F abián
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Nº 774

11/2/2008

Los obispos se les subieron a las barbas

Por Joan Tardà i Coma*

EI día 10 de enero, a tan sólo tres días hábiles para la disolución de las Cámaras y adelantándose a una petición parlamentaria, el Gobierno español decidió comparecer para evaluar su política respecto a la Iglesia católica. La vicepresidenta platicó, de forma larga y extensa, sobre la acción gubernamental fundamentando su bondad en el hecho de que se había basado en el respeto y el diálogo. Como si desde posiciones de izquierda ello constituyera un plus, cuando va de soi para quien pretende ser considerado progresista.

Evidentemente, pretendía sacar ventaja contraponiendo la publicitación de un talante dialogante frente a la intolerancia puesta de manifiesto unos días antes por los oradores en la concentración madrileña en defensa de una determinada concepción de la familia.

Tal como exigen los fontaneros de La Moncloa, los mismos que sumaron, restaron y decidieron la conveniencia de comparecer, la vicepresidenta se limitó a surfear. ¿O no es así? En ningún momento dijo las cosas por su nombre, es decir, ni tan sólo fue capaz de articular lo que no puede negarse: la Iglesia católica lucha para defender sus privilegios. Y no hay más. El Gobierno pretendía tan sólo denunciar a la jerarquía eclesiástica ante la opinión pública, provocar su sonrojo, por su respuesta desaforada ante su acción gubernamental. He aquí lo preocupante: consolidar una política timorata, que además de ralentizar el proceso hacia una verdadera aconfesionalidad del Estado, paso previo para alcanzar el escenario laico/laicista, se ha descubierto inútil.

Al Gobierno, en definitiva, le ha salido el tiro por la culata. De nada le sirvió incrementar como nunca la financiación de la Iglesia al pasar del0,5 al 0,7 por ciento de lo destinado a la Iglesia en la declaración de renta, lo cual nos aleja todavía más de los modelos europeos de financiación de las confesiones. De poco sirvió edulcorar la asignatura de Educación para la Ciudadanía en train de su confesionalización, que tensa todavía más la relación con las izquierdas laicas hastiadas de ver como se nos endosa en nuestras sociedades plurales la enseñanza de las religiones en el sistema escolar. ¿Y todo ello, para qué? Al final, el Gobierno ha tenido que aceptar el error de no acometer, sin ambages, la necesaria aconfesionalidad del Estado, es decir asumir la tarea que los jóvenes socialistas de la década de los ochenta renunciaron a llevar a cabo.

En aquella misma mañana de la comparecencia de María Teresa Fernández de la Vega ante la Comisión
Constitucional presidida por Alfonso Guerra, uno no podía por más que considerar hasta qué punto al cabo de los años la sociedad se ve castigada por aquello que en su momento fue obviado. Aquellos enorgullecidos sans culotte socialistas de los ochenta, capaces de enfrentarse incluso a los suyos en defensa de una reconversión industrial despiadada, perdían fuelle ante la púrpura cardenalicia y aceptaban un Concordato preconstitucional, aun cuando legalizado en 1979, como santo y seña de las relaciones Iglesia-Estado para la modernidad.

Y de aquellos polvos, estos lodos. Si la actual catarsis del Gobierno del PSOE no es sincera, si sólo está sujeta a los imperativos demoscópicos, si no obedece a una autocrítica elaborada, la situación puede todavía empeorar.

El calendario nos sacará de dudas. Dentro de pocas semanas habrá nuevo Gobierno. Veremos qué nos va a deparar el discurso de investidura del candidato Zapatero. No obstante, que el día 10 de enero la vicepresidenta ni tan sólo amagara autocrítica da mala espina y tampoco parece que el idilio con Duran Lleida pueda actuar como catalizador de mayores giros.

Sin duda, ante la globalización y la importación de nuevas violencias, no habrá futuro en nuestra sociedad sin cohesión social. Si incluso los liberales, que nunca habían temido la guetización económica temen la ideológica, cómo no va a ser tarea de aquellos que propugnamos una sociedad radicalmente distinta la conformación de un Estado radicalmente aconfesional.

Seamos sinceros, no parece que sin un golpe de timón vayamos a ganar la batalla ideológica. Y para muestra un botón: ¿al guien hubiera sospechado hace tan sólo quince años que el municipalismo de izquierdas del siglo XXI se vería obligado a incluir en la planificación urbanística la cesión gratuita de suelo público para los edificios religiosos de las distintas confesiones?

Vaya, que las confesiones ni tan siquiera han cedido ante el ecumenismo. •

*Portavoz del Grupo Parlamentario Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso

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