75 aniversario de la llegada de Hitler al
poder
Alemania y la UE miran de frente a su
historia
El 30 de enero se cumplen 75 años del
nombramiento de Adolf Hitler como canciller de Alemania, una fecha política e
histórica que, según comentan estos días los medios alemanes, supuso el inicio
del hundimiento de la nación. ¿Se pudo evitar?, ¿fue producto de la locura,
como comenta a menudo la prensa germana o de la irresponsabilidad política y
personal?, ¿fue producto de la historia? Distintos expertos, consultados por El
Siglo, intentan responder a éstas y otras preguntas desde la perspectiva de la
Alemania actual, en donde crece el miedo al extranjero y el uso de la palabra
erziehungscamps (“campo de formación”) para la cada vez mayor población
inmigrante, una voz que hace algo más que recordar otra palabra de otra época
que hoy se rememora: konzentrationscamps (“campo de concentración”).
Por Juana Vera (Berlín)
Ahora uno debe hablar sobre
erziehungscamps”, se lee en el reportaje “Ejemplo del mal”, dedicado a la
violencia de los jóvenes extranjeros y publicado en Der Spiegel, el pasado 7 de
enero. Líneas antes, el candidato a la presidencia de Hessen, Roland Koch,
(Unión Demócrata Cristiana, CDU), comenta: “Tenemos demasiados jóvenes
criminales extranjeros” y la canciller Angela Merkel alerta, refiriéndose al
tema: “No puede ser que una minoría imponga el miedo a una mayoría”. Todos los
medios de comunicación alemanes dedican cada día algún comentario, noticia,
artículo o breve al asunto, desde que el candidato a la presidencia de Hessen, land que celebró elecciones el domingo 27 de este mes, halló el filón de la
delincuencia juvenil de los extranjeros para llevar a cabo su campaña
electoral, y exigió un endurecimiento de las penas para los mismos y la
creación de erziehungscamps.
La palabra erziehungscamps está formada
por dos palabras: erziehung y camps. La primera significa formación o crianza.
La segunda significa campo y recuerda, tal y como se menciona en algunos
artículos de la prensa alemana, críticos con las posiciones de la actual
canciller y de Roland Koch, a Konzentrationscamps, es decir a las palabras:
campos de concentración. Este miércoles, día 30 de enero, se cumplen 75 años
del nombramiento de Adolf Hitler como canciller de Alemania, algo que según
comenta el historiador berlinés Heinrich August Winkler “no fue casual ni
inevitable, como se oberva a menudo”. ¿Por qué no se evitó y por qué no es
posible evitar, 75 años después, palabras tan desafortunadas como
Erziehungscamps?, ¿somos, inevitablemente, víctimas de la historia, tal y como
da a entender, sutilmente, el gran reportaje de Der Spiegel del 14 de este mes,
dedicado al ascenso de Adolf Hitler? Y si es así, ¿dónde hay que situar la
responsabilidad personal?
He aquí algunos datos que pueden ayudar a
responder estas preguntas: en el año 1933 la débil democracia alemana, con su
especial ingeniería institucional, permitió, que el 30 de enero, el entonces
presidente del país, Paul von Hindenburg, nombrara canciller a Adolf Hitler. Lo
que sucedió después fue una cadena de acontecimientos que acabaron con la
República de Weimar, entre los que destacan la Marcha de las Antorchas en
Berlín, el día del nombramiento de A. Hitler; el incendio del Reichstag, el 27
de febrero de 1933; la entrada en vigor, ese mismo día, de la Ley para la
Protección del Pueblo y del Estado, que facilitó la detención y asesinato de
numerosos miembros de la izquierda, y la publicación, el 28 de febrero de 1933,
de una orden que permitía el registro de casas y la detención de personas sin
las respectivas órdenes judiciales de registro y de arresto, las escuchas
telefónicas, la apertura del correo y la censura en la prensa.
Durante las semanas transcurridas entre
el 30 de enero y el 5 de marzo, día elegido por Adolf Hitler para convocar
elecciones generales, los miembros de su gabinete no perdieron el tiempo, en
especial, su ministro sin cartera, y presidente del Parlamento, Hermann Göring,
quien se ocupó de reorganizar la Policía prusiana, la mayor fuerza armada del
Estado tras el Ejército. H. Göring puso en los mandos de la misma a personas de
confianza. Por otro lado, miembros de las Asociaciones Nacionales de Lucha o
Stahlheim, afines al Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes,
NSDAP (siglas en alemán), pasaron a formar parte de la policía prusiana, al
igual que numerosos miembros de la Sturmabteilung o SA, brazo paramilitar del
NSDAP, y miembros del comando personal de protección, SS, de A. Hitler. La
instauración sistematizada e institucionalizada del horror acababa de comenzar.
Con la agudización de la crisis
económica, a partir del crack de 1929, un gran número de ciudadanos se unió a
los brazos armados de la extrema derecha o de la extrema izquierda. A ello se
sumó la inestabilidad gubernamental: durante los catorce años de la República
de Weimar hubo veinte gobiernos, ya que la Constitución otorgaba facilidades
para disolver un gobierno pero no para formarlo (ver recuadro “Ingeniería
institucional de la República de Weimar”). Y entre 1930 y 1933 el presidente
del país gobernó a través de decretos, algo que era antidemocrático, pero que
permitía la ingeniería institucional. Por esta razón, el presidente de
Alemania, Paul von Hindenburg, pudo nombrar al nuevo canciller y éste convocar
elecciones (ver recuadro citado). Esta circunstancia política permitió, además,
que los alemanes, a pesar del recorte de sus derechos y libertades, y del
incendio del Reichstag, continuaran creyendo que vivían en un régimen
democrático, porque la democracia de la República de Weimar seguía ahí,
aparentemente, y porque Adolf Hitler, el nuevo canciller, su ministro Hermann
Göring, y los diez ministros restantes afines al partido, mantenían la fachada
de la democracia parlamentaria, tras la que construían las bases de la
dictadura.
Apenas una semana después del incendio
del Reichstag, el 88,8 por ciento de los alemanes acudía a las urnas. Era el 5
de marzo de 1933. Alemania, unificada, celebraba las que serían sus últimas
elecciones libres hasta 1990. El Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores
de Alemania, NSDAP, logró el 43,9 por ciento de los votos, el Partido
Socialista de Alemania, SPD y el Partido Comunista de Alemania, KPD, el 30 por
ciento. Adolf Hitler nunca logró el voto de la mayoría de los alemanes y sólo
pudo gobernar en coalición con el Partido Popular Nacional Alemán, DNVP, y tras
atraer a Zentrum, un partido católico.
¿Por qué fracasó la República de Weimar y
su sistema de democracia parlamentaria? Según explica el historiador Andreas
Wirsching en una entrevista publicada en Der Spiegel el día 14 de este mes, “hay
muchas razones que dieron lugar al fracaso de la República de Weimar. No hay
una respuesta corta y fácil”. Y añade: “Otto Braun, socialdemócrata, dijo que
“Weimar fracasó por culpa de Versalles y de Moscú”, es decir, debido al lastre
de la política exterior y también a causa de los comunistas, que provocaron en
gran medida la desestabilización política. Por otro lado, una respuesta corta
podría ser que Hitler fue apoyado por la élite política, que intentó utilizarlo
para lograr sus objetivos”. ¿Fue, entonces, el ascenso de Adolf Hitler al poder
el resultado de la historia? ¿Lo es también la palabra erziehungscamps, que
tanto se escucha hoy en el país?
Tratado de Versalles. La capitulación
tras la I Guerra Mundial y la firma del Tratado de Versalles fueron realidades
que los ciudadanos de entonces no comprendieron pues, hasta el último momento,
debido a la propaganda de la élite política de Bismarck, creían que estaban
ganando la contienda. Al ver que iban a perder la guerra, los miembros de la
élite política pasaron la patata caliente a una joven democracia, a una joven
República, la de Weimar, que firmó el Tratado de Versalles. Luego se dedicaron
a conspirar contra ella echándole la culpa de la capitulación y de todos los
males del país, con el fin de poder volver a un sistema monárquico que
mantuviera y protegiera sus intereses corporativos, no los de la nación.
Por otro lado, en la década de los
treinta la llamada: generación de los jóvenes de la guerra dominaba la esfera
pública y los niños, que ya eran jóvenes, habían crecido marcados por la
propaganda bélica. Los socialdemócratas, en el poder durante gran parte de la
República de Weimar, querían democratizar a industriales y políticos, así como
al resto de la población, a través de la adecuada socialización, pero no
pudieron lograrlo porque nunca consiguieron la mayoría necesaria para ello, ya
que el Partido Comunista, a diferencia del francés, nunca quiso gobernar en
coalición con el socialista. “Si se hubiesen unido socialistas y comunistas
quizá se hubiese podido evitar el Holocausto”, comenta Esther Bejarano,
presidenta del Comité de Auschwitz, superviviente del Holocausto y autora,
junto con la periodista Birgit Gärtner, de la obra A pesar de todo, vivimos,
Ed. Pahl-Rugenstein (2004). Pero esto era difícil, no imposible, en un país sin
tradición democrática, como Francia o Inglaterra. En un país donde los
ciudadanos vivían bajo la influencia de la polarización amigo-enemigo heredada
de los tiempos del Kaiser. He ahí los brutales acontecimientos de la Revolución
de 1918-19, que enfrentó a derechas e izquierdas, en una lucha sangrienta con
un balance de miles de muertos.
A estas circunstancia se unía la cómoda
disposición mental de numerosos miembros de la élite y de la mayor parte de la
población hacia un gobierno autoritario. El pago de las reparaciones de guerra,
la pérdida de la séptima parte del territorio con el Tratado de Versalles,
considerado como una traición para la gran mayoría de la manipulada y
desinformada población, el auge del colonialismo y, con él, el de la supremacía
de la raza blanca, apoyada entonces por numerosos estudios, y el deseo de
muchos de recuperar los territorios perdidos y llegar a ser, como Francia o
Inglaterra, un gran imperio colonial, fueron otros factores que debilitaron a
la República de Weimar, que se disolvió, poco a poco, en un mar de intrigas
políticas que facilitaron el nombramiento de Adolf Hitler. Intrigas basadas en
la revancha personal y en los intereses personales y corporativos, no en los de
la nación. En otras palabras y como comenta alguno de los biógrafos del
dictador, Hitler no tuvo que hacer un gran esfuerzo para lograr el poder y
tampoco para desarrollar una política basada en el horror y en la manipulación
del miedo.
Pocos días después de conseguir formar el
gobierno de coalición de derechas, ordenó a miembros de la SA y de la SS
colgar la cruz gamada en las fachadas de las instituciones más importantes del
país, y nombró a Joseph Goebbels ministro de Propaganda. El 21 de marzo de
1933, 16 días tras las elecciones, J. Goebbels organizó el acto de Estado
llamado Día de Potsdam. En la iglesia en la que fueron enterrados Federico el
Grande y su padre se llevó a cabo una ceremonia masiva, transmitida por la
radio a toda la población. Con ello, el servicio de propaganda dejaba claro que
el movimiento hitleriano se aprovechaba de la tradición del Imperio de Bismarck
y de su íntima unión al protestantismo. La mayoría de los votantes del NSDAP
procedían del protestantismo y el nuevo canciller, para lograr sus fines,
estaba dispuesto a respetar la tradición protestante y también la católica,
siempre que no se opusieran al nuevo régimen.
Religión y política. El aspecto religioso
tuvo una gran influencia en el éxito social del dictador. Según escribe el
profesor José F. Cornejo, en el artículo de la revista de internet La
insignia, titulado “Hitler en el Reichstag”, “el luteranismo tuvo una gran
influencia en la aceptación de Adolf Hitler por parte de las masas. La fe
religiosa era entendida como una cuestión de libertad personal en el
luteranismo, y al mismo tiempo esta “libertad de creencia” se organizó
políticamente, desde los inicios del mismo, bajo el principio según el cual la
religión del príncipe debe ser la de sus sujetos, creando así una paradójica relación
de “libertad de creeencia” religiosa acompañada de una asociación al poder
político. Para los protestantes, la fe y la piedad religiosas estaban
íntimamente unidas a la cultura y la nación alemanas. Ser católico, era ser un
alemán de segunda categoría. Ser judío, un cuerpo extraño a la nación”.
El Día de Potsdam, en el que la Iglesia
protestante tuvo un papel fundamental, fue un montaje para compensar
emocionalmente a la población por la pérdida del parlamento y para tornar a
Adolf Hitler en una especie de Moisés, pero con unas leyes muy diferentes. Las
de A. Hitler serían, entre otras, las siguientes: dos días después de la
celebración del Día de Potsdam, el 23 de marzo de 1933, se aprobaba la Ley
para la Eliminación la Miseria del Pueblo y del Imperio y la Ermächtigunsgesetz o Ley de Autorización, que otorgaba poder absoluto al Gobierno para dictar
leyes sin la aprobación del Parlamento. Como consecuencia, el 1 de abril de
1933 el Partido Nacionalsocialista de los trabajadores de Alemania, NSDAP,
organizó un boicot contra los judíos, es decir, contra todos sus negocios.
“Alemanes, defendeos”, se gritaba desde la radio. Eran palabras para apoyar el
boicot. Seis días después, el 7 de abril de 1933, se aprobaba la Ley para la
Renovación de la Profesión de Funcionarios, por la cual los judíos y opositores
políticos no podían ser parte del servicio público. Fue entonces cuando se
popularizó la palabra ario. Numerosos funcionarios judíos y opositores al
régimen fueron sustituidos por miembros afines al NSDAP que tenían un árbol
genealógico que dejaba claro su origen étnico ario. Este proceso culminó en
1935 con las Leyes de Nuremberg, para “proteger la sangre alemana y el honor
alemán”, con la Ley de la Ciudadanía del Reich alemán, también en 1935, que prohibía
los matrimonios mixtos y segregaba a los judíos de la población alemana, con el
progrom que tuvo lugar los días 9 y 10 de noviembre de 1938, en el que fueron
asesinados cientos de judios y con la Solución Final, puesta en marcha al
inicio de 1941 y firmada en la Conferencia de Wannsee, Potsdam, a finales de
enero de 1942. El objetivo de la Solución Final: exterminar, en fábricas de la
muerte, a todos los judíos.
Antisemitismo. “El racismo ha sido la
poderosa ideología de las políticas imperialistas”, escribió la filósofa Hannah
Arendt, quien en su primer volumen sobre los orígenes del totalitarismo,
recuerda que varios filósofos de la ilustración francesa eran violentamente
antisemistas y señala cómo en 1938, un escritor francés como Céline, en su panfleto
Bagatelles pour un massacre, podía públicamente reclamar la masacre de los
judíos. Es decir, el odio racial contra los judíos, en los años treinta del
siglo XX, no era una particularidad alemana. Barbaridades semejantes a las
escritas por Céline se pudieron leer, en la misma época, en polaco, ruso,
inglés, húngaro y en otros idiomas. Lo que halló el movimiento antisemita en
Alemania fue una organización y sistematización extraordinarias. Por ello, poco
a poco, tal y como se comenta en las páginas del reportaje titulado “El triunfo
de la locura”, publicado en Der Spiegel, el 14 de este mes, “la gente comenzó a
tomar parte por miedo. Pero hecho esto una vez, uno no quería hacerlo más por
miedo, ya que se hubiera notado. Por ello, se puede deducir que a los que
formaban parte se les suministraba un sentimiento. Esta fue la esencia de la
victoria de la revolución del nacionalsocialismo”.
Víctimas de la locura. “Heil Hitler”,
comenzó a escucharse aquí y allí con gran sentimiento mientras que de 6,6 millones
de parados, en enero de 1933, se bajaba a 5,3 en mayo, a 4,5 en agosto y a 3,7
en noviembre de ese año. El precio: 60 millones de muertos en la II Guerra
Mundial y seis millones de judíos exterminados. El día 2 de agosto de 1934
fallecía el presidente Paul von Hindenburg. Para entonces Adolf Hitler ya era
un dictador total con millones de alemanes tras él. Millones de alemanes que,
según se desprende del artículo “El triunfo de la locura”, antes mencionado,
fueron víctimas de las circunstancias, de la historia, de la locura, es decir,
ejecutores sin responsabilidad, autores inconscientes.
“Hay que construir erziehungscamps, se
escucha muy a menudo en Alemania. Estamos en el siglo XXI y uno se pregunta si
el extranjero de hoy es el judío de hace 75 años. Al cierre de esta edición de
El Siglo de Europa no es posible conocer los resultados de las elecciones de
ayer, domingo día 27, en Hessen, pero sí podemos hacer referencia a las
palabras de Günter Grass, Premio Nobel de Literatura, en el periódico semanal Die Zeit, de la semana pasada, en el que pide la reforma de la educación, la
implantación de escuelas, en las que la integración social es posible, y
critica con rigor la propuesta de los erziehungscamps. O las de numerosos
críticos a las palabras de R. Koch y compañía, críticos que saben que la
integración para tener éxito ha de contar con más inversión, más personal y
sobre todo, con una reforma profunda del sistema de educación, no con la
creación de erziehungscamps.
En un momento en el que sólo quedan 732
testigos del Holocausto, según cuenta el historiador británico Martin Gilbert
en su obra Ellos eran los chicos. La historia de 732 jóvenes supervivientes del
Holocausto, de reciente aparición en Gran Bretaña, los ataques a judíos, a sus
cementerios o a sus negocios continuan en Alemania y en Europa. La semana
pasada, un sin techo intentó lanzar un perro a unos críos que salían de una
escuela judía situada en el centro de Berlín. Estos ataques los llevan a cabo
no sólo miembros de la extrema derecha, como en 1933, sino también miembros de
grupos fanáticos islamistas. A ello hay que sumar los ataques de miembros de la
extrema derecha alemana a familias extranjeras y a ciudadanos extranjeros, algo
que sucede a menudo.
“Es parte del juego político”, comenta un
experto a la periodista que escribe este dossier cuando le pregunta cómo es
posible que la extrema derecha tenga representación política y la periodista,
sin poder evitarlo, recuerda el juego político que condujo a Adolf Hitler al
poder. La Alemania de 2008 no es la de1933 pero tiene algo en común con ella:
el miedo y la disposición mental, por parte de muchos ciudadanos de la ex
República Democrática Alemana, RDA, hacia el Estado totalitario. A ello hay que
sumar la cómoda, irresponsable, demagógica y peligrosa disposición a usar al
extranjero como contenedor de todas las culpas y problemas del país, desde el
paro a la inseguridad, y con él al sistema democrático, que permite tales
hechos, olvidando que este sistema, al igual que la historia, está hecho por
personas y es sinónimo de responsabilidad personal y trabajo constantes, y que
sus garantías caducan, como las de la historia, si sus miembros no la cuidan,
reparan y renuevan de modo constante y responsable.
‘No go areas’. Existen en Alemania “No go
areas”, o “Lugares no recomendables para extranjeros”. Fueron creados por la
extrema derecha. Si uno se acerca a ellos, y es extranjero, se arriesga a ser
agredido o asesinado. Ahora también existen “No go areas” para policías,
quienes, sólo en Berlín, son atacados diez veces al día, según informó la
Asociación de Prensa Extranjera, VAP (siglas en alemán), con motivo de la rueda
de prensa con Eberhard Schönberg, presidente del Sindicato Policial de
Berlin-Brandenburgo, el pasado jueves día 25 de enero. ¿Se está armando el
marginado y el segregado, en este caso el joven alemán musulmán, de origen
turco o árabe, o simplemente, el joven alemán de ascendencia extranjera,
imitando con ello lo que siempre ha hecho el joven alemán de la extrema
derecha, que se ha dedicado a asesinarlo y a apalearlo, sin que nadie pida para
él la creación de erziehungscamps? Las “No go areas” para la Policía parecen
confirmarlo y lo sucedido recientemente en algunos barrios de París y Marsella
también. Las razones para la violencia no son las mismas que las de 1933 pero
se parecen: autodefensa ante un Estado incapaz de integrar y defender los
intereses de estos grupos sociales y miedo.
Con motivo del 75 aniversario del ascenso
de Adolf Hitler al poder, muchas instituciones alemanas tanto gubernamentales
como educativas, realizarán actos culturales y educativos pero hay un cansancio
en el pueblo alemán hacia la democracia. Esta no se disfruta como en los años
setenta o sesenta, y se está desgastando. “Hay que renovar el gusto por la
democracia”, comentaba el presidente de la Academia del Arte, Klaus Staeck, en
una entrevista concedida a El Siglo de Europa. Él, Günter Grass y millones de
ciudadanos de Alemania se hallan ante el reto de curar una democracia agotada,
dominada por los monopolios de la información, que ejercen una censura
creciente en los medios y una fuerte manipulación, y por los monopolios
industriales y su desmedido lobbysmo parlamentario, una democracia en la que
se escuchan y leen palabras que podían haberse escuchado y leído en 1933.
Erzhiehungscamps es sólo una de ellas.
Weimar, un sistema volátil
El sistema político de Weimar se
caracterizó por su volatilidad. Su sistema de gobierno contaba con un
presidente (jefe de Estado), elegido por el voto direto de los ciudadanos, con
un canciller (jefe de Gobierno), elegido por la mayoría parlamentaria, con la
aprobación del presidente, que debía nombrarlo. Esto provocaba gobiernos de
corta duración porque se deshacían las mayorías parlamentarias, que respaldaban
las coaliciones en el Gobierno. La causa se hallaba sobre todo en la
fragmentación del sistema de partidos. Había muchos y ninguno podía obtener,
por sí msmo, la mayoría para gobernar.
Por otro lado, el Parlamento podía
solicitar un voto de censura contra el Gobierno. Es decir, podía destituirlo si
contaba con una mayoría. Era fácil destituir a un Gobierno pero muy difícil
formar uno nuevo, cuyos ministros y canciller debían salir de los miembros del
Parlamento de la coalición que, al lograr la mayoría, pudiera gobernar. Como
consecuencia, al no poder establecerse un nuevo Gobierno por falta de acuerdo
para formar una mayoría, el presidente debía convocar elecciones al Parlamento,
algo que solía suceder más de una vez al año. En los catorce años de la
República, hubo veinte gobiernos.
Así mismo, si el presidente lo facultaba
mediante decreto, el canciller podía disolver el parlamento y convocar
elecciones en un plazo máximo de 60 días. La crisis de los años 30 provocó que
el Parlamento alemán dejara de funcionar como tal, porque no había mayorías que
pudiesen sustentar un Gobierno pero sí mayorías dispuestas a derribarlo. Por
ello, se produjo un Gobierno de gabinete presidencial, es decir, investido por
el presidente, quien gobernaba mediante decretos. Entre 1930 y 1933 esto llegó
a normalizarse, a pesar de que estaba reñido con el sistema parlamentario y de
permitir la violación rutinaria del Estado de Derecho.
Un líder para olvidar
Adolf Hitler nació en Braunau am Inn, una
pequeña aldea de Linz, Austria. Su padre, Alois Hitler, era agente de Aduanas.
Su madre, Klara Pölzl, tercera esposa de su padre, tuvo seis hijos, con su
marido, de los que sólo sobrevivieron dos. En 1905, Adolf Hitler abandona la
Escuela Secundaria de Linz para ir a Viena, con la intención de ser artista,
pero no aprueba el examen de ingreso de la Escuela de Bellas Artes. En 1913 se
traslada a Múnich para eludir el Servicio Militar, en donde vive como un sin
techo. Al inicio de la I Guerra Mundial, se alista como voluntario, llegando a
cabo y siendo condecorado con la Cruz de Hierro de Primera y Segunda clase. Al
no tener la nacionalidad alemana, no pudo ascender.
En julio de 1919 se convierte en espía de
la Policía trabajando para el Comando de Inteligencia y se infiltra en un
pequeño partido nacionalista, el Partido Alemán de los Trabajadores, DAP
(siglas en alemán), que en 1921 se convirtió en el Partido Nacionalsocialista
de los Trabajadores Alemanes, NSDAP (siglas en alemán), del que Hitler llegaría
a ser su líder. Dos años más tarde, intenta dar un golpe de Estado y es
condenado a cinco años de prisión, de los que sólo cumple ocho meses. Durante
ese periodo, de cómoda reclusión, produce su obra Mi lucha. En 1932 obtiene la
nacionalidad alemana y en 30 de enero de 1933 es nombrado canciller por el
entonces presidente del país, Paul von Hindenburg. Fue el inicio del
hundimiento alemán. Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 en Berlín.
Las fechas de la barbarie
—30 de enero de 1933
El presidente Paul von Hindenburg nombra
a Adolf Hitler canciller de Alemania.
—27 de febrero de 1933
Arde el Reichstag y tiene lugar la Marcha
de las Antorchas en Berlín. Miles de SA marcharon sobre la capital con
antorchas en la mano. Esa misma noche fueron detenidos numerosos miembros de la
izquierda. Muchos de ellos fueron asesinados.
—28 de febrero de 1933
Se publica la Ley para la Protección del
Pueblo y del Estado, que permitirá el registro de pisos, la detención de
personas sin las órdenes judiciales correspondientes, así como las escuchas
telefónicas, la apertura del correo y la censura de la prensa.
—5 de marzo de 1933
Tienen lugar las elecciones convocadas
por Adolf Hitler tras ser nombrado canciller. El 88,8 por ciento de los
alemanes participa en las mismas. El NSDAP, Partido Nacionalsocialista de los
Trabajadores Alemanes, logra el 43,9 por ciento, el Partido Socialista Alemán y
el Partido Comunista, el 30 por ciento, el resto de los votos se repartieron
entre el partido católico Zentrum, el DNVP o Partido Popular Nacional de
Alemania y otros partidos minoritarios de derechas. Hitler gobernará en
coalición con partidos de derechas.
—8 de marzo de 1933
El ministro del Interior, Wilhelm Frick
informa de la construcción de campos de concentración. La SA se encarga de
organizar gran parte de estos campos.
—21 de marzo de 1933
Tiene lugar el Día de Potsdam,
escenificado por la propaganda nazi de J. Goebbels.
—23 de marzo de 1933
El Parlamento aprueba la Ley de
Autorización, que permitirá la entrada en vigor de leyes sin la aprobación del
Parlamento.
—2 de abril de 1933
Tiene lugar el primer boicot nacional a
los judíos.
—25 de abril de 1933
Los numeros clausus en la Universidad y
en las escuelas limitan el número de estudiantes judíos al 1,5 por ciento.
—2 de mayo de 1933
Los sindicatos tradicionales son cerrados
y sustituidos, poco después, por los Frentes Alemanes de Trabajadores.
—10 de mayo de 1933
Quema de libros que dañan el espíritu
alemán.
—22 junio de 1933
Se prohíbe el Partido Socialista Alemán,
SPD (siglas en alemán). Poco después serán prohibidos el resto de los partidos
políticos del país.
—20 de julio de 1933
Adolf Hitler manifiesta que no está en
contra de la Iglesia católica ni de sus iglesias y organizaciones, siempre y
cuando sus ministros no se manifiesten en contra del régimen.
—30 de agosto de 1933
La radio, a través de su programación, se
convierte en el medio oficial de propaganda de los nazis.
—Del 30 de junio al 2 de julio de 1934
Adolf Hitler encarcela y asesina a Ernst
Röhm, quien se consideraba el segundo de a bordo y planeaba una segunda
revolución. E. Röhm era el jefe de la SA.
—2 de agosto de 1934
Fallece el presidente Paul von
Hindenburg.
—1935
Se decretan las Leyes de Nuremberg para
“proteger la sangre alemana y el honor alemán” y la Ley de la Ciudadanía del
Reich Alemán, que prohibía los matrimonios mixtos y segregaba a los judíos.
—9/10 de noviembre de 1938
Progrom contra los judíos. Son asesinados
cientos de judíos en todo el país.
—Septiembre de 1939
Comienza la II Guerra Mundial.
—1941
Inicio de la campaña rusa y de la
Solución Final.
—Enero de 1942
Conferencia de Wannsee, Potsdam, en la
que se firma la Solución Final para el exterminio sistematizado de todos los
judíos en las fábricas de la muerte o campos de exterminio. Al final de la II
Guerra Mundial, un total de seis millones de judíos habían sido exterminados,
junto a miles de gitanos, opositores al régimen, homosexuales, enfermos
mentales e impedidos físicos.
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