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Nº 775
18/2/2008

Guerra sin autor, libros sin lectores

Diríamos que todo está en los libros, como no se leen se desencadenan las guerras equivocadas, y así nos hallaríamos en un momento en que la guerra está en busca de autor y los libros de lectores. Antes de y en la guerra de Iraq disponíamos de todo por escrito y publicado en las grandes casas editoriales, un flujo ya notable que ni mucho menos se ha interrumpido, incluso con sorprendentes éxitos de ventas. Ni resisto citarles el libro de Ali A. Allawi, The occupation of Iraq, o el llamado Informe Baker-Hamilton que patrocinó la Iraq Study Group y el manual de contrainsurgencia para soldados y marines que pese a su carácter especializado ha editado comercialmente la University Chicago Press. Si el libro de Allawi hubiéramos podido comprarlo hace años nos habríamos evitado la lectura de otros muchos. También es verdad que el autor se vió obligado a frecuentar nuestros mismos libros para escribir el suyo y superarlos a todos. Si el libro de Baker-Hamilton consiguiera que sus recomendaciones fueran aplicadas por los políticos se despejaría el embrollo de Iraq, apareciendo con mejores perspectivas la presencia militar extranjera en el país.

Y si el manual de contrainsurgencia se hubiera escrito, publicado y leído años antes, si oficiales y soldados lo hubieran llevado en la faltriquera antes de Marzo de 2003, como si de una Biblia se tratara, no se habría librado la guerra equivocada contra el enemigo que no era. Se habrían evitado infinitos errores y rectificaciones, lecturas a destiempo. A base de situarnos en ese panorama que de manera tan dramática ilustran los libros desechados, de lo que pu-diera haber sido y no es, se generaliza una marcada tendencia al uso inútil de la contrafactualidad, más doloroso aún por completarse con la sensación de que el mal está hecho y es tarde para remediarlo. En tal panorama resulta muy patética la designación, al fin, de personalidades ejemplares para dramas insoportables, como el embajador Crocker y en especial el general Petraeus, dedicados a levantar sin mucho éxito y con menguantes apoyos domésticos en un país enzarzado en elecciones, los diques destruídos en la administración de Paul Bremer. Como comandante de la División 101 el general Petraeus supo pacificar Tal Afar y ganarse a su población, y después ha contribuido esencialmente a la confección de ese manual de la contrainsurgencia.

Desde hace décadas, marines y soldados no habían actualizado sus manuales y desde luego no los leyeron en vísperas de la guerra de Iraq, pensada como una guerra relámpago que conduciría a la rápida conquista de Bagdad. La guerra pensada no fue la que empezó a partir de la victoria aparente. Poco después de la caída de la capital y pese a que numerosos indicios revelaban que el enemigo no había sido destruido, de que se transformaba en insurgente y terrorista, además de la ola de atentados y bombas en el verano de 2003, se negó la existencia del peligro. Contra los revoltosos se desplegó una abrumadora violencia para capturar y matar una agrupación en crecimiento de combatientes considerados como terroristas, criminales y partidarios del régimen depuesto. Los insurgentes con rapidez volvían a las áreas abandonadas por las tropas extranjeras tras su ocupación, a menudo asesinando a los ira-guíes que habían colaborado, y la dureza empleada contribuía a alimentar el círculo vicioso de venganzas. Así se puso en evidencia la poca utilidad del uso de la fuerza militar sin la compañía de otras medidas, de tipo económico y político, para contribuir a que los daños a la población se minimicen y se recupere su simpatía.

Se trataría ya de aplicar una estrategia de contrainsurgencia con un 20% de componente militar y un 80% de componente político, en que la población, antes que el movimiento insurgente se convierta en el centro de gravedad de las operaciones, y la primera obligación de los militares es precisamente protegerla. Como se demuestra cada día, el éxito estratégico implica a corto plazo más riesgos para las tropas, situarse más cerca de la población y relativizar el recurso a las grandes bases en qué protegerse. La actualización de los manuales y la introducción de una nueva doctrina para las actuaciones sin embargo, se superpone a un nivel que sigue considerándose insuficiente en las tropas destinadas en Iraq, y a unas fuerzas militares y policiales iraquíes cuya eficacia y homogeneidad distan mucho de ser las necesarias. Por si fuera poco se quiere un cambio de rumbo que también se encuadra en un ambiente doméstico que no es el más favorable a la presencia continuada de las tropas en Iraq. Se empezaron a aplicar tales normas, y a regañadientes a leer los libros, en Vietnam cuando ya era tarde. Hoy, el nuevo manual de contrainsurgencia resalta la ejemplaridad de la actuación británica en la contrainsurgencia de Malasia (1948-1960). Fueron necesarios diez años para que produjera resultados satisfactorios.•

Ignacio Rupérez

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