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Felipe VI o República III Felicidades, Alteza por sus primeros 40
años de vida. Le deseo los mayores éxitos en el difícil desempeño de una tarea
indefinida más allá de esperar el inexorable cumplimiento de las previsiones
sucesorias. No es sencillo el oficio de esperar sin el derecho que todos
tenemos a meter de vez en cuando la pata. Hoy afortunadamente, hasta los
plebeyos viven mucho, así que qué decir de quienes se tratan a cuerpo de rey.
Su Majestad puede y debe vivir muchos años y yo se lo deseo sinceramente. No es
difícil que viva 20 o 30 años más sin forzar la esperanza de vida española que
está entre las mejores del mundo. Para entonces habrá cumplido Su Alteza 60 o
70 años, una buena edad para jubilarse si los reyes se jubilaran. Los rumores
de que Don Juan Carlos abdicaría al cumplir los 70 han sido desmentidos por el
interesado. Lo hizo con la mayor solemnidad en un acto lleno de significación,
desde el lugar elegido, el Palacio de El Pardo –¡ay si Franco levantara la
cabeza!– hasta los convocados: los hombres que le han acompañado en su fecundo
reinado.
Como Su Alteza sabe, al Rey se le ríen todas las gracias, incluso las más discutibles, y se le perdonan todos los deslices en razón de nuestro agradecimiento a los servicios prestados, a su extraordinaria simpatía, a su carisma y, también hay que decirlo, a la autocensura vigente de la que no se benefició su abuelo Alfonso XIII ni, al final de su gobierno, el mismísimo Franco que, por otro lado, entendía mejor la censura que la autocensura. Al Rey como digo se le perdona todo pero a Su Alteza no se le pasa ni una, como pudo comprobar dolorosamente en su itinerario amoroso desde Isabel Sartorius a Letizia Ortiz pasando por Eva Sannum. Ha sido censurado, para poner un ejemplo reciente, por asistir al Congreso de Víctimas del Terrorismo y lo hubiera sido, probablemente con más dureza, si no hubiera asistido. Debe S.A. ganarse el presente y el futuro a pulso y esperemos que no tenga la ocasión de lucirse abortando un golpe de Estado como el que santificó democráticamente a Don Juan Carlos I. De S. A. depende que el actual régimen que no es estrictamente monárquico sino un especimen que denominaré juancarlato devenga en monarquía propiamente dicha. Como bien sabe S. A., en este país apenas hay monárquicos pero predominan los juancarlistas, aquellos que como yo mismo que me confieso "juancarlista, sector crítico", agradecemos que su padre tutelara la ruptura pactada con la dictadura que tripuló Adolfo Suárez y que hizo posible la prudencia del pueblo español. Suscribimos con su padre, una póliza de seguros si no contra todo riesgo, al menos contra daños de terceros con sable. Pero, evidentemente, una monarquía no se inventa para un sólo Rey y queda lo que yo he llamado en un libro "la prueba del príncipe". No obstante ¿quién es capaz de profetizar hoy si de aquí a 20 o 30 años, si Dios quiere, se entronizará a Felipe VI o se alumbrará la III República? Dependerá mucho de su trabajo aunque también contará la lógica resistencia del pueblo a abrir nuevos focos de incertidumbre. Siempre, naturalmente, que la monarquía se comporte como Dios manda, si no sale demasiado cara –hoy no sabemos lo que realmente nos cuesta– y si se frenan las prácticas mercantiles de sus cuñados a la sombra de la Corona. La Familia Real como todas las familias crece y se reproduce y llega un momento en que no es fácil controlarla. Dios mandó: "Creced y reproducíos", pero el tercer imperativo: ¡Enriqueceos! fue una adición de François Guizot, ministro del monarca francés Luis Felipe de Orleáns. Lo normal es que la Monarquía siga por el simple motivo de que ya está aquí. Sin embargo, no les resulta fácil de convencer a los jóvenes de hoy, a la generación del Príncipe y con más motivo a la que siga, que la herencia es un principio democrático de acceso a la jefatura del Estado. Dudo que le resulte fácil entenderlo a Su Alteza que es un hombre honrado, inteligente y de esmeradísima educación. Mi opinión sincera es que aunque es ésta una convención discutible, puede funcionar en este país tan difícil cuyos pobladores, tras 500 años de convivencia a regañadientes siguen buscando cada mañana una identidad. La Monarquía se mantendrá, más allá de Don Juan Carlos, si sigue siendo útil o al menos si es menos mala que su alternativa. Y la verdad, en este país cainita, resulta difícil creer que en la dualidad de poder que define la república, el jefe del Estado pueda ejercer su papel por encima del partido que le sustente. Cuando pregunté a Santiago Carrillo las razones de su monarquismo me contestó: "¿Te imaginas, Abad, una república presidida por Aznar?". La verdad es que un vértigo recorrió mi medula espinal. Quizás una familia criada en cautividad en una jaula de oro podría ejercer alguna función moderadora. Dios le proteja, Alteza. |
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