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| Nº 772 - 28 de enero de 2008 |
Problemas y milagros
La cena fue en el restaurante Two Continents de Washington y, en un momento dado, Arthur Betz Laffer sacó un bolígrafo del bolsillo y se puso a explicarle –mediante un gráfico sobre una servilleta de papel– a Ronald Reagan (otros dicen que a Dick Cheney) cómo se podían bajar los impuestos y, a la vez, subir las recaudaciones fiscales. Laffer no sabía entonces que estaba inaugurando una nueva era: la de los milagros económicos. Milagros que tienen sólo un inconveniente: duran lo que duran las campañas electorales. Y poco ha importado que Reagan llevara el déficit público hasta unas cotas que nunca antes se habían alcanzado, la milagrería sigue impertérrita, quizá por eso la servilleta de papel sobre la cual Laffer dibujó su famosa U invertida se guarda como oro en paño en el Booking Institution de Washington. En efecto, aquí y acullá, cuando los partidos calientan los motores anunciando sus programas, los milagros lafferianos surgen por doquier y ya sean de izquierda o de derecha, todos prometen lo mismo: subir las prestaciones sociales y bajar los impuestos. Cosas, en principio, incompatibles fuera del mundo de la ficción lafferiana. ¿Pero alguien cree en estos milagros? Probablemente no, pero esa incredulidad –que vuelve estéril el debate político– sirve para que los publicitarios, que son los verdaderos dueños de la actuación electoral, lleven el ascua del debate a su sardina, que es la imagen, ésa que, según ellos, vale más que mil palabras. La imagen, sí, y la trivia-lidad que siempre la acompaña, también. La trivialidad, que es la manera de no entrarle a los problemas. Por ejemplo, nadie podrá negar que el problema político más preocupante aquí y ahora es el desafío separatista de los diversos y distintos nacionalismos periféricos, cada vez más desatados... pero de eso no conviene hablar. Es más, el presidente del Gobierno, a propósito del Estatuto catalán ha declarado (13-12008) lo siguiente: "Yo creo que fue un acuerdo político muy acertado. Porque fue pacificador". ¿Pacificador? Desde luego, o Rodríguez Zapatero vive en un mundo –que de- be de ser el de Harry Potter– muy distinto al mío, o quiere quitarse el asunto de encima. Y se lo quiere quitar por buenas razones. Pero es cierto que éste de los territorios no es el único problema que tenemos y, puestos a describir otros, podemos comenzar por donde se debe: por la distribución de la renta. Así lo ha hecho Pedro Solbes cuando ha dicho: "Manuel Pizarro y un mileurista que tiene que pagar una hipoteca no están en la misma situación". Solbes tiene mucha razón, aunque ésta sea obvia, pues debe saberse que los ejecutivos españoles no sólo ganan mucho más que los mileuristas, ganan más que sus pares del resto de Europa. Pero, ¿ha hecho algo el Gobierno durante los últimos cuatro años para atemperar esas diferencias? Pues no. Es más –como va pareciendo inexorable–las diferencias entre rentas bajas y altas crecen cuando crece el PIB, y durante los últimos cuatro años el PIB español ha crecido a tasas muynotables... y las diferencias entre rentas también. Además, y para decirlo todo –desde la óptica del PSOE– este asunto de Manuel Pizarro resulta peliagudo, teniendo en cuenta que –no se sabe bien con qué legitimidad ni con qué fines– desde este Gobierno se apoyó una OPA hostil contra Endesa por parte de Gas Natural y La Caixa, que pretendían pagar a los accionistas de la eléctrica 18 euros por acción. Pizarro, que era entonces el presidente de Endesa, se resistió y la cosa acabó como acabó. Acabó mal, pero, al menos, la resistencia del ejecutivo turolense hizo que los accionistas de Endesa cobraran por cada acción cerca de 50 euros, casi tres veces más de lo que les ofrecieron –tan generosamente– los de Gas Natural. Vamos, que habrá de reconocérsele al señor Pizarro que cumplió con una de las primeras obligaciones que tiene el presidente de cualquier empresa: defender los intereses de sus accionistas. • |
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