Nº 773 - 4 de febrero de 2008
 
Hemeroteca Esta semana

De lo que Esperanza Aguirre no explicará y del periodismo amarillo

Titulaba El País su editorial del martes 29 de enero de 2008: “No hubo nada”. Y lo subtitulaba de modo más preciso: “Ni eutanasia ni mala praxis; el PP debe explicar por qué y para qué fabricó el caso Leganés”. Pero, naturalmente, el PP no lo explicará. Ni lo explicará el hada madrina de esta fechoría social y política, singular hada madrina, que responde al nombre de Esperanza Aguirre, presidenta primero gracias al tamayazo y en segunda instancia gracias a la inercia y también, todo hay que decirlo, a la falta de pulso  de la izquierda PSOE-IU. El vocablo tamayazo es sinónimo actual de pucherazo; he aquí otra narración que la derecha madrileña nos debe a los madrileños y a todos los españoles. El escándalo de la Asamblea de Madrid, en 2003, fue posible además, y entre otros factores urbanísticos e inmobiliarios, porque los medios en la órbita del PP cumplieron con su compromiso y cerraron filas para despejar balones fuera del área y facilitar de este modo que la Comunidad de Madrid continuara en poder de los conservadores. Lo consiguieron y aún a estas alturas tienen la osadía de acusar a José Luís Rodríguez Zapatero de cacique a propósito de los 400 euros, polémicos sin duda, que ésa es otra película, evocando a Romanones, como hiciera en Hora 25 de la cadena SER, Carlos Mendo, y por descontado a la Restauración, el régimen más caciquil y más acostumbrado a la compra de votos, o a la imposición de los mismos, de la historia contemporánea de España.

El caso Leganés o, mejor dicho, el caso Lamela es una vergüenza más que viene a corroborar los usos y costumbres del Partido Popular en conexión con los sectores más ultramontanos de la sociedad española. Puntualicemos: más ultramontanos y, por lo demás, más cínicos. Aquello fue una operación de acoso y derribo contra el servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa, con el fin de atacar la eutanasia, aunque utilizar las sedaciones que permiten una muerte digna y no necesariamente atroz en cuanto a sufrimientos del moribundo o moribunda constituyó en sí misma una canallada, en la que se empeñó el entonces consejero de Sanidad, Manuel Lamela, instigado por Aguirre. Pasó como está pasando en la actualidad, ahora mismo, en tiempo casi real, con los abortos. El catolicismo integrista, cada vez más expansivo y con menos escrúpulos, se ha transformado de nuevo, en este país nuestro, en un eje ideológico muy peligroso. Se inmiscuye en la política y, como alguien ha escrito recientemente con lucidez, pretende convertir los pecados en delitos. Los pecados, claro está, según su farisaica manera de entender los diez mandamientos de la ley de Dios. Hace tres años los cruzados de la fe fundamentalista asaltaron el campamento donde se intentaba llevar un poco de paz y de consuelo a los enfermos terminales, a sus familiares y a sus amigos. En el asalto se llevaron por delante al doctor Montes, jefe de Urgencias del referido hospital, y a sus más cercanos colaboradores. En el asalto de estos últimos meses, estos cuatreros al servicio de Mariano Rajoy y del cardenal Rouco Varela asaltan el campamento donde se practican los abortos.

Reproduzco una información retrospectiva del diario de Prisa: “La primavera de 2005, los médicos de Leganés escucharon todo tipo de acusaciones. Las denuncias de la Consejería fueron especialmente jaleadas por algunos medios. El Mundo confundió una inicial en la hoja de registro de Urgencias y tituló en primera página que el 90 por ciento de los sedados por Montes fallecía en 24 horas. El registro contaba los fallecidos “en 24 horas desde el inicio de s.”. El diario tomó esa s. por sedación cuando significa síntomas. La COPE fue incluso más dura. El equipo de abogados de Luis Montes grabó lo que allí se decía y en marzo de 2006 presentó una querella criminal contra Federico Jiménez Losantos, César Vidal y Cristina López Schlichting. Entre lo que éstos dijeron hay acusaciones como llamarles “terminators”, “homicidas”, “asesinos” o “sectarios atroces”, según la querella”. Este es el periodismo que respalda al PP. Su color es inequívoco: periodismo amarillo. Así vamos, a trompicones permanentes.

Luis G. del Cañuelo

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