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Nº 771
21/1/2008

Otro retroceso dramÁtico

L os sucesos de Kenia han dejado estupefactos a todos los que han gozado del turismo en un país be-
llísimo, unánimente considerado como un eslabón esencial para la estabilidad de África, como Nigeria y Sudáfrica. De repente ,el país maravilloso ha proporcionado dramáticos testimonios de asesinatos y poblaciones desplazadas, con todo tipo de alarmas nternacionales, aparentemente tan sólo porque los resultados de las elecciones del pasado 27 de diciembre no han sido muy satisfactorios para todos. Nos han retrotraído a las turbulencias de Ruanda y quizás de Somalia para los más agoreros, y a los inquietantes recuerdos de Mobutu Sese Seko en lo que antes se llamaba Zaire, de Robert Mugabe en lo que hoy se llama Zimbabwe, e incluso de Daniel Arap Moi en la misma Kenia de hace años. Es decir, la tragedia pavorosa y el dictador asesino, que si no son ya pueden presentarse también en Kenia. Lo que allí ha ocurrido demuestra otra vez lo fácil y rápido que es destruir y las enormes dificultades que tendrá el país para superar un drama que de manera tan brusca, violenta y al parecer impensable se ha presentado. La sorpresa es aún mayor porque estas elecciones en Kenia se valoraban como las más libres y justas de las celebradas desde la independencia, las que culminarían varias décadas de democratización y bienestar.

Pero graves irregularidades se detectaron en el recuento de votos, en unos comicios muy esperados que registraron la participación del 70% del electorado. Cuando la Unión Europea, la Commonwealth y la Kenyan Domestic Observation Forum pidieron auditorías de los cómputos estallaron los conflictos, el pillaje, la huida de la población y las matanzas. Por tanto, de manera súbita la perla de África dejóde serlo y la violencia en Kenia amenaza con arruinar un inventario de desarrollo político y económico verdaderamente destacado, que contribuyó de manera muy poderosa a dar al país una magnífica imagen internacional. Kenia deberá renacer de nuevo, como ocurrió cuando Kibaki sucedió a Moi, para protagonizar durante años y de manera visible los avances en las reformas de la política y la economía. Kenia, con el mismo presidente que hoy se juzga de manera mucho menos favorable, logró altos niveles de crecimiento económico, en la inversión exterior y la afluencia turística, pero también en la estructuración de su sociedad civil, su prensa y su parlamento. Determinados incidentes terroristas, con la sombra y la autoría de Al Qaeda, y la persistencia del faccionalismo étnico, disimulado pero que ha acabado por estallar furiosamente, sin embargo hacían sospechar que no todo era perfecto en la Kenia de Kibaki, o que la desorientación de su presidente supondría un grave riesgo para todo el país.

Kenia puede haber entrado en ese arco de inestabilidad que también se presenta en África, en el que la corrupción y el desgobierno se superponen a un panorama de pobreza y desamparo, con la compañía de tensiones étnicas, sectarias y religiosas que no cesan de incrementarse. Parecía todo ello superado en Kenia, país que habría al fin despegado en la política y la economía pero que ahora se estaría rezagando hacia posiciones lamentables. Si han sido sonoros e inesperados los incidentes registrados tras las elecciones, más preocupante es que no hubieran servido a Kibaki de lección aprendida y experiencia a evitar de ahora en adelante a la hora de configurar un verdadero gobierno de reconciliación y de unidad nacional, que se dedique con urgencia arestañar heridas. Parece como si Kibaki, político meritorio en años pasa-. dos, hubiera cedido al fin a la tentación de perpetuarse en el poder, y de hacerlo apoyándose en el grupo cada vez más impermeable y estricto de sus amigos, su familia y su tribu. Ya desde 2002 empezó a generar cierta desconfianza, la que habría culminado por la comisión de un fraude electoral, al reclinarse para gobernar en un pequeño círculo de ministros de su propia tribu y de las tribus allegadas de Meru y Embu, que recibió el nombre de Mount Kenya Mafia.
Ciertamente Kibaki hizo su campaña electoral basándose en que nunca el país había estado mejor. Pero la oposición agrupada en torno a Raila Odinga hizo la suya tratando de movilizar al electorado en contra de los kikuyus, la tribu del presidente, y pidiendo una distribución más justa de los frutos del desarrollo y de la estabilidad política entre toda la población y las diferentes tribus. La reforma de la Constitución y el establecimiento de una forma federal de gobierno para asegurar mejor los diversos intereses étnicos y tribales, se idealizaban como la meta más conveniente a la que el país debería acceder después de estas elecciones que tan mal han acabado. De manera perversa e invertida va a resultar que tanto Kibaki como Odinga tenían razón en sus planteamientos electorales, por lo que tal :y como se ha desarrollado la tragedia el país ya no estará mejor que nunca, el Gobierno acentuaría su filiación tribal y no es excluíble una espiral de matanzas entre tribus antagónicas, en especial en el norte de Rift Valley. Si es que no se intensifica la presión internacional, como la que en su día consiguió que Moi fuera sustituído por Kibaki, para que éste se marche al fin, sin desecharse la repetición de las elecciones .

Ignacio Rupérez

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