, medicinas, vestidos, etc., en cualquier parte del mundo, mas para ello su economía tendría que producir algo exportable, además del tabaco y del azúcar... y de la retórica. Mercancía, la del azúcar, que ha inoculado una diabetes letal a Cuba desde el día de la independencia hasta hoy. El cubano es un sistema productivo más demencial que socialista y sólo ha podido sobrevivir gracias a los "generosos" subsidios de la URSS. Una vez cerrado ese grifo, se ha puesto en evidencia una obvie-dad: una cosa es predicar y otra distinta dar trigo. O, dicho de otra forma: una organización del trabajo basada exclusivamente en la retórica revolucionaria produce grandes catecismos y no menores despilfarros, pero esas dos cosas no sirven para comer, sino todo lo contrario. El día 1 de mayo de 1959 se aprobó en Cuba una reforma agraria que, en lugar de repartir la tierra entre los campesinos, convirtió a Cuba en un único, gigantesco y universal latifundio en manos del Estado (es decir, una tierra gestionada por una burocracia estatal ineficiente). Desde ese día se vio que Fidel Castro escogía la palabrería frente a la eficiencia productiva. Con grave riesgo para la supervivencia de los cubanos, metidos de hoz y coz en una cosa que sólo con mucha imaginación puede llamarse sistema productivo. Muchos espectadores hemos visto la película de Gutiérrez Alea titulada Guantanamera. En ella se describe, mejor que en cualquier sesudo tratado, la estupidez burocrática convertida en rectora de un sistema productivo y de una convivencia. El argumento y las imágenes nos muestran a un jerarca caído en desgracia que pretende repintar los viejos blasones realizando una buena labor en su nuevo puesto al frente de la "empresa nacional funeraria". Las desventuras de un cadáver en su traslado desde Oriente a La Habana nos ilustran sobre la omnipresente burocracia, que es tan enemiga del trabajo como de los yankis. Por suerte para él, el muerto –a diferencia de lo que les ocurre al resto de los cubanos–no pasa hambre ni tiene ya que cubrir ninguna necesidad perentoria, aparte de la de ser enterrado. La única apuesta política razonable desde cualquier país democrático debiera haber sido desde 1959 hasta hoy aquella que predicara, primero, y empujara, después, el entendimiento entre la moderación de dentro y de fuera de la isla. Se dice fácilmente y será, con toda seguridad, difícil, pero aún es posible. Despojada de la retórica nacionalista, ¿qué discurso le quedaría a la nomenclatura cubana? Ninguno que sea sostenible, ni siquiera su pretendida economía socializada, pues hace ya tiempo que la han dolarizado. Todo lo que no sea llevar la democracia a Cuba conducirá, tarde o temprano, al enfrentamiento y si se quiere salvar lo bueno que dice haber hecho la Revolución: sanidad universal, enseñanza generalizada, etc., eso también puede mantenerse dentro de la democracia. Una revolución democrática es lo que necesita Cuba y nada más. Nadie, excepto los fundamentalistas de uno u otro lado, pueden negar este principio. Y a ello debieran dedicar sus mejores esfuerzos los Estados quedesean algo más que la humillación de los cubanos o la venganza de unos cubanos sobre otros. Si Kennedy hubiera evitado el desastroso desembarco en Playa Girón y hubiera buscado una solución menos espectacular cuando se produjo en 1962 la crisis de los misiles, si no hubieran sido todos los presidentes norteamericanos tan empecinados (y si mi abuela tuviera ruedas... ), probablemente los Castro no hubieran durado tanto tiempo, pero el pasado no tiene arreglo ( y mi abuela no fue nunca una bicicleta) –es cierto–, aunque sí lo puede tener el futuro. La renuncia de Fidel Castro a seguir en el machito y el paso del testigo a su hermano pequeño no va a traer –a mi juicio– ningún cambio significativo por sí mismo, pero puede ser un buen pretexto para que la nueva Presidencia norteamericana Ojalá que del Partido Demócrata!) dé un giro en su política, deshaga el embargo e incentive las inversiones y el turismo hacia Cuba... y, de paso, se tome en serio romper otro bloqueo: el de la libertad de expresión, al que están sometidos todos los cubanos a manos de la dictadura. A este último propósito, no me puedo creer que internet pueda bloquearse en la isla así como así si los países desarrollados se empeñan en romper ese bloqueo... y quien dice internet dice revistas y periódicos, radios y televisiones libres y plurales. Cuba es hoy un Estado policial, cierto. Pero no más que lo era la España del otro gallego, Francisco Franco... y algunas grietas se le hicieron para facilitar una transición pacífica. Cuba necesita también una transición que permita enterrar bajo las siete llaves del mausoleo de Lenin la nefasta andadura de los hermanos Castro, quienes dijeron traer la libertad y el socialismo a la isla y la han privado de la primera, construyendo un sistema productivo, simplemente, demencial. • |
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