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Nº 777
3/3/2008

Aprender de las paradojas

Todo político y todo diplomático debería ir siempre acompañado de un historiador. Así tal vez se evitarían cantidad de actuaciones a muy corto plazo, que horrorizan a cualquiera que conozca los precedentes. Evidencian la incomunicación entre unos y otros profesionales, entre el mundo de la academia y el mundo del poder, los que leen y escriben libros, y los que leen y escriben informes. Poner en comunicación ambos mundos proporciona la oportunidad de aprender de las paradojas que se alargan de lo que se hace a lo que se debería saber, un pequeño consuelo nada más porque las paradojas no evitan el fracaso anunciado y que años antes ya se registró, sin recordarlo. Como viene ocurriendo desde hace décadas la intervención occidental en Oriente Medio una vez más acaba adquiriendo los males de la descontextualización histórica, por no decir de la ignorancia pura y dura. Esta vez a manos de los Estados Unidos, como antes lo fue de Francia y Gran Bretaña, se acude a un mundo dividido para dividirlo aún más y lanzar una facción contra otra, en lugar de fomentar su integración y su seguridad.
Con aquel propósito se pretende hoy, mediante la formación de alianzas y un formidable despliegue armado, contener a Irán y arrinconarle en nombre de una supuesta solidaridad regional que se convoca contra lo que ha pasado a ser el principal peligro, que ya no reside en el conflicto de Palestina e Israel. En décadas pasadas ya se quiso situar a Irán como la amenaza primordial, consintiéndose con la "idiotez estratégica" de Saddam Hussein una larga guerra que destruyó su propio país y le hizo creerse el defensor de los sunitas y de Occidente. Un luminoso artículo de Vali Nasr y Ray Takeyh, ambos reputados especialistas en cuestiones chiitas e iraníes, léanlo en el último número de Foreign Affairs, nos denuncia la enésima fantasía para crear un nuevo Oriente Medio, esta vez con la excusa de una terrible amenaza para todos. No será tan terrible cuando se valora de muy diversa y contradictoria manera por los países vecinos, y desde luego no registra la unanimidad que sí provoca el conflicto entre los palestinos y los israelíes. Se trataría de rebajar la categoría de tal conflicto detrás de la que habría adquirido la política nuclear de Irán, país que además desliza un mensaje político y religioso enormemente desestabilizador para Occidente, sus amigos en la zona, los "árabes buenos", y para Israel de manera muy especial.
Parece como si se hubiera abierto el manual de instrucciones de la Guerra Fría, colocando a Irán donde antes se hallaba la Unión Soviética. Se intentaría una vez más con el nuevo enemigo reducir su creciente influencia y sus pulsaciones expansionistas, proyectando los Estados Unidos su propia fuerza y ensamblando alianzas políticas y militares. Todo ello a base de persistir en una particular imagen sobre Irán y sin calcular debidamente que para la construcción de tal formidable barrera protectora, ni se dispone ya de Saddam Hussein como ariete, ni de ningún otro con la excepción de los Estados Unidos, ni la presunta solidaridad antiiraní de los países árabes es uniforme o absoluta. Como en otras cuestiones la guerra de Iraq nos descubre las paradojas, como también se descubren en la guerra de Afganistán, porque resulta que es donde confluyen los intereses de los dos grandes enemigos, necesitados de paz y estabilidad en Afganistán y en Iraq. Empeñados los Estados Unidos en construir un frente antiiraní con elementos sunitas, en Iraq tendrán dificultades para explicar talestrategia al Gobierno mayoritariamente chiita de Nuri Al Maliki y a los chiitas del Consejo Supremo de la Revolución Islámica, amigos y aliados tanto de los Estados Unidos como de Irán. Como si fuera factible ponerse alegremente el sombrero de los chiitas en Iraq y el de los sunitas en el resto de Oriente Medio.
Llevada a sus extremos la política antiiraní, tanto Líbano como Afganistán e Iraq pagarían las consecuencias de una grave desestabilización, en un panorama estratégico donde el centro de gravedad se habría trasladado al Golfo Pérsico aunque ni mucho menos se haya extinguido el fuego del conflicto de Palestina e Israel. De nuevo parece también que el eje de la paz y la estabilidad en Oriente Medio pasa a través del entendimiento entre los Estados Unidos e Irán, la superpotencia y la potencia regional, mediante la coexistencia pacífica y el compromiso constructivo, según la jerga de la Guerra Fría. Para ello haría falta revisar esa idea de Irán como nación mesiánica dispuesta a destruir el orden regional, incluso el internacional, en nombre de la militancia islámica revolucionaria; para reconocer simplemente una nación oportunista, todas lo son, que se siente amenazada, es vecina de los Estados Unidos en Afganistán e Iraq, y que busca simplemente su lugar entre los demás países. Profundizar en las coincidencias que existen entre ambos enemigos que luego se ven obligados a reunirse en Bagdad, puede seguir ilustrando sobre paradojas y malentendidos. Ayudaría a hacerlo si lbs Estados Unidos dejaran atrás esa odiosa dinámica del amigo y el enemigo y la búsqueda del equilibrio de poder, para impulsar la seguridad colectiva, la inviolabilidad de las fronteras, la integración económica y el desarme. Lo que ninguna potencia extranjera hizo nunca en Oriente Medio. •

Ignacio Rupérez

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