Zapatero repite legislatura, pero
necesitará aliados. Los partidos ubicados a su izquierda –en buena parte
víctimas del voto útil– ya no suman como antes. Los dos, IU y ERC, han quedado
seriamente dañados como consecuencia de la contienda. Ha desaparecido también
el único diputado de la Chunta, hasta ahora José Antonio Labordeta.
CiU ha aguantado el chaparrón, pero
Artur Mas sigue clavado en el mal resultado de hace cuatro años: pasó de los 15
diputados del último Pujol a diez. Y allí continúa después del 9-M. CiU no
tiene la llave, porque con el PP no alcanza la mayoría. Pero sí tiene el número
de diputados que le bastarían al PSOE para formar Gobierno estable.
Artur Mas, sin embargo, tendría que
archivar su ansia –comprensible– por recuperar la Generalitat perdida en 2003.
Se fue Pujol y se acabó la racha. No debe olvidar Mas –tampoco Duran Lleida–
que el PSC sí ha barrido en Cataluña con 25 diputados, la cifra más alta desde
1982.
Es decir, que uno de los triunfadores
de la jornada electoral ha sido Montilla. Sale reforzado como presidente de la
Generalitat. Y también sale reforzado –a ojos de Ferraz y de Moncloa– como
líder del PSC. Nada ha afectado a la victoria del socialismo catalán: ni los
retrasos del AVE, ni las averías penosas en los trenes de Cercanías, ni los
apagones de Endesa, disimulados para proteger Pizarro, quien luego fue
recompensado con el número 2 de la lista de Rajoy por Madrid.
Zapatero le debe en gran parte su
triunfo al PSC. “¡Visca, visca, visca, l´Espanya socialista”, se oía entre la
euforia desbordada en Ferraz. Si Mas y Zapatero consiguen pactar un espacio de
coincidencias en el Gobierno de España –sin resquebrajar por ello al Gobierno
catalán– CiU está destinada a desempeñar de nuevo su vocación de ser decisivos
en Madrid.
Algo parecido le ocurre con el PNV. El
PSE de Patxi López ha descabalgado al PNV. El segundo se ha convertido en
primero de la clase. Buen momento para plantear acuerdos, incluso a dos bandas.
En todo caso, los éxitos socialistas tanto en Euskadi como en Cataluña tienden
a confirmar que la política territorial de Zapatero –como la de su lucha contra
ETA– son la mejor y más eficaz terapia para mantener la unidad de España,
diversa y plural. Y es el más rotundo desmentido a los salvapatrias que tanto
gustan a la derecha.
¿Qué le pasará ahora a la cúpula del
PP? Rajoy ha conseguido en cierta medida blindarse y hay que decir que lo ha
logrado. Pero sin horizonte de cambio en los próximos cuatro años –salvo
episodios hoy por hoy imprevisibles– no le será fácil permanecer como líder de
la oposición. Quienes aspiraban a sucederle –léase en primer lugar el nombre de
Esperanza Aguirre– no parece que cejen en su empeño. Las conspiraciones pueden
multiplicarse. La oposición genera malestar y pone nerviosa a los ambiciosos
que sueñan con tocar moqueta cuanto antes.
Rajoy juega bien atrás y protege su
área. Defiende pero no entusiasma. Y lleva dos derrotas consecutivas sin que la
del 9 de marzo le haya proporcionado satisfacciones tangibles o, si se
prefiere, concretas. Sea como fuere, Zapatero ha vuelto a ganar. Se lo merecía.