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Nº 771
21/1/2008

El asador de manteca

El más sabio de todos ellos continúa siendo Manuel Fraga Iribarne. Sabe más por viejo que por diablo. O sea, que sabe mucho. El fundador del invento –aquella Alianza Popular de los siete magníficos–declaró al conocer la noticia de la defenestración de Alberto Ruiz- Gallardón: "Esta decisión nos hará perder muchos votos".

Claro que para llegar a semejante conclusión tampoco se necesita ser viejo ni diablo. El perjuicio electoral para el PP y, singularmente, para Mariano Rajoy –causado por la caída en desgracia de Gallardón–, puede ser cuantioso, y eso hasta lo percibe un invidente o un sordo. Se ha abierto públicamente una grieta y el edificio popular aparece en estado ruinoso o, como mínimo, precario.

¿Se tomó Rajoy, el solo, la cicuta o le obligó José María Aznar a hacerlo? La salud de Rajoy como candidato ya no era buena, a pesar de que las encuestas se han venido resistiendo a pronosticar una derrota del PP por goleada o, al menos, por un margen relativamente cómodo.

Ahora no parece exagerado subrayar que Rajoy –en términos estrictamente políticos– ha entrado en la UCI. ¿Alguien da un céntimo de euro por el todavía líder del PP? Los más fieles, los más entusiastas, los hooligans de turno, por supuesto que sí. Sectores cualificados de la derecha con voluntad liberal o civilizada, no. El golpe de mano contra Gallardón, el referente del centrismo en Génova 13, ha producido estupor e irritación formidable en esos sectores.

Iñaki Gabilondo resumió con acierto el otro día desde Cuatro lo que está sucediendo: "En la COPE baten palmas". Han vencido Esperanza Aguirre y Federico Jiménez Losantos. Han perdido Mariano Rajoy –oficiando de verdugo– y Alberto Ruiz-Gallardón. Ha ganado la derecha dura, neocon sin complejos y hegemónica en el PP desde que Aznar se hizo con el control del partido y del Gobierno. Triunfan los montaraces y han sido vencidos los reformistas.

La batalla de la sucesión se auguraba que empezaría minutos después de conocerse la derrota de Rajoy en las urnas del 9 de marzo. Pero ha estallado antes y con gran estruendo. Rajoy ha demostrado su conocida indolencia. Ha tenido cuatro años para, en lugar de obstruir la política antiterrorista del Gobierno, dedicar sus esfuerzos y su talento a evitar lo que se veía venir: la guerra de sucesión.

Al final, el asunto se le ha ido de las manos. Antonio Basagoiti, el presidente del PP en Vizcaya, ha dicho que el caso Gallardón le "puede costar el Gobierno a Rajoy". El PP parece especializado en gestionar de modo fatal las crisis. Exhibió su incapacidad el mismísimo Aznar cuando estaba en La Moncloa y tuvo que enfrentarse a la barbarie del 11-M.

Sin las connotaciones dramáticas de entonces, Rajoy ha acumulado ahora errores de bulto a la hora de encarar un problema conocido y mediáticamente aireado, hasta la saciedad, en los últimos años. Quien se postula para gobernar España no debe proyectar jamás la imagen de que es un inútil a la hora de gobernar su casa. Es decir, su partido.

Ni siquiera ha sido capaz de disimular que acabó cediendo a las presiones de Esperanza Aguirre. Rajoy ha perdido los papeles. En realidad, nunca los manejó con soltura y habilidad. Cargarse a Gallardón es una equivocación. Hacerlo a un mes largo de las elecciones es un disparate. No se le ocurre ni a quien asó la manteca. Con la diferencia sustancial que el asador de manteca nunca intentó ser presidente del Gobierno.•

Enric Sopena

 
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