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Nº 777 - 3 de marzo de 2008

España y la UE ante Kosovo

Pese a la campaña electoral española, el mundo sigue girando. Y sus vueltas nos demuestran cuántas cosas han cambiado o van a cambiar. Rompiendo con todos los esquemas, un dirigente comunista, Fidel Castro, deja el poder voluntariamente; un afroamericano, Barack Obama, puede ser elegido candidato demócrata a la Presidencia de EEUU, y un nuevo Estado, Kosovo, está naciendo sin que una guerra cambie las fronteras de Europa.
Aunque quizás el cambio sea más limitado de lo que parece. A Castro le sucede, de momento, otro Castro. Puede que Obama sea el candidato demócrata, pero está por ver que, a pesar del desastre de la Presidencia de Bush, los norteamericanos estén dispuestos a elegir un presidente de color.
Y tampoco es seguro que la declaración unilateral de independencia de Kosovo no abra otro episodio de inestabilidad en los Balcanes. La situación en la zona norte Kosovo, poblada mayoritariamente por serbios, puede conducir a una nueva modificación de fronteras.
Lo que ocurra en Cuba, o quien sea el próximo presidente de EE UU, es ciertamente importante para España, pero el proceso iniciado en Kosovo nos afecta de forma más inmediata, tanto desde el punto de vista de la política internacional como de la interior.
Como el Gobierno español ha argumentado de forma clara y firme, la secesión de Kosovo es ilegal desde el punto de vista del Derecho Internacional. Se puede creer que España, como otros, está en contra por consideraciones de política interior. Pero las razones de política exterior son más importantes que la preocupación, legítima, por el precedente que secrea. España, que ha considerado ilegal el ataque a Iraq por no contar con el aval de la ONU, no puede, sin perder toda coherencia, aprobar una decisión que viola la Carta de la ONU, el Acta de Helsinki y la resolución 1244 del Consejo de Seguridad, que garantiza tanto la integridad territorial de Serbia como la autonomía de Kosovo.
Aunque muchos europeos crean, resignados, que no había otra solución menos mala, lo ocurrido responde sobre todo a la presión y los intereses de EE UU. Bush ha decidido que la declaración debía producirse antes de la próxima cumbre de la OTAN, su último viaje a Europa, y ello ha acortado los plazos previstos.
De alguna manera la Historia se repite. Cuando empezó la dolorosa desintegración de Yugoslavia, Europa se dividió y, tanto para hacer la guerra como la paz, el liderazgo fue de EE UU. Ahora, 19 años después de que Milosevic anulara su autonomía, Kosovo proclama unilateralmente su independencia y Europa se divide de nuevo. Veinte de sus miembros la apoyan, pero otros siete, entre ellos España, se niegan a reconocerla por considerarla contraria al derecho internacional y por el riesgo de desestabilización que implica dentro y fuera de los Balcanes.
Pero esta vez salvamos las apariencias y el desacuerdo de fondo no impide la acción común para hacer frente a la realidad de los hechos. Nadie se opone al envío de Eulex, 1.500 personas y 1.000 millones de euros, la primera misión de nation building de la UE.
Es cierto que en Kosovo concurren circunstancias dramáticas que hacen de él un caso sui generis, por lo que el Consejo considera que no puede ser un precedente para otras reivindicaciones separatistas.
Pero eso puede ser sólo un deseo piadoso. Hay que vivir muy fuera de la realidad para pretender, como el Gobierno vasco, que Kosovo es un ejemplo a seguir.
Por otra parte, la viabilidad del nuevo Estado es más que dudosa. En realidad, el Kosovo que la UE quiere apadrinar no es independiente y ni siquiera es un Estado, que no tendrá ejército ni política extranjera ni silla en la ONU. Será más bien un protectorado de la UE y la solución propuesta sólo puede ser transitoria, pero la transición puede ser larga y costosa.
Por ello, deberíamos evitar proclamar con enfática satisfacción que es un triunfo de la comunidad internacional, de Europa y de la ONU. Otra vez, los occidentales, EE UU y la UE nos arrogamos el papel de la comunidad internacional cuando Rusia, China, India y un largo etcétera están en contra.
Y tampoco es un triunfo de Europa. Lo sería si hubiésemos aprovechado esos nueve años para reconciliar a albaneses y serbios, y hacer posible que vivan juntos, como alemanes y franceses, superando las tensiones nacionalistas, que es lo que permite existir a Europa.
Una Europa que ha demostrado una vez más que es un poder fragmentado, que no tiene todavía una política exterior común ni siquiera en lo que afecta a los asuntos de su inmediata vecindad. Pero ello no nos exime de una gran responsabilidad en la gestión de un proceso que, por acción o por omisión, hemos contribuido a poner en marcha y en el que el Gobierno español, al menos, ha mantenido la coherencia con las grandes decisiones de política exterior que han marcado la pasada legislatura. •

José Borrell

*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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