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Nº 776 - 25 de febrero de 2008
En torno a la independencia de Kosovo

por Santiago Carrillo

K osovo ha proclamado su independencia de Serbia, para caer bajo otra dependencia que, a la larga podría resultar más insoportable: la de los EE UU, quien va a utilizar ese país como una base militar en los Balcanes. Los albano-kosovares han obtenido una victoria a lo Pirro. Ya veremos cuánto tiempo tardan en darse cuenta que una gran potencia ha utilizado sus sentimientos para hacer de ellos peón en esta nueva guerra fría que EE UU libra contra una Rusia que ya no es comunista pero que sigue tan acosada como en los tiempos en que gobernaba el PCUS, si no más. Entonces no está descartado que Kosovo se convirtiera en un terreno de elección para los secuaces de Bin Laden.
Tengo la impresión de que los catalanes y vascos que han saludado el acontecimiento sufren una equivocación si piensan que esto favorece sus propias reivindicaciones nacionales. Y no sólo porque esto va a reforzar la resistencia de los actuales Estados europeos frente a cualquier intento de producir cambios en su estatus territorial, sino porque la independencia de Kosovo es, en algún modo, el resultado de una invasión. Me voy a permitir una fórmula que se aproxima mucho a la realidad: Kosovo es a Serbia lo que Gernika a Euskadi. En Kosovo se fundó la nación serbia. Sucesivas inmigraciones y, sobre todo, la arrolladora inmigración albanesa acaecida tras el desplome del llamado socialismo real han alterado la correlación de fuerzas. Si un fenómeno semejante se produjera en Euskadi o en Cataluña no favorecería en absoluto, antes al contrario, las reivindicaciones nacionales de ambos pueblos.
Algunos comentaristas occidentales hablan con visible satisfacción de la desaparición de la "Yugoslavia de Tito". Olvidan que Yugoslavia era una creación muy anterior a Tito. Ese Estado fue creado tras la Primera Guerra Mundial, por decisión de las potencias vencedoras en esa contienda, Francia y Gran Bretaña, como un castigo para el Imperio turco y los imperios centrales –Alemania y Austria–, pensando que así se llegaría a una estabilización de los Balcanes favorable a la Entente. Tito tuvo el mérito histórico de unir a los pueblos que la componían en la lucha contra los ocupantes alemanes y el de convertir ese Estado en una Federación de Repúblicas que gozaban de gran libertad nacional. Tuvo además otro mérito: el de mantener su país independiente de los bloques en que entonces se dividía el mundo y de crear junto con Nehru, Sukarno y otros jefes de Estado el Movimiento de los No Alineados, que desempeñó un importante papel en el mantenimiento de la paz mundial en aquellos años.
La Yugoslavia de Tito se mantuvo hasta que, tras el desplome soviético, Alemania, apoyada por Austria, provocó la secesión de Croacia muy directamente, para recuperar su influencia en Centroeuropa. El resto de potencias occidentales, las que habían creado el Estado yugoslavo tras 1918, asistieron satisfechas y fueron
cómplices de su destrucción porque la Federación Yugoslava era un sistema de socialismo autogestionario.
Porque había que castigar también a los comunistas yugoslavos.
En realidad, el pecado original –porque eso fue lo que desencadenó la guerra civil en los Balcanes– ha sido el
desmantelamiento de la República Yugoslava.
El resultado: ríos de sangre en un enfrentamiento étnico provocado por mezquinos intereses inmediatos, por rencores históricos de gobernantes sin visión de futuro. Desgraciadamente, muchos gobernantes actuales son gente así, incapaces de ver más allá de sus narices y que son felices haciendo políticas de "pan para hoy, hambre para mañana". Políticas de remiendo.
La experiencia del pasado debería hacer pensar si no es más fácil conservar una libertad nacional más efectiva cuando una serie de pequeñas naciones se unen en un Estado común, que cuando se separan y caen bajo la férula de alguna de las grandes potencias dominantes. Cierto que, a veces, el obstáculo para ello empieza siendo el nacionalismo centralista. •

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