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 Nº 774 -11 de febrero de 2008

Lo bueno y lo malo de la economía española

por Carlos Berzosa

En la sociedad española siempre ha habido, a lo largo de la historia, por parte de las fuerzas tradicionales y conservadoras, discursos catastrofistas que insisten en señalar la decadencia a la que estamos sometidos, sobre todo cuando son esas fuerzas las que no gobiernan y se llevan a cabo políticas progresistas a favor de los derechos de ciudadanía, que indudablemente no comparten y que han intentado siempre negar, o bien cuando los usos y costumbres de la mayoría de la sociedad no coinciden con la idea que ellos tienen de los valores y de lo que deber ser la sociedad.

Desde los inicios del siglo XIX esas fuerzas tradicionales siempre han sido un freno para la modernización económica, social y política de nuestro país, y, por tanto, una de las causas principales de nuestro atraso económico, educativo, social y político, aparte de haber fomentado y apoyado gobiernos autoritarios o dictatoriales para favorecer sus intereses materiales. Desde que se consiguió la democracia en la década de los setenta, gracias a las luchas de las fuerzas liberales y de izquierda, y no como una graciosa concesión, el progreso que ha logrado nuestro país ha sido indudable.

Yo nací, y pasé mi infancia, mi adolescencia y mi juventud en un país poco desarrollado económicamente, cerrado al exterior –aunque se fue abriendo paulatinamente en la década de los sesenta–, en dictadura y sin Estado del Bienestar. Un país en el que la educación y la ciencia también sufrían un retraso notable. Pero cuando echo la vista atrás me doy cuenta de los avances conseguidos en todos los ámbitos antes señalados. Ahora pertenecemos al grupo de los países desarrollados, somos miembros de la Unión Europea, tenemos un sistema democrático y un Estado del Bienestar, aún con muchas limitaciones e insuficiencias. Pero los avances son indudables. Sin duda, España es uno de los países, si no el que más, que ha conseguido mayores niveles de progreso en el mundo.

Seguir a estas alturas del siglo XXI con esos discursos me parece que no sólo está fuera de lugar y no responden a las circunstancias actuales, sino que indican el más rancio tradicionalismo español, propio de épocas pasadas y no del presente. Por desgracia, estas posturas, que en ocasiones pensamos que están superadas, la cruda realidad pone de manifiesto que no es así.

Lo mismo sucede con determinadas posiciones de la izquierda, que en ocasiones hace planteamientos como si fuéramos un país subdesarrollado en vez de lo que somos, un país avanzado. Claro que sigue habiendo contradicciones, pero no son ya las de la miseria, la pobreza y el subdesarrollo propios de la década de los cuarenta, cincuenta y en parte de los sesenta. Ahora padecemos las contradicciones de un país desarrollado. Ha habido avances en la economía y la política que tenemos que situar en el lado positivo. Pero las contradicciones existentes nos muestran que el desarrollo también tiene lados menos favorables.

Los aspectos negativos son muchos para enumerarlos todos, pues aún hoy existen demasiadas carencias sociales que no se corresponden con el nivel de desarrollo alcanzado. Así, hay que profundizar más el Estado del Bienestar. Los niveles de desigualdad siguen siendo muy elevados en cuanto a riqueza y renta. Hay excesivo empleo precario y mal retribuido. Se dan pocas oportunidades para los jóvenes y las mujeres. Hay problemas de vivienda. El medio ambiente se deteriora.

Predomina la idea de obtener riqueza rápida y fácil. La especulación ligada a lo anterior es excesiva. Se presta poca atención a la investigación y a la educación. Padecemos muchos males propios de nuevos ricos y predomina la excesiva adoración al becerro de oro y a la sociedad del consumismo. Vivimos con una frivolidad que no valora a los intelectuales, a los pensadores, a los sabios, y ensalza en cambio, convirtiéndoles en figuras sociales, a verdaderos ignorantes. Y lo que es peor, muchos de ellos tienen la capacidad de ser oídos a través de los medios de comunicación.

Una sociedad de estas características no puede dejarnos satisfechos. Por eso en la campaña electoral me gustaría oír otro tipo de discursos por parte de la izquierda, sobre todo que no acepte entrar al trapo del discurso de la derecha, y menos aún a poner los impuestos en las rebajas de enero y febrero. •



*Rector de la Universidad Complutense de Madrid

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