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| Nº 772 - 28 de enero de 2008 |
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Herodes, Salomé y el Bautista
por Santiago Carrillo Cuando escribí el artículo de la semana pasada –"De Aznar y del PP"- aún no se había producido la decapitación de Alberto RuizGallardón. Aún pensaba, como casi todo el mundo, que el interés electoral primaría sobre los odios y las ambiciones personales y que el alcalde de Madrid iría en la candidatura de Rajoy, aunque en un puesto distante de la cabecera. La novedad era en aquel preciso momento, la inclusión como segundo del Sr. Pizarro, una especie de jabalí de la extrema derecha, dispuesto a dar todas las batallas necesarias, a comerse a la izquierda, experto en acumular los euros por millones, presentado por esa nueva Salomé, Esperanza Aguirre, supongo que irónicamente, como el candidato de los trabajadores y de los jóvenes. ¡Ja, ja, ja!... Detrás de este impactante hallazgo, en posesión de un estilo oratorio que recuerda mucho al del Sr. Pujalte, según hemos visto en televisión, se percibía claramente la mano pecadora de José María Aznar. El Sr. Pizarro, su amigo de la infancia, ya había sido favorecido con la presidencia de Endesa, en la operación de aquél para incautarse de algunas grandes empresas públicas, privatizándolas y colocando al frente de ellas a sus amiguetes, lo que proporcionaba al PP gran poderío en el sector económico, e indirectamente en el mediático. El Sr. Pizarro se había distinguido ya, no sólo por su amor al euro, sino por su fervoroso patriotismo al defender la españolidad forzada de Cataluña simultáneamente con un europeísmo inquebrantable, prefiriendo que Endesa fuese a manos de alemanes antes que catalanes. Pero lo acaecido a Gallardón muestra aún más gráficamente que Aznar sigue siendo el verdadero jefe del PP, desde su despacho de la FAES. Aznar es algo así como una reproducción en pequeño de su abuelo D. Manuel. Este, en política, se asemejaba mucho a los camaleones, cambiaba de color fácilmente. En Euskadi parecíase a un nacionalista vasco; en Madrid a un azañista –lo que no le impidió alguna implicación en la intentona de Sanjurjo–. En Burgos apareció ya con los colores de Falange, que en realidad eran los auténticamente suyos. El nieto empezó condenando la Constitución como joven falangista. Durante su primera legislatura en el Gobierno, no tuvo reparo en aliarse con los nacionalistas vascos y catalanes, y en dialogar con el "Movimiento de Liberación Nacional Vasco", nombre con el que designaba a ETA, y en recurrir alguna vez al nombre de Manuel Azaña. Cuando logró mayoría absoluta, se destapó como un neocon participando con Bush y Blair en el montaje de la invasión de Iraq, me inclino a pensar –con todos los respetos para Blair– que emulando a Franco, cuando éste se disponía a formar con Hitler y Mussolini el trío dirigente de un "nuevo orden mundial". Por último, al dejar el Gobierno ha establecido su puesto de mando en una fundación, cuya abreviatura evoca, como por azar, el nombre de Falange Española. Cuesta creer que, sin su apoyo directo, Esperanza Aguirre se hubiera decidido a imitar la leyenda de Salomé y el Bautista, danzando ante Herodes con la cabeza del enemigo en la bandeja. Es cierto que esta Salomé cincuentona ha dado muestras de intrepidez y gran arrojo en la pugna por la sucesión del líder, pero sin un apoyo claro de Aznar –el Herodes Antipas de esta nueva versión– no hubiera obtenido la cabeza de Gallardón-Bautista. Comprendo la indignación del alcalde de Madrid. No soy experto en cuestiones municipales y no puedo hacer un juicio sobre su gestión en el Ayuntamiento. Pero viendo sus gestos ante la inmunda maniobra que dio a Esperanza Aguirre su primera presidencia en la Comunidad de Madrid, leyendo sus discursos e intervenciones públicas, Alberto Ruiz-Gallardón me da la imagen de un conservador moderno y demócrata, en conflicto con el aparato, casposo y meapilas del PP, el partido que a veces recuerda a Le Pen y que, si por desgracia ganara las elecciones, haría revivir todos los fantasmas del pasado en una España que necesita seguir avanzando por el camino del progreso, las libertades y derechos de los ciudadanos y los pueblos que la componen. • |
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