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Nº 778 - 10 de marzo de 2008
El segundo debate

por Santiago Carrillo

Cuando estas líneas vean la luz, los ciudadanos españoles se habrán expresado ya en las urnas y sabremos si han optado por Zapatero o por Rajoy. En el momento en que las escribo los últimos sondeos dan una ventaja al primero; pero todavía no hay nada decidido y sería aventurado anticipar un juicio.

El Financial Times ha criticado a los dos candidatos. Pero de Rajoy ha subrayado una característica esencial: el partido que él representa aún no ha roto con sus raíces franquistas. Esto es lo que da a las elecciones celebradas el domingo su significación más clara. Más de treinta años después de la Transición, España aún no ha roto totalmente con un pasado lamentable; aún no posee una derecha moderna, de tipo europeo.

Esto ha quedado aún más en evidencia, en el segundo debate televisión, que ha puesto de relieve la superioridad de Rajoy sólo en un aspecto: el desparpajo del líder del PP es inigualable. Es capaz de decir una cosa y la contraria, sin que su rostro se altere; de asegurar que lo blanco es negro, sin que ello se le note más que en la mirada oscilante, que parece preguntarse a cada paso: "¿Se tragarán lo que acabo de decir?"

En el debate pretendió hacer creer que durante la legislatura pasada su obsesión había sido la economía. Y sin embargo todos los que hemos seguido con atención los debates parlamentarios hemos podido comprobar que los dos temas que han sido su obsesión se reducen a los Estatutos de autonomía y al terrorismo etarra, todo en función de su concepción centralista y autoritaria de la"unidad de España". Habría que añadir el tema de la inmigración, otra de sus preferencias. De la economía sólo ha empezado a ocuparse en las vísperas electorales, cuando la crisis financiera de los EE UU ha provocado mundialmente su desaceleración, ello para hacer demagogia populista y para dar la imagen de que el PP es el partido que defiende a los currantes.

Pero lo que da la noción de lo que puede ser su política económica, en caso de triunfar, es la elección de Pizarro, un ejecutivo agresivo que ha mostrado su capacidad para acumular millones, un defensor a ultranza de la libertad de mercado y de que la economía la dirijan los banqueros y los empresarios, sin intervención del Estado. Toda la demagogia de Rajoy sobre la carestía de la vida queda puesta en evidencia con la elección que ha hecho.

En lo tocante a la inmigración, una clara voluntad de estimular la xenofobia. De no reconocer la aportaciónde los trabajadores extranjeros al crecimiento económico y al progreso. Pero en este punto es precisamente
Pizarro quien ha aclarado lo que podría ser la política del Gobierno PP:"A los inmigrantes no se les integra
con un puesto de trabajo, se les integra con una bandera". ¿Qué quiere decir? Podría pensarse que les ofrece un puesto de soldados, por lo menos, que renuncien a su propia bandera, a su nacionalidad, a su
cultura... Lo que no hubieran aceptado jamás el millón largo de trabajadores españoles que tuvieron en otro tiempo que ir a buscar trabajo fuera de su patria.

Y en cuanto a la unidad de España, en este segundo debate le traicionó el subconsciente o quiso enviar un mensaje a cierto sector del electorado, cuando utilizó una frase que repitió aquel eslogan franquita de la "unidad de las tierras y los hombres de España".

Si, como deseo, ha ganado Zapatero, espero que haya extraído una lección: para lograr que la derecha española se libere de la caspa franquista es necesario enfrentarla inteligentemente, pero con mucha firmeza. La democracia española no estaría plenamente consolidada mientras la derecha no se modernice; y mientras no haya una ley electoral que de preferencia a los ciudadanos sobre las hectáreas.•

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