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| Nº 772 - 28 de enero de 2008 |
TeorÍa y práctica del tiranicidio Por José María Ridao A diferencia de otras reflexiones clásicas sobre el tiranicidio, Apología de un asesinato, un breve escrito en el que Lorenzino de Médici trata de justificar la muerte de su primo Alejando, duque de Florencia, no es una especulación filosófica o moral. Teoría y práctica coinciden: el autor del texto y del magnicidio son la misma persona. La noche del 5 de enero de 1537, un Médici mata a otro, del que era considerado como el principal confidente y compañero de correrías. Años después intenta explicar las razones de su crimen y lo hace a la manera en la que los principales artistas de Florencia componen sus obras: estableciendo paralelismos con el pasado grecolatino. Si su contemporáneo Benvenuto Cellini se vale de los modelos de la antigüedad para sus esculturas, Lorenzino los invoca no sólo para desarrollar su vocación literaria, sino también para defender la justicia de la acción que le proporcionaría fama y renombre. El poeta Giacomo Leopardi dirá tres siglos más tarde que Apología de un asesinato es uno de los mejores textos italianos en prosa del siglo XVI. Pero es que el móvil del crimen al que se refiere el texto es, por su parte, uno de los más impenetrables misterios de la historia de Florencia. Frente a sus antepasados, y también frente a su primo Alejandro, Lorenzino parecía condenado a la irrelevancia. Su propio sobrenombre aludía a las limitadas expectativas concebidas para él: de pequeña estatura y privado del poder de Lorenzo el Magnífico o de Cosme el Viejo por la posición que ocupa en la familia, debió de imaginarse condenado a una vida confortable, pero carente de grandeza; de ahí, tal vez, que cometiera un crimen inexplicable. Pero puede que esta imagen de un Lorenzino guiado por la frustración o el rencor sólo se trate de un equívoco debido a la naturaleza singular de su talento, capaz de envolver su entera biografía en el enigma. Si los Médici destacaron por el respeto del arte, sin duda superior al que sentían por las personas, Lorenzino mostró desde su juventud signos de irreverencia, si no de odio. Es como si su ánimo se hubiera dejado llevar por la convicción, también presente en otros personajes de la historia, de que la destrucción puede conducir a la fama tanto como la creación, de que la vileza puede despertar tanta admiración como el honor, aunque de signo opuesto. Nació en Pierfrancesco y se educó en Roma al cuidado del papa Clemente VII, hijo ilegítimo de Lorenzo el Magnífico. Es en esta ciudad donde comete un primer acto vandálico que, por lo oscuro de sus motivos, guarda un extraño pero indiscutible parecido con el asesinato de su primo Alejandro. Después de una noche de excesos, Lorenzino se dirige al arco del Emperador Constantino y destroza los bajorrelieves. Acto seguido, la emprende con las estatuas de las Musas en la basílica de San Pablo. Nadie puede explicarse el comportamiento del adolescente, que compromete la posición de su protector, Clemente VII. Se piensa que pudo deberse a los efectos del alcohol, pero lo cierto es que Lorenzino invoca o deja que otros invoquen antecedentes clásicos para dar sentido a sus actos, como haría después para justificar el asesinato de su primo Alejandro. Su ultraje, se dice entonces, es idéntico al de Alcibíades dos mil años atrás, cuando una noche destrozó la estatua de Hermes, también en estado de embriaguez. Es como si Lorenzino hubiera descubierto que la reivindicación de la cultura grecolatina, que la ambición renacentista en la que estaba empeñada su familia ocultaba una parte de ese pasado, precisamente la que encarnaba Alcibíades. Platón lo presenta como un personaje capaz de elogiar a Sócrates de una manera tortuosa, mediante la comparación del filósofo con un sileno, esto es, con un estuche monstruoso que esconde la sabiduría y la belleza en su interior. De resultas de su acción, Lorenzino tuvo que abandonar Roma y dirigirse a Florencia. Aquí entra en contacto con Alejandro, a quien el emperador Carlos V había colocado en el gobierno de la ciudad tras el acuerdo de paz firmado en 1530. Alejandro de Médici se condujo desde el principio como un tirano, y Lorenzino se incorpora a su cortejo de fieles. Colabora en la ejecución de sus decisiones más brutales y arbitrarias, le sirve de intermediario en las tareas de las que no debe quedar rastro y le acompaña en sus excesos personales y políticos hasta convertirse en su imprescindible hombre de confianza. Los habitantes de Florencia los tienen por inseparables, lo mismo que los restantes miembros de la corte del duque. No sólo les une la pertenencia a una misma familia, sino la camaradería que el marqués de Sade consideraba como la más leal, como la más indestructible: la camaradería de los libertinos. El 5 de enero de 1537, Lorenzino informa a Alejandro de que Caterina Soderini Ginori, una mujer casada y tía del propio Lorenzino, ha aceptado encontrarse con él, y ofrece a los amantes su casa como lugar para la cita. Cuando Alejandro cree estar esperándola, desnudo y en la cama, Lorenzino entra acompañado del sicario Scoronconcolo y lo apuñala hasta la muerte. Después, huye. Las razones del crimen son un misterio, salvo que se considere que Lorenzino dice la verdad en Apología de un asesinato y que su intención era, en efecto, liberar Florencia de la tiranía. Ahora bien, su familiaridad con Alejandro, la abierta complicidad con sus desmanes, siempre han colocado a los lectores de este texto ante la implícita disyuntiva de saber si el crimen obedeció a un turbio arrebato como el que le empujó a destruir las esculturas en Roma, luego reinterpretado a la luz del modelo de Alcibíades, o si, por el contrario, fue la ejecución de un plan meticuloso, de un tiranicidio preparado con minuciosidad, que incluía ganarse la confianza del duque para poder darle la muerte. La comprensión del texto elogiado por Leopardi queda a merced, así, de un juicio previo sobre el comportamiento imprevisible de Lorenzino. Para quienes piensan que no es posible establecer ninguna relación entre el episodio de las esculturas y el asesinato de Alejandro puesto que uno habría sido resultado de un extravío de juventud y el otro de la decisión consciente de un florentino opuesto a la tiranía, Apología de un asesinato tiene algo de monumento a la libertad, en el que un individuo deja testimonio de sus razones y sus actos para recuperarla. Para quienes piensan, en cambio, que Lorenzino prolonga esa parte del pasado clásico que encarna Alcibíades, la Apología... no puede entenderse sino como exculpación cínica de un crimen, que esconde tras la execrable condición de la víctima la refinada perversidad del verdugo. Los argumentos a los que recurre Lorenzino no difieren de los empleados por los tratadistas clásicos que abordaron la legitimidad del tiranicidio. La única diferencia sustancial es que Lorenzino tiene por fuerza que aplicarlos a su caso, puesto que reúne teoría y práctica, pensamiento y acción. Empieza así por establecer que el amor de los individuos por la libertad no requiere explicación: es un hecho. El problema comienza cuando necesita justificar por qué le correspondía a él, precisamente a él, ejecutar una acción para la que, en principio, estaban legitimados todos y cada uno de los individuos amantes de la libertad. Lorenzino intenta dar la vuelta a la acusación de que, aun en el caso de que mereciera morir, la confianza que Alejandro había depositado en él invalidaba su derecho a ejecutarlo: asegura no saber qué le produce mayor repugnancia, si el tirano o los florentinos que lo soportan. Aunque ellos hubieran faltado a su deber, Lorenzino cree haber cumplido con el suyo. Lo hubiera traicionado en el caso de dejar a Alejandro con vida, porque si los tiranos no pueden ser ejecutados por quien están próximos a ellos o gozan de su confianza, entonces el tiranicidio se convierte en una tarea imposible. Sería tanto como reconocerlo en teoría y negarlo en la práctica: sabe de lo que habla. Tras la muerte de Alejandro, otro Médici llegó al poder y su gobierno no fue menos tiránico. Lorenzino tiene que reconocer en la Apología... que su crimen no sirvió para ganar la libertad, sino para que otro tirano, Cosme, la secuestrase. La confesión de su desengaño pone al descubierto una de las numerosas contradicciones en las que incurre a lo largo de la Apología: asegura haber confiado en que los habitantes de Florencia se harían con la situación, restableciendo la república que tanto los Médici como Carlos V habían traicionado. Pero, ¿por qué imagina esta consecuencia de su crimen cuando, según asegura en las páginas anteriores, esos mismos habitantes de Florencia le parecían despreciables por condescender con el tirano? ¿Qué revuelta podía desencadenar un hecho solitario que los florentinos interpretaron como un ajuste de cuentas entre la familia en el poder, no como una señal para levantarse? Once años después de matar a su primo Alejandro, Lorenzino fue asesinado en Venecia por el capitán Francesco Bibboni, un sicario a sueldo de los Médici y protegido por el emperador Carlos V. Como Lorenzino, Bibboni también se explicó años después en un escrito. Sólo que Bibboni no creyó necesario invocar los modelos del pasado grecolatino para justificar su crimen: reconoció sin mayores escrúpulos que mató a Lorenzino por dinero.
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