Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 774 - 11 de febrero de 2008

 

Primera memoria


por Joaquín Leguina

EI primer recuerdo nítido que tengo, ya en mis tres o cuatro años, es el de aquella casa en Santander, cerca de la calle San Fernando, donde viví hasta los seis años, y el primer colegio al que me llevaron, el de La Salle, de los hermanos maristas, que no estaba lejos de nuestra casa. No puedo recordar las aulas y aún menos las enseñanzas que en ellas pude recibir, pero sí tengo un recuerdo aterrador: el del patio donde se hacían los recreos. Durante ellos, los muchachos desenfundaban sus cinturones y así armados emprendían batallas campales a zurriagazos. En ellas no se admitía la no beligerancia. Fácil es deducir quiénes se llevaban la peor parte: los más pequeños que, aterrorizados, intentábamos librarnos de los correazos ante la mirada indiferente, es decir, cómplice, de aquellos clérigos que con sus baberos almidonados se paseaban por el patio de cemento, malejerciendo su oficio de vigilantes.

No creo que aquellos maristas me enseñaran a leer o a escribir, pues tengo la sensación de que aprendí antes de ir al colegio con la ayuda de mi madre y de un periódico que todavía se edita, el Marca. El ejemplar que yo leía llegaba a Santander los martes (en Madrid se vendía, lógicamente, los lunes) y entonces, como no había televisión, podías ver los partidos de fútbol del domingo leyendo las crónicas –bastante sofisticadas, por cierto– que se publicaban en aquel periódico editado entonces en tinta azul. El Marca era un catón magnífico, pues no sólo enseñaba a leer, también servía para ejercitar la memoria. Pronto aprendí las alineaciones de todos los equipos de Primera División y aún soy capaz de recitar alguna de ellas.

Mi madre contaba entonces con la ayuda de una fámula llamada Amalia. Era una muchacha pelirroja nacida en Mazcuerras, que debía andar por los dieciocho o diecinueve. Sus padres, como tantos otros, la habían colocado en una casa de confianza no sólo con la intención de aliviar la economía familiar, sino, sobre todo, para que encontrara en la capital un buen novio. En este punto, Amalia debía de tener querencia hacia el estamento militar, pues recuerdo con precisión las borlas con las que yo me entretenía cuando ella me llevaba a pasear por los jardines cercanos a nuestra casa, junto al cine Alameda. Aquellas borlas (caquis o azules) pertenecían a los gorros cuarteleros (de Infantería o de Aviación) con los que cubrían sus cabezas, a menudo peladas al rape, los pobres soldaditos españoles de la posguerra. Años después, ya casada, cuando venía a visitarnos desde Torrelavega en compañía de su marido (un mocetón que trabajaba en Solvay), me besuqueaba con especial cariño y lloraba.

Recuerdo bien los paseos con Amalia, a veces también con mi madre, para hacer la "cola del racionamiento" frente a una tienda de ultramarinos en la calle San Fernando. Tras la espera –insoportable en mis recuerdos infantiles–, el tendero despachaba cantidades minúsculas de legumbres, tabaco, aceite, etc., a bajo precio y a cambio de una especie de sellos que él arrancaba de la "cartilla de racionamiento" familiar. Naturalmente, aquellos alimentos no llegaban para cubrir las necesidades ni de Gandhi (en perpetuo ayuno por aquellos días), pero en nuestro caso, al disponer los abuelos de vacas, huerta y pan, no había problemas. Amén del mercado negro –"el estraperlo"– al que el sueldo de mi padre nos permitía acceder de vez en cuando.

La harina que llegaba a la tahona de mi abuela Pilar no era de trigo, sino de una extraña mezcla que daba como resultado el entonces muy conocido y detestado "pan negro" (nadie piense que era de centeno, como es ahora el pan moreno), pero allí, en la panadería de mi abuela, con no poca habilidad y mediante los cedazos adecuados, a partir de aquella extraña mixtura se obtenía la cantidad de harina de trigo necesaria para hacer con ella "pan para casa", blanquísimo. Pan candeal.

Nuestra casa de Santander no estaba lejos de unas naves, creo que un almacén de madera, pertenecientes a la familia Sopelana, dos de cuyos vástagos rondaban mi edad; quizá fueran ellos mis primeros amigos. Cerca de aquella finca, en un descampado, pastaba tranquila y permanentemente un caballo con una cuerda al pescuezo, atada ésta a una larga cadena sujeta a un anclaje en el suelo. Un día soltamos la cadena y, tirando de ella, el jaco nos siguió mansamente. Dimos con él un largo paseo por una de las aceras de la calle San Fernando, para sorpresa y espanto de los transeúntes que por allí entretenían sus horas. El dueño del caballo se apercibió pronto de la huida del equino y comenzó a buscarlo. No tardó en dar con la pista de unos niños que se exhibían por la calle principal del barrio acompañados de un jamelgo. El hombre nos encontró, recriminó nuestra conducta y recuperó el control sobre el noble animal, pero no se conformó con eso. Exigió entrevistarse con nuestros padres para que ellos nos impusieran el castigo que a sus ojos merecíamos. En mi caso quedó reducido a una reprimenda de mi madre en presencia del airado propietario. No creo que ella pusiera demasiada convicción en aquella regañina, pero la anécdota sirvió durante mucho tiempo para demostrar, de forma irrefutable, ante parientes y conocidos, que yo era "de la piel del diablo", pero ya antes había dado yo pruebas de mi escasa fiabilidad.

En efecto, estábamos en casa de mis abuelos paternos en Guarnizo y yo tenía cinco años. No sé por qué razón habían dejado a un bebé en mis brazos. En tan incómoda posición, percibí a través del olfato, del tacto, de la vista o de los tres sentidos a la vez, que el niño se lo había hecho encima, cosa que, al parecer, mi exquisitez no pudo soportar. Abrí los brazos y, simplemente, lo dejé caer, pero aún tuvo suerte, pues fue a colarse dentro de uno de los calderos llenos de leche recién ordeñada, abundantes en aquella parte de la cocina.

Mi abuela fue testigo directo del baño –al estilo Cleopatra– recibido por el pequeño, que en lugar de producirle el placer que, según dicen, le reportaba a la reina egipcia, le provocó una fuerte llantina. Esos lloros y los gritos de mi abuela mientras corría a sacar del caldero al bañista atrajeron a mis dos tías paternas y a mi madre, desperdigadas por la casa. Las tres llegaron, las tres se interesaron por el estado del pequeño y las tres me azotaron.

Al lado de nuestra casa en Santander había una carpintería. El ebanista, cuya vivienda estaba encima del taller, trabajaba para los Sopelana y se llamaba Marcos, y su mujer, María. No sólo eran vecinos, también eran amigos de mis padres y, quizá porque no tenían hijos, les encantaba que yo fuera a su casa... Me pasaba allí las horas muertas viendo trabajar a Marcos y a su ayudante. Contemplar los trabajos de ebanistería sigue produciéndome, aún hoy, una atracción hipnótica. Marcos, además del trabajo en su taller, estaba contratado como carpintero en la plaza de toros y gracias a ello, cuando yo tenía seis años, vi torear a Manolete en la que había de ser su penúltima corrida, pues dos días después, al entrar a matar, sufriría una grave cogida en la plaza de Linares. Una herida que resultó mortal, a causa, según se ha sabido hace bien poco, de las transfusiones que le hicieron con sangre en mal estado. No creo que entonces me produjera ningún placer estético contemplar las faenas taurinas, pero sí me gustaba el ambiente de la plaza, el olor de los habanos y el colorido de los trajes que lucían los toreros.

El final de la niñez se me presentó de repente y fue doloroso, pues lo marcó la muerte de mi madre. Ya lo he dicho, estaba por cumplir los seis años y, aunque esa edad es más que suficiente para tener memoria de lo entonces ocurrido, su presencia física se me diluye en el recuerdo, se me emborrona la continuidad de su imagen en la vida cotidiana de aquellos años. Y si ahora quiero recuperarla, lo he de hacer apoyándome en las abundantes fotografías que mi padre conservó de ella.•

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